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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE y que los colonos habían apodado la tumba del hombre blanco por sus malsanas condiciones. La metrópolis londinense había prohibido la trata de negros y devolvía a los sobrevivientes a su tierra de origen, en la que reprodujeron la arquitectura de las mansiones en las que habían trabajado con grilletes. Y en las que copiaron la mentalidad de sus antiguos amos, que aplicaron a los nativos, a quienes sometieron. Freetown y el litoral se transformaron en una colonia de Su Graciosa Majestad en tanto que el interior continuó siendo un protectorado. Hasta que en ese territorio sin domeñar se descubrieron pedruscos que semejan sal gorda pero que tallados se llaman diamantes. Christo asimismo conocía al dedillo, ésos los había vivido, los primeros años de la independencia, cuando la escena política estuvo dominada por el presidente Milton Margai, su hermano Albert y el sucesor de ambos, Siaka Stevens. En los tres casos hicieron pocos esfuerzos por superar la dicotomía entre la antigua colonia y el antiguo protectorado. Los criollos negros y la comunidad libanesa se beneficiaban ellos solos de las gemas, la corrupción fue imparable. El sistema se vino abajo en 1985 con la toma del poder por los militares, en la persona del general Joseph Saidu Momoh, cuya in- capacidad fue un acicate para que a los seis años estallara la guerra civil Hartos de una magra paga por luchar contra la guerrilla, un grupo de suboficiales se presentó ante Momoh en abril de 1992 para pedirle un aumento de salario. Les resultó tan fácil el acceso al palacio de Gobierno que decidieron apropiarse de la presidencia. Protagonizaron pillajes y matanzas. Su jefe era el teniente Valentine Strasser, con 27 años, el estadista más joven que desde Gadafi accedía al poder. Strasser anunció la creación de un Consejo Rector Nacional Provisional, disolvió el Parlamento y proclamó el estado de urgencia, que continuó vigente hasta que en febrero de 1996 Tejan Kabah, anciano musulmán, fue elegido en unas primeras elecciones democráticas que aceleraron el conflicto. Hacía tiempo, pues, que los colegios permanecían cerrados y que el antiguo maestro, que lindaba los 60, se había visto obligado a cambiar de empleo. Se había hecho periodista. Mejor, maestro de periodistas. Aquel día de fiesta, Christo tenía trabajo. Vamos al frente El viejo Mercedes enfiló hacia el vertedero del Congo antes de que Christo le hubiera dado la orden al chófer desde el puesto del copiloto y, con su inconfundible voz ronca y una sonrisa que dejaba ver un rosario de dientes como perlas, me explicara que ejercía su nuevo magisterio con una máxima: Ni con el ejército ni con los rebeldes. Lo fundamental en este oficio de periodista es ganarte la confianza de todos. Y hacer creer a todos que trabajas para ellos Christo lo había conseguido. Cuando querían hacer un anuncio, era al único colega a quien avisaban los rebeldes, los portavoces gubernamentales, los militares nigerianos, el mando británico. Desde el inicio de la guerra, el antiguo maestro había perdido a un hijo, muerto en los combates. Y a su mujer, de la que se había divorciado por no poder compaginar sus deberes de esposo con los de su nueva profesión. Busco mujer, a poder ser blanca confesó. A la altura del Estadio Siaka Stevens, el coche se abrió camino entre vendedores ambulan- Ni con el Ejército ni con los rebeldes. Lo fundamental en este oficio de periodista es ganarte la confianza de todos. Y hacer creer a todos que trabajas para ellos Dos soldados de la ECOMOG echaban un cigarrillo, satisfechos de la captura. Un jeep militar nigeriano que transportaba a otro convicto pasó a su lado tes para aparcar frente a la comandancia general del ejército sierraleonés, que la ECOMOG había hecho su sede. En un despacho esperaba el teniente coronel Olukolade. El jefe del departamento de información del contingente nigeriano sabía que todas las mañanas, tarde o temprano, Christo le rendía visita. -Buenos días mi teniente coronel, ¿dónde están hoy los rebeldes? -En Masiaka. Las fuerzas del ejército avanzan y los han repelido hasta esa ciudad. -Nos vamos a Masiaka. Imagino que la carretera es segura. -Imaginas mal. Los rebeldes infestan las inmediaciones. Tras despedirnos del teniente coronel Olukolada, nos dirigimos en el viejo Mercedes hacia el Cotton Three, bajo el que un presunto rebelde permanecía atado de pies y manos, de bruces en el suelo. Dos soldados de la ECOMOG echaban un cigarrillo, satisfechos de la captura. Un jeep militar nigeriano que transportaba a otro convicto pasó a su lado. El vehículo torció en un recodo y se escuchó una ráfaga de ametralladora. Al poco, el jeep regresó por donde había venido, desprovisto de carga. -Tenemos que parar un momento en Kissy- -dijo Christo, a quien la ejecución sumaria le había refrescado la memoria.