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26 8 07 VIAJES PREPUBLICACIÓN Día de domingo en Freetown A veces la realidad parece una novela, una sucesión de aventuras fascinantes o sombrías. Crónica de un viaje al sur del Sáhara tiene algo de eso, pero el autor se las arregla para recordarnos que su viaje por el África que en otros tiempo se llamaba negra pero también es blanca y más cosas, no es una fábula. Nos cuenta lo que pasa, cómo pasa y por qué pasa l paisaje dibujaba en la lejanía el perfil de un felino con la cabeza erguida, pero de cerca sólo se veía un bosque de palmeras que nacía en una playa salvaje y se extendía por la ladera de una montaña oculta por la bruma. Cuando el barco se acercó a la costa, el calor se hizo más húmedo y sofocante. De los cocoteros surgieron casas conforme la embarcación se aproximaba al extremo sur de una amplia bahía. Construidas con tablones y latón, parecían míseras réplicas en miniatura de las mansiones victorianas de Europa y América. La mayoría tenía varios pisos, los de arriba coronados por tejados con aleros puntiagudos, los de abajo ensamblados a un cinturón de balcones. En casi todas, un escalón daba paso a porches con hamacas bajo las que corría el agua negra de alcantarillas a la intemperie. Se alineaban por cuestas en las que se elevaban los alminares de mezquitas vacías. Y los campanarios de iglesias llenas de mujeres con guantes y pamela, hombres con traje y sombrero y niños con calcetines blancos y zapatos de charol. Era día de domingo y Freetown había amanecido en calma. Hacía un mes que, en abril de 2000, los rebeldes habían tratado de tomar la ciudad y, como el año anterior, habían fracasado en el intento, aunque dejando un reguero de pánico. Los rebeldes permanecían en las afueras del núcleo urbano, había temor a que tuviesen infiltrados que preparasen otra acometida. Cientos de habitantes esperaban en fila ante los puestos de control de los soldados nigerianos de la ECOMOG a lo largo del Congo, un inmundo arroyuelo que nada tiene que ver con el río de África central. En una hondonada maloliente y atascada de desperdicios, era un vertedero que dividía en dos la capital sierraleonesa. A la derecha del Congo estaban los edificios gubernamentales en torno al Cotton Tree, un árbol frondoso que era el símbolo de Freetown desde que los esclavos libertos que la fundaron colgaron de sus E Título: Crónica de un viaje al sur del Sahara Editorial: Libros de la Catarata en colaboración con la Casa de África Páginas: 252 Fecha de publicación: Primera quincena de septiembre ramas las cadenas para empezar una nueva vida. También se alzaba el Estadio Siaka Stevens, en el que miles de personas continuaban acampadas. Habían llegado en oleadas que se hicieron masivas a medida que los rebeldes habían avanzado desde el interior del país. Igual que los lisiados que convalecían con muñones sanguinolentos en el hospital Connaugth, donde ingresaron con las manos cercenadas, envueltas en hojas de periódico o colgando de una arteria que los machetes de los rebeldes, mal afilados, no habían acabado de seccionar. Los había de manga larga que habían recibido el golpe seco en el codo, y de manga corta a los que el tajo había partido la muñeca. A la izquierda del Congo, los kamajors hacían planes de combate en su cuartel general. Enemigos de los rebeldes, esos cazadores tradicionales habían sido el mayor respaldo armado del presidente constitucional, Ahmed Tejan Kabbah. Los kamajors practicaban la magia de los mende, que antes de salir de caza hacen sortilegios para ser incorpóreos a los ojos de los animales. Liderados por el capitán Hinga Norman, los kamajors habían sustituido a los animales por los rebeldes, pero utilizaban la misma estrategia para cazarlos. Iban ataviados con gorros de ngomo y casacas a rayas azules y marrones enjaretadas de espejos y cristales, conchas marinas y pequeños escapularios de cuero que escondían conjuros escritos en un trozo de papel. Los kamajors estaban armados de hoces y trabucos. Un poco más allá, playas, res- Alberto Masegosa Periodista Liderados por el capitán Hinga Norman, los kamajors habían sustituido a los animales por los rebeldes, pero utilizaban la misma estrategia para cazarlos En el distrito de New England vivía Christo Johnson. Su primera vocación había sido enseñar a los niños la historia de Sierra Leona, tan macabra taurante y hoteles componían el área de Aberdeen. Los militares británicos eran los encargados de inspeccionar en esa zona los maleteros de los coches y los bolsillos de los peatones. Junto a los soldados nigerianos de la ECOMOG y un contingente de la ONU, los militares británicos sostenían al Gobierno constitucional y se alojaban en el Hotel Mamy Yoko, construido en los años sesenta para albergar a familias trabajadoras del Reino Unido al solaz de vacaciones exóticas en África. Diseñado también para los turistas, el Hotel Cape Sierra servía de guarida a periodistas y mercenarios. La mayor parte de los propietarios de los restaurantes habían huido y cerrado sus establecimientos pero los que quedaban hacían buen negocio con los militares, los perros de la guerra, y los de la prensa. Aberdeen siempre había sido el último refugio de la Ciudad Libre. Lo había sido hacía un mes y en enero de 1999, cuando Tejan Kabbah se replegó en el área antes de trasladarse a un buque nigeriano desde el que siguió una ofensiva rebelde que en aquella ocasión estuvo en un tris de lograr su objetivo. Los guerrilleros habían atravesado el Cotton Tree, desvalijado el Hospital Connaught e invadido el Estadio Siaka Stevens. Sólo habían podido ser detenidos en el arroyuelo del Congo, desde cuya margen izquierda fueron a duras penas repelidos por los nigerianos, entonces también destacados en un vertedero que concluye en una casona grande con ventanas pequeñas y ante la que, un año después, un viejo Mercedes yacía en proceso de desguace. En el número 1 de la avenida Jommo Kenyatta, en el distrito de New England, vivía Christo Johnson, antiguo maestro. Su primera vocación había sido enseñar a los niños la historia de Sierra Leona, tan macabra como sólo una mente infantil puede recrear. El primer capítulo de que se tenía registro se iniciaba en 1787, al arribar los esclavos liberados por el Imperio británico a un país que debía su nombre a la silueta de su costa