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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Sobre estas líneas, la multitud lleva a hombros el féretro de Manolete, enterrado el 31 de agosto de 1947 en el cementerio de Córdoba. A la izquierda, Manuel Rodríguez con su bellísima novia, la actriz Lupe Sino, un amor mal visto por el entorno del torero ces Tomás el rizo de lo imposible al poner a todo el mundo de acuerdo en un planeta, como bautizó el Caña al pequeño territorio taurino, donde dos y dos no suman cuatro, según quien cuente. En éste su regreso, la vuelta del viejo guerrero, del José Tomás más auténtico, se percibe todo aquello macerado, depurado, maduras las ideas, el trazo más hondo aún, la expresión brutal, imperturbable ante las lenguas de fuego que lamen la taleguilla. Y un patetismo mezcla de Belmonte con el dramatismo de Manolete. Del José Tomás que se fue al que ha vuelto existe una sutil diferencia: la primigenia semilla ha brotado de nuevo. La mirada perdida de su última tempora- da, como la que invadió a Manolete en 1947- qué ganas tengo de que llegue octubre el público me mide más por lo que gano que por lo que hago, se ha vuelto muy exigente conmigo en los ruedos de Iberia se ha transformado en tibia sonrisa de gozo. ¿Gozar ante la muerte? Las plazas se abarrotan a su paso. Manda por donde pisa como mandó Manolete en su época, y la historia no ha hecho más que arrancar como preparación de la temporada venidera. Cada corrida es un acontecimiento. Lo será 2008. Epílogo de Manolete: Fiel a ti mismo, de perfil te veo. Como ya te verás eternamente, esqueleto inmutable del toreo (Pepe Alameda) ¿COMPARACIONES? Sonó el teléfono. Antonio Corbacho me pasó a José Tomás. Giraron nuestras conversaciones en torno a Manolete y su entorno, preocupado José Tomás en descubrir el misterio de Lupe Sino a sido la afición, por su cuenta, la que ha decidido comparar a José Tomás con Manolete. Remiso con la prensa José, apenas se recuerdan algunas palabras sueltas pronunciadas por su persona acerca de Manuel, aunque jamás evitó declarar una profunda admiración por el romántico torero caído en Linares el 29 de agosto de 1947, trágica fecha de la que ahora se cumplen sesenta años. Entre Manolete, como torero, y José Tomás, como torero, es imposible establecer algún tipo de semejanza, ni en lo humano ni en lo profesional. Aparentemente nada les une, aunque bien podría darse el caso de que uno, en silencio, rumiara para sí mismo y se sintiera el heredero directo del otro y, además del toro, tuviera tan tremenda carga histórica por añadidura. Manolete: un revolucionario. Antes de él nadie había toreado como él; después, todo el mundo quería torear como él. Es decir, cambió el toreo. José Tomás: un clásico. Antes de él, todos los toreros legendarios habían to- H Portada del libro de Carmen Esteban sobre la historia de amor de Lupe Sino y Manolete reado como él; después, todos los grandes toreros seguirán toreando como él. Restaurador, la aportación de José Tomás a la Fiesta de finales del XX fue mostrarles a las generaciones nuevas cómo se toreó siempre. Un revolucionario y un clásico. Burocráticamente también existen diferencias entre las administraciones de ambos... Y mientras uno es un torero hondo, José, con raíces, pies clavados en la arena, Manolete parecía elevarse hasta llegar a crear entre los públicos la sugestión de que podría levitar ante la fiera. Visualmente, a uno se le abren las alas de la chaquetilla del vestido al vaciar, al otro se le pegaban en su escuálida silueta sin enseñar jamás el bordado del chaleco. Les une un toque imperceptible, lo principal, que no es otra cosa que un leve movimiento de arriba a abajo con la muleta al citar, no un mantazo, que la mayoría de los espectadores no perciben. Y les separa el toro, muy grande y manso ahora, y muy chico y bravo antes. Cuando la guerra civil había terminado, fueron aprovechadas las reses de casta para los guisos de campaña, quedando diezmada la cabaña brava, que no se tuvo más remedio que sacrificar. Si en lo profesional Manuel y José son dos toreros diferentes, incluso físicamente (aunque ambos dispusieron con la herramienta de unos brazos de una longitud desproporcionada, ventaja corporal) en lo humano resultan opuestos. Época de uno y otro, aparte, el progreso de España desde entonces ha convertido a nuestro país en otro planeta. Manuel fue un niño enfermizo en años de hambruna. José, un rollizo bebé al que no le faltó de nada y crecía sano gracias a los limpios aires de la sierra madrileña. Uno, torero desde la cuna, pues Manuel estaba vinculado a todas las rancias estirpes toreras de Córdoba. El otro, José Tomás, un torero elegido, que de niño soñaba con ser futbolista y sin antecedentes taurinos familiares. De nuevo, la tremenda diferencia entre un destinado y un elegido. Manuel, el pequeño de su casa, huérfano de padre desde los seis años y con la responsabilidad de atender en todo lo necesario a su madre, cinco hermanas y tres sobrinas. José, el mayor, perfectamente criado como primogénito de un joven matrimonio con profesiones altas, del que más tarde nacieron tres varones. O sea, la casa de Córdoba estaba regida por mujeres, mientras la de Galapagar por hombres. Entonces, ¿en qué se parece José Tomás a Manolete? En nada, son dos toreros diferentes en épocas diferentes. ¿Quién ha hablado de imitación? Imposible, puesto que si José pretendiera parecerse a Manuel, también nos tendría que recordar a los incontables discípulos que siguieron dignamente la brillante escuela dejada por el Monstruo. De valor los dos, de mucho valor. Los dos con una extraordinaria personalidad dentro y fuera del ruedo, y los dos trasgresores tanto en la vida como ante el toro. Nadie sabe lo que contiene una cabeza ajena, menos aún si se trata de la de un torero, menos aún si se trata de la de José Tomás. ¿Será José Tomás aquel rival que Manolete nunca tuvo? Vamos a meternos en la máquina del tiempo, reflexionar, no sea que el destino nos hubiera gastado una broma macabra. Los dos en un mismo cartel y se habrían terminado las dudas. CARMEN ESTEBAN Autora de Lupe, el sino de Manolete