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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE AQUEL QUE PISÓ LAS ARENAS CON FIRMEZA Fue un gran compañero, afable, jamás tuvo problemas con ningún torero. Era de carácter tímido, como yo a está el toro en su centro; paso a paso, despacio, te acercas al asombro de su embestida ciega, y deshojan su empuje dieciséis naturales, como pétalos rojos, que en el aire se quedan. El terreno del toro ya es tuyo En estos versos del gran poeta Agustín de Foxá se puede resumir el grandioso toreo de Manolete: se hacía dueño del terreno del toro. Fue una fórmula que estudió y puso en práctica, le costó algún susto y en los dos primeros años de alternativa quedó definitivamente instaurado su toreo. Le dio una gran proyección, pues en ese sitio que se ponía, cerquita de los toros, le sacaba mucho partido; en definitiva, le servían a él más toros que a los demás. El lograr triunfar con la mayoría le dio mucha fuerza, mucho dinero y una gran responsabilidad, que él supo llevar con gran dignidad, por su valor y su gran amor propio, pero que poco a poco le fue asfixiando. Cuando viajábamos juntos me decía: José, qué harto estoy de tanta responsabilidad Yo le contestaba que se había metido en un callejón de difícil salida, porque en esta profesión tienes que respirar de cuando en cuando, si no, te asfixias; los públicos se enteran de que ganas mucho dinero y quieren que estés bien siempre, y eso es imposible, no te dejan vivir. Había muchos aficionados que no comulgaban con su forma de torear; quiero decir que su toreo era discutible. Ahora bien, su forma de matar era indiscutible, hacía a la perfeccción esa suerte y, para mi gusto, ha sido el mejor matador de toros que he conocido. A ningún torero he visto matar tantos toros bien como a Manolete. Y El gesto de seriedad del Monstruo cordobés FOTOS: ABC das por las estrellas, cruzaban España. Luis Miguel Dominguín ordenó traer a su hermano Domingo al doctor Tamames de Madrid; K- Hito envió a Gitanillo de Triana a buscar al doctor Jiménez Guinea; la madre del torero agonizante, doña Angustias, viajaba en la inopia desde San Sebastián; Lupe Sino, su novia, su amante, la mujer que ocupaba su corazón, se trasladaba desde Lanjarón. Uniendo todos los personajes de la claustrofóbica escena se reconstruyen las últimas horas del califa sin trono pero no se desvelan todos los misterios. Camará, su apoderado, y don Álvaro Domecq controlaron la situa- Hay un sucedido que refleja su pureza en esa suerte. Toreábamos una corrida en Palencia, y a él le tocó un sobrero de Dionisio Calahorra, un ganadero de la parte de La Rioja y Navarra que en aquel tiempo llevaba los sobreros a todas las plazas del Norte. El toro salió con mucha dificultad y a la hora de matar echaba la cara arriba y no se dejaba meter el brazo. Manolete estaba pasando serios problemas con la espada. Le dieron el primer aviso, y me acerqué con el capote a echar una mano, y cuando se perfilaba le decía: Manuel, a los bajos Y él pinchaba arriba. Yo seguía insistiendo: Tírale a los bajos Entonces se volvió y me dijo: José, si no sé Realmente no sabía pegar bajonazos, se había aprendido la lección de matar por arriba y eso era lo que hacía siempre. Manolete tenía una gran majestad, un astro del toreo cuya órbita me tocó gravitar: según las estadísticas, fui el torero que más veces hice el paseíllo junto a él. En su recuerdo quiero señalar que fue un gran compañero, afable, jamás tuvo problemas con ningún torero. Era de carácter tímido, como yo. Y cuando en alguna reunión había personas que no conocíamos bien, todo lo que hacía era escuchar. Otro gran poeta, Rafael Duyos, dijo: Aquel que las arenas pisó con más firmeza, yace aquí bajo el cielo de su Córdoba mora Mi mejor homenaje a Manolete es decirle que en su Córdoba tiene a un Pepe Luis Vázquez, mi nieto y paisano suyo, del que me siento orgulloso. Manuel, Dios te siga dando la gloria. PEPE LUIS VÁZQUEZ Manolete, la quietud y el valor de un muletazo Claustrofóbica escena ción. A las cinco y pocos minutos de la madrugada, una transfusión de un plasma defectuoso sobrante de la II Guerra Mundial, y que ya había sido utilizado con negativos resultados en la explosión de los astilleros de Cádiz, provocó en Manolete el último shock. En shock entró España entera, que había encontrado en Ma- nuel Rodríguez Manolete un haz de luz en medio de las penalidades de la post- guerra. Torero para después de una guerra tituló alguien un libro con afanes negativos. La personalidad de Manolete, su huella, su verticalidad de inhiesto ciprés de Silos, oh nave de tristeza, su elegancia de mástil que no arría se clavaron como una estaca en un país de estraperlo, escrito en blanco y negro. Califa de Córdoba pintado por El Greco, imagen de vela que desborda la cera. Impactaba su quietud, la ligazón de perfil y su perfil, el aura de los seres distintos. Tan es así que sesenta años después de su ascensión al Olimpo de los dio (Pasa a la página siguiente)