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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE Escudero. Además de esas- -dice Jorge Muncharaz- yo añadiría la del Boquerón y la del Carlista Para hablar de otras cuevas más internacionales conversamos con Pepe Martínez, espeleólogo, montañero y divulgador entre cuyas obras cabe destacar su Manual de Espeleología Del lugar que guardo un recuerdo imborrable es del Sótano de las Golondrinas, en México. Es un pozo perfecto. La cuerda se ancla en el techo de una bóveda de 333 metros de altura. La luz llega hasta el fondo de la sima y tú bajas por el centro, rodeado por los miles de loros y golondrinas que anidan en su interior Y de México saltamos a la más reciente actualidad, al rescate de la espeleóloga belga Anette van Houtte realizado la semana pasada en la sima de Larra, en Isaba (Navarra) Supongo que una gran parte de los españoles habrá pensado: ¿Qué se le habrá perdido a una mujer de 49 años a 700 metros de profundidad? Pero yo como espeleólogo la envidio y la defiendo porque pienso que nadie sin la debida experiencia se plantea ese reto con esa edad si no está seguro de llevarlo a cabo. Lo único que sacamos en conclusión tras cada accidente (y eso lo tenemos grabado siempre en nuestro interior) es que hay que extremar las precauciones bajo tierra. Cualquier tontería puede llevar a un fatal desenlace a esa profundidad y tan lejos de la boca de entrada de la cavidad. Los equipos de socorro han hecho un trabajo envidiable, en un tiempo prudencial por la complejidad de la sima. Y es que las situaciones de riesgo dentro de una cueva son muchas. El mismo Pepe Martínez nos cuenta algunas de las vividas por él. En general han sido sustos sin importancia que afortunadamente se han solucionado sin contratiempos, casi siempre relacionados con caídas de piedras, con extravíos en travesías o con súbitas crecidas del nivel del agua. Lo más doloroso que he vivido bajo tierra fue colaborar en el rescate de un miembro del grupo al que pertenezco, un amigo que murió buceando en una cueva de Cuenca. Yo había estado buceando con él la semana anterior. Ángel Montero, que preside la Agrupacion Espeleológica GET, también nos cuenta alguno de sus sustos Nunca he sufrido un accidente, pero en dos ocasio- nes me he perdido dentro de una cueva. En una de ellas logramos encontrar la salida; sin embargo, en el Mortero de Astrana tuvimos que esperar el rescate... Por eso nosotros nunca nos cansamos de decir que es fundamental iniciarse en esta disciplina de la mano de gente experimentada. Lo ideal- -añade Pepe Martínez- -es contactar con la Federación Española de Espeleología o con cualquier grupo espeleológico ya creado para a través de ellos realizar algún cursillo donde se les enseñe las técnicas básicas para adentrarse con seguridad en el interior de las cuevas. Esta es una actividad que no se debe hacer jamás en solitario. Pero, ¿cuál es la vertiginosa atracción que siente un espeleólogo para que, pese a los riesgos, se sumerja en las profundidades de la tierra? Los que descubren el atrayente mundo de la exploración y sienten su placer escondido se convierten en recalcitrantes espeleólogos. Ante sus ojos aparecen espacios vírgenes, lugares jamás hollados por ningún ser humano... Es cierto que muchas veces hemos ido a explorar cuevas de las que teníamos referencias por pastores o lugareños, buscando lo que ellos nos decían: largos pasadizos y pozos sin fin, y surge el desengaño porque a los pocos metros acaban taponadas. Pero me siento orgulloso de haber cumplido algunos sueños, por ejemplo cuando participé en la exploración de una mina romana de casi 5 kilómetros de desarrollo en la provincia de Cuenca. Nadie hubiera podido imaginar un laberinto de esas dimensiones en medio de un campo de labor. De su interior sacaban increíbles cristales translucidos de lapis specularis semejantes al vidrio que ahora usamos en nuestras ventanas. Las cavidades son fascinantes y misteriosas por sí mismas- -apunta Ángel Montero- son un impresionante ejemplo del poder y la belleza de la naturaleza. Y, por otra parte, la espeleología no deja de tener cierto aura de deporte de elite y puede orientarse tanto en un aspecto netamente deportivo como adquirir una orientación mas científica profundizando en los aspectos geológicos de las cavidades. En nuestro corto viaje subterráneo hemos podido palpar el latido de la tierra, ese halo sobrecogedor que imanta a los espeleólogos. Cuando uno sale por la boca de cueva el cielo parece más azul y las nubes más blancas, pero también le asalta a uno una extraña sensación, una llamada misteriosa que invita a abismarse de nuevo en el corazón de las tinieblas. Espacios vírgenes El peligro de la aventura Es fundamental iniciarse en esta disciplina de la mano de gente experimentada comenta Ángel Montero, presidente de la Agrupación GET Los que descubren el atrayente mundo de la exploración y sienten su placer escondido se convierten en recalcitrantes aficionados asegura el espeleólogo Pepe Martínez