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12 8 07 VIAJES Oviedo Un cuento de hadas que dura ya doce siglos De Santa María del Naranco al auditorio Princesa Letizia, la capital del Principado ha sido un escenario constante de la vanguardia arquitectónica TEXTO: FERNANDO PASTRANO FOTO: PILAR ARCOS odría parecer un montaje fotográfico, pero aquí el photoshop no tiene nada que ver. Desde la ladera del monte Naranco la vista es impresionante y parece irreal. En primer término las piedras rosadas de Santa María, sillería que en el siglo IX asombró por su novedosa disposición a propios y extraños. Al fondo, sin solución de continuidad, entre la bruma azulada de la mañana ovetense, las plumas de las grúas que parecen pajarracos amarillos sobre un descomunal nido blanco. Es el flamante Palacio de Congresos Princesa Letizia en plena construcción. Cuenta la leyenda que Fruela I, que reinó entre 757 y 768, durante una cacería se paró a almorzar P en las inmediaciones del monte Naranco. Preguntado por uno de sus acompañantes dónde situaría su Corte respondió en latín Ubi edo que significa Donde como Bonita historia para el nacimiento de la ciudad que los asturianos llaman Uviéu. Este cerro, que está a sólo tres kilómetros del centro, es parte de la ciudad, pero durante el reinado de Ramiro I (842- 850) se encontraba lo suficientemente lejos para que este monarca mandase construir allí un conjunto residencial Ni grande ni pequeña, es una ciudad peatonal, monumental y muy pulcra (la más limpia de España) Como si no perteneciese a este mundo en palabras de Woody Allen Interpretación por ordenador del Palacio de Congresos Princesa Letizia, de Santiago Calatrava JOVELLANOS XXI para pasar el verano. En un coto de caza en el que merodeaban osos, rebecos y cochinos jabalíes- ¡quién lo diría! sobre los restos de unas termas romanas, sus arquitectos tomando como base el estilo carolingio- -el más vanguardista de la época- -construyeron un pabellón real, una iglesia palatina y otras construcciones menores para los sirvientes y el ganado. Sólo han sobrevivido la residencia, transformada después en iglesia, y la cercana de San Miguel de Lillo, no menos espectacular. Hoy vemos ambas vetustas construcciones como lo que son, dos joyas del perrománico, pero habría que retroceder doce siglos para comprender el asombro que debieron causar entre los habitantes de la austera Alta Edad Media asturiana. Algo que podría parecernos simple, en aquel momento fue una genialidad transgresora. La original fusión del estilo visigodo asturiano con el carolingio y el bizantino llegados de fuera, dio lugar a algo tan bello como nuevo, que fue bautizado como ramirense en honor al monarca. A partir de entonces Oviedo ha sido un constante escenario para la vanguardia arquitectónica. Desde su muralla medieval, de la que sólo se conservan unos metros, los restos del monasterio ro-