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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE Vacas sagradas en Nueva Delhi. Paisaje urbano de un país en plena revolución económica V El elefante frente al dragón iniendo de Pekín, resultan inevitables las comparaciones entre India y China, las dos potencias que desbancarán a Estados Unidos y la Unión Europea como motores de la economía mundial. El dragón rojo se ha convertido en la fábrica del mundo y es ya el principal exportador de manufacturas del planeta, por lo que ha recibido la inversión de numerosas compañías extranjeras. Por su parte, el elefante indio ha basado su crecimiento en los servicios y persigue ahora especializarse en la alta tecnología, ya que cuenta con prestigiosas universidades de las que cada año salen miles de técnicos altamente cualificados. En India destacan grandes consorcios familiares que copan los más diversos sectores desde la automoción hasta las telecomunicaciones pasando por la minería. Es el caso de Tata o Maruti Suzuki- -que se han hecho de oro vendiendo utilitarios desde 7.000 euros- Reliance y Mittal, el gigante siderúrgico cuyo presidente, Lakshmi Mittal, es uno de los hombres más ricos de la Tierra. Pero India también sufre grandes carencias, como sus deficientes infraestructuras y la pervivencia del sistema de castas, abolido en teoría por la Constitución. Aunque es la mayor democracia del mundo el dictatorial régimen comunista chino es mucho más eficaz a la hora de gestionar el crecimiento pese a la corrupción. La democracia nos permite cambiar a una partida de ladrones por otra bromea Krishna Siddu, la esposa de un adinerado comerciante sij, Tara Singh, que huyó de Pakistán, pero ahora hay estabilidad social, un gran crecimiento económico y una notable mejora de la educación se congratula su marido, cuya casa se ubica en la zona de South Extension muy cerca del mercado donde ha abierto una gran tienda de Levi s y han proliferado cafeterías a la occidental, como Barista o Costa, para la nueva juventud india. en el siglo XXI aspirando a convertirse en una nueva potencia mundial. India es, junto a China, el otro gigante emergente de Asia, ya que desde hace años su economía viene experimentando unos crecimientos de entre el 8 y el 9 por ciento debido a la política de liberalización acometida en 1991 por el entonces titular de Finanzas y hoy primer ministro, Manmohan Singh. Por ese motivo, en la capital, Nueva Delhi, han proliferado lujosos hoteles internacionales como Le Meridien, situado a escasos metros del semáforo donde la pareja de niños pide limosna y en el que no se puede reservar una habitación por menos de 250 euros. Para hallar algo más asequible, pero sin caer en los cuchitriles de hostales para mochileros, es necesario bajar hasta algunos establecimientos locales que, por entre 40 y 100 euros, ofrecen cuartos inmundos donde a veces ni siquiera hay agua caliente. Sin duda, dos extremos que reflejan a la perfección las enormes desigualdades que sufre la sociedad india, ya que su extraordinario crecimiento no ha sido equitativo. Aunque se calcula que la mejora de la situación económica ha generado una emergente clase media urbana formada por 250 millones de personas, lo cierto es que se empieza a considerar como tal a todo aquel que gana a partir de 400 euros al mes. En realidad sólo hay unos cinco millones de indios con una capacidad de consumo igual a la occidental aclara a D 7 Ruth Abad, agregada comercial de la Oficina Económica de España en Nueva Delhi. Y es que India continúa siendo una nación pobre eminentemente rural, donde que el 60 por ciento de la población vive en condiciones tercermundistas en el campo y depende de la agricultura, que, sin embargo, sólo aporta el 20 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) Como consecuencia de la rápida transformación vivida en los últimos años, los servicios ya suponen el 60 por ciento de la riqueza nacional, mientras que la industria asciende al 20 por ciento. Tales cifras han determinado que la evolución del país sea muy distinta a la de China, convertida en la fábrica global por la abundancia de una irrisoria mano de obra que ni siquiera se encuentra en India a pesar de los millones de pobres que pululan por sus calles. Pero, al mismo tiempo, aquí hay ya más millonarios que en Japón matiza Ruth Abad, quien no duda en calificar a la sociedad india como dual Así se aprecia claramente cualquier sábado por Una sociedad dual la noche en el Hotel Maurya Sheraton, uno de los más caros de Nueva Delhi. Tras haber abarrotado durante la cena el prestigioso restaurante Bukhara elegido el mejor de Asia por la revista Restaurant Magazine decenas de nuevos ricos indios, que destacan por sus barrigas prominentes y su dudoso gusto por la ostentación de joyas, dan buena cuenta del buffet de la cafetería hasta altas horas de la madrugada. Otros ejemplos similares se pueden apreciar en locales de moda como Q BA, Veda o en Nehru Place. En este barrio, plagado de destartaladas tiendas de informática, el dinero corre de mano en mano mientras se venden ordenadores, teléfonos móviles, impresoras y demás aparatos electrónicos. Junto a dicho comercio incesante, niños medio desnudos que dejan al descubierto sus esqueléticas piernas juegan descalzos entre los humeantes puestos ambulantes de comida o persiguen a los transeúntes suplicando por una moneda. Sorteando a duras penas las montañas de basura que se van acumulando a lo largo del día en plena calle, ancianos curtidos por la vida transportan fatigosamente hasta ocho cajas de ordenadores de mesa sobre su espalda y cabeza. Mientras tanto, los jóvenes ricos de la nueva élite, que viven en las suntuosas villas del distrito de Greater Kailash (GK) hacen cola en el cercano multicine Satyam para ver los últimos éxitos de Bollywood, la película de los Simpson o el final de la saga Harry Potter. Para ellos, las 175 rupias (3,5 euros) que cuesta la entrada son una minucia, pero para el conductor de un rickshaw suponen una dura jornada de trabajo pedaleando para llevar a sus clientes en el triciclo bajo un sofocante sol de justicia. Esa paga es también una fortuna para los miles de porteadores que cargan sobre sus cabezas enormes fardos en el infernal bazar de Chandni Chowk, los estrechos y oscuros callejones plagados de abigarradas tiendas que se levantan entre la Mezquita Jama y el Fuerte Rojo, en la parte vieja de Delhi. Al otro lado de la ciudad, en la calle del cine Satyam, una familia de mendigos ha montado su chabola en un descampado a la sombra del imponente rascacielos que alberga el selecto Hotel Intercontinental, exactamente igual que muchos otros millones de indios pobres que viven en la calle. Apenas cubiertos por harapos, andrajosos ancianos, mujeres, niños e inválidos, que arrastran por el suelo sus piernas y brazos (Pasa a la página siguiente)