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D 7 29 7 07 Nacida en Ciudad de México en 1954, la suya es una de las voces más sobresalientes de la actual narrativa iberoamericana. Vive en Nueva York desde hace años, donde escribe y da clases en la Universidad; pero habita esa gran urbe con cierto desarraigo. Amante de la historia, lectora apasionada y escritora prolífica, hoy da la cara a propósito de su más reciente obra, El velázquez de París la historia de una gran obra. GUTIERREZ Y DE LA FUENTE 32 D 7 LOS DOMINGOS DE Carmen Boullosa ESCRITORA Todos los placeres siempre tienen algo de sufrimiento ISABEL GUTIÉRREZ- -En su última novela, usted nos propone la aventura de la búsqueda de un gran cuadro perdido de Velázquez, La expulsión de los moriscos ¿Qué le llevó a esa historia? -Mientras escribía mi anterior novela La otra mano de Lepanto comencé a buscar imágenes sobre aquellos hechos para ver cómo sus contemporáneos los retrataron. Y de pronto encontré la historia de un lienzo de Velázquez sobre la expulsión de los moriscos, que estaba perdido. ¡No sabe cómo me atrajo! Puro vértigo. Y no un vértigo intelectual o racional. ¿Cómo era? -Sensorial y sentimental. Me preguntaba cómo un grandísimo artista como él había pintado con detalle y sin compasión una escena desgarradora: 250.000 personas expulsadas de su patria. -El arte sin compromiso con la justicia, ¿pierde su sentido? -Una siempre quiere pensar que en el arte la balanza se inclina por lo que vale la pena en la vida, que es lo que nos hace sentirnos orgullosos de ser seres humanos, que siempre se inclina por lo bueno, que no es políticamente correcto... Lo mejor que hay en la vida, la más poderosa luz, también se confunde con la oscuridad más siniestra. -La expulsión, el desarraigo... Todo eso conforma un cuadro que contemplamos cada día. -Las pateras que llegan acá o lo que una ve en el metro de Nueva York: la cantidad de suramericanos, africanos y asiáticos que no han viajado hasta allí por placer, sino porque han sido echados de su tierra por la violencia... Es el pan nuestro de cada día. ¿Pero no cree que la solidaridad es un valor en alza? -También hay mucha gente que se pone una venda. Bush es humano, pero no creo que sienta piedad por los iraquíes; ni siquiera estoy segura de que sienta compasión por sus chicos, los que envía a Irak. Hay gente que no siente compasión y que aún cree que ésa es una guerra justa. Bolaño En el recuerdo Cuando Roberto Bolaño murió, no podía abrir la boca, no me podía tragar la píldora. Ahora que me han pedido artículos sobre él, he podido hacerlo con humor, acordándome de los 70, que fueron tan divertidos, tan llenos de un sabor Bolaño en Ciudad de México. Ya puedo elaborarle con más alegría, y no tanto con un sentimiento de pérdida. Pero sí es cierto que a veces, cuando me acerco a mi ordenador, siempre pienso: Va a entrar un mail de Bolaño Aún no me la trago completa. IGNACIO GIL -Es que se trata de un auténtico dilema moral... -Lo cierto es que hemos vivido un tiempo demasiado corto y los mismos dilemas morales del XVI y XVII aún resuenan. -Su novela es la voz de una mujer que pasa de la felicidad a la desesperación. ¿Es usted misma quien habla? -Éstas son algo así como unas falsas memorias. Cuando una se deja llevar por el vértigo, rompe las fronteras entre lo lógico y lo ilógico, entre la vida y la muerte. ¿Dónde está su hogar? -En la ciudad de México que ya no existe. Cuando yo nací, tenía 3 millones de habitantes; hoy tiene 21. Ese camino, que para mí significaba tanto de niña, que tomaba para ir de mi casa a casa de mi abuela, ya no existe: está trazado por carreteras. Todo ha cambiado tanto... En Madrid, las cosas también han cambiado, pero la ciudad es la misma, es más vieja que tú, te acoge. Yo soy chilanda habitante de Ciudad de México y cargo con el dolor de mi generación. ¿Y cómo se siente en Nueva York? -Es una ciudad más dura, con un código secreto muy fuerte... Pero me da la distancia para trabajar. No me sirve para la alegría, pero me surte de otras cosas. ¿Alguna vez se ha arrepentido de este oficio? -No lamento ni un día de mi vida de escritora: me da fuerza, alegría, lo disfruto como una loca... ¿Y lo padece? -Todos los placeres tienen algo de sufrimiento. El puro placer, el ¡ay, qué bonito! es que ni lo quiero. Quiero cosas interesantes, con retos, con dificultades... Pero quisiera más tiempo- ¿Para hacer qué? -Para dormir más, pues lo hago fatal: como un bebé, a ratos. La verdad es que me gustan mucho mis sueños, aunque son horribles. Pero son importantes: los vivo, los leo, los interpreto, los quiero recordar... Y quisiera tener más tiempo para ordenar, para cocinar, para bordar... ¿Los libros ayudan a vivir mejor? -No estoy segura si ayudan a vivir mejor, pero sí ayudan a vivir. Vivo como vivo porque he leído libros... No amaría como amo, no odiaría como odio, no guisaría como guiso si no leyera lo que leo. Los libros son mi educación sentimental. Si alguien no lee, qué vida tan aburrida y tan miserable.