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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE La ausencia de Rondha Al otro lado México D. F. las niñas no salen a la calle. Nadie sabe qué puedes encontrarte, ni con quién. Si no, que se lo digan a Rondha, la menor de seis hermanos, cuyo padre marchó hace tiempo y del que ya nadie espera señales. Son seis, aunque en la imagen aparezcan sólo cinco. Y es que una mañana, a plena luz del día, un coche paró al lado de su casa... y Rondha desapareció, misteriosamente. Aunque no es tan extraño. También ha pasado en Argentina, y en Bolivia, y en Perú. Miles de niños son secuestrados a diario por las mafias existentes en Iberoamérica, y sus órganos vendidos al mejor postor, que por supuesto no hace preguntas. Rondha falta en esta fotografía, a la izquierda. Pronto nadie la echará de menos. Y resultará que nunca fueron seis, sino sólo cinco. Aunque la ausencia de Rondha llene todas las escenas de la vida de sus hermanos. Walter, en La Boca del Lobo En La Vega, al interior de la República Dominicana, no se escucha el mar, ni se contemplan bellas mujeres. Se bebe mucho, sí, pero por otras razones. Al final de este poblado se alza La Boca del Lobo, el reino de Walter, que nadie se atreve a cruzar al caer la noche. No hay asfalto, ni electricidad, ni alcantarillado, sólo un olor pútrido y unas casas hechas con restos de uralita. Walter nos mira, en silencio, a la entrada a un callejón estrecho y empinado, formado por restos de basura. Arriba, al fondo, su hermana pequeña. Él es Walter, nos dice desafiante, con la mano sucia metida en la boca, que no es del lobo pero casi, y de repente echa a correr hacia arriba. Su hermana pequeña sigue ahí. Él es su guardián. El rey de La Boca del Lobo. Las gafas de Arnaldo Nos mira y, en un descuido, nuestras gafas de sol aparecen llenando todo su rostro. Le quedan inmensas, pero da lo mismo, porque Arnaldo ya ha conseguido lo que buscaba. Hace mucho calor en el Hogar Reina Doña Sofía fundado por Mensajeros de la Paz en el centro de El Salvador, donde una veintena de niños con SIDA juegan, comen y duermen, ajenos a su suerte. Arnaldo y el resto de los chicos casi no tienen dientes, y cada esfuerzo les provoca un cansancio sin límites. Pero son niños, y no pueden quedarse quietos. Arnaldo ha visto a dos amigos subidos a un árbol, y no duda en hacer lo propio. Mala pata: tropieza y se raspa la pierna con las ramas. Los ojos se le abren como platos: siente mucho dolor, y miedo, pues cada gota de sangre perdida es un retroceso, pero no se queja, ni llora. O eso dice, porque no vemos sus ojos, escondidos detrás de nuestras gafas.