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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE Tres guardaespaldas particulares rigurosamente armados. El del centro porta un moderno AK 74, los de los lados exhiben los clásicos AK 47 y las áreas tribales es que para su tenencia en el casco urbano es necesaria una licencia cuya falta se castiga con siete años de cárcel. Antes los permisos los daba cualquier notario, hoy hay que pedirlos al Ministerio del Interior y se necesitan muy buenas conexiones para lograrlos. Por eso la gente no exhibe sus armas en Peshawar, porque la mayoría no son legales. Se compran en Darra y se guardan explica Mohammed. Sus armas están en regla Los precios se han multiplicado por cinco desde la caída del régimen talibán, pero la calidad también ha mejorado. Tenemos todo lo que las fuerzas de la coalición envían a Afganistán y, en quince minutos, podemos equipar a una persona como si de un soldado de EE. UU. se tratara. No falta de nada apunta uno de los primos. La última novedad en el mercado es el AK 74, sucesor del mítico AK 47. A Pakistán ha llegado el modelo fabricado en Bulgaria con una serie de mejoras que los vendedores le han incorporado imitando a los fusiles de asalto norteamericanos. El precio es de 1.000 euros. Por 400 euros se encuentran los AK 47 de toda la vida, y por 1.500 un M 16 norteamericano. Las granadas apenas cuestan seis euros y los lanzacohetes rusos RPG 7 han bajado hasta los 300 euros. Pakistán es el destino final de fusiles y lanzagranadas, insisten los familiares de Mohammed, que, además de dedicarse al negocio de las armas, son grandes amantes de ese mundo y conocen cada modelo al detalle. Ellos preparan a sus propios escoltas y deciden qué tipo de armas van a llevar a la espalda en función del viaje que deban hacer. Esto no era así antes. La llegada de extranjeros nos ha transformado Azmat Hayat Khan es profesor de la Universidad de Peshawar y autor del libro La línea Durand en el que analiza la situación de las tribus pastun en la frontera. A diferencia de lo que dicen los servicios de espionaje norteamericanos, piensa que Al Qaida tiene ahora una presencia mínima en la zona. Los árabes se fueron, y lo que nos ha quedado es una versión pastún de la yihad, una especie de nacionalismo islamista en el que la gente lucha por la tierra y la religión, por este orden. Los americanos y el ejército de Pakistán han atacado sin descanso a los civiles en Waziristán Norte, y lo que están recibiendo es la respuesta de los jefes pastun del distrito señala. Las armas sólo han traido inseguridad y pobreza destacan las ONGs presentes en Peshawar, que hace menos de un mes organizaron una conferencia titulada Luchando contra las armas y la destrucción civil Treinta días después, debido a la oleada de atentados que han seguido al asalto a la Mezquita Roja, todas han tenido que salir de la ciudad. Peshawar se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos de Pakistán y cuando se llega a la oficina del Gobernador, miembro de la coalición ultrarreligiosa Muttahida Majlis- e- Amal, lo primero que le piden al extranjero es que salga lo antes posible de la ciudad. Las autoridades han comunicado a los 140 extranjeros residentes aquí que redoblen sus medidas de seguridad. El flamante hotel Pearl Continental se ha quedado vacío. En su aparcamiento aún resuenan los motores de los todoterreno de los periodistas que llenaron sus habitaciones en la última guerra contra los taliban. El precio de la estancia era entonces de trescientos dólares. Hoy no llega a los cien, pero está vacío. Mohammed y sus primos dan por concluida la reunión diaria. Sus hombres se preparan para salir de casa y exhiben las armas automáticas que el jefe les ha proporcionado. El pequeño ejército se pierde por la barriada de afganos rumbo a Jalalabad, al otro lado de una frontera que, para los pastun, nunca ha existido. El AK 47 de toda la vida se puede comprar por 400 euros. Un AK 74 mejorado, de fabricación búlgara, vale 1.000 euros. Y un lanzacohetes RPG 7 sólo cuesta 300 euros