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22 7 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Pakistán De la pedrada al kalashnikov Antes de que llegaran rusos, norteamericanos y yihadistas árabes, en la frontera de Pakistán con Afganistán no había armas. La gente peleaba con piedras y palos. Hoy, es uno de los lugares más violentos del mundo TEXTO Y FOTOS: MIKEL AYESTARÁN. PESHAWAR. ENVIADO ESPECIAL ntes de que llegaran los rusos había una escopeta en toda la ciudad, nos lanzábamos piedras y nos pegábamos con palos, poco más. Ahora no hay una sola casa donde falte un arma automática Mohammed Zaman- -nom- A Desde niño se familiarizan con las armas, aunque sean de juguete bre ficticio con el que desea proteger su identidad- -ha vivido toda su vida en Peshawar. Miembro de una de las 60 tribus pastunes más importantes de la frontera afgano- paquistaní, su casa es un oasis fortificado en el centro de una barriada de refugiados afganos entre los que recluta a sus escoltas más fieles. Mohammed se reúne cada día con sus parientes con quienes habla de la historia de la ciudad como si se remontara a la Edad Media. Pero no, todo empezó el 24 de diciembre de 1979 cuando el Ejército Rojo invadió Afganistán. Los rusos llegaron hasta el puesto fronterizo que está a sólo 40 kilómetros de Peshawar, no como las fuerzas de la coalición que ocupan ahora Afganistán y cuyo puesto de control más cercano está a cien kilómetros: ¿qué piensan vigilar a esa distancia? señala uno de los primos que acaba de llegar desde Jalalabad en viaje de negocios No tiene pasaporte, ni falta que hace: por ese camino llego a casa en unas horas A principios de los 80 llegaron los agentes de espionaje estadounidenses con tanta rapidez como después se esfumaron cuando todo terminó. Traían muchos dólares y con sus dólares llegaron, de la mano, los árabes. Instalaron campos provisionales donde alojaron a miles de yihadistas con sus familias. Tenían escuelas y autobuses propios para desplazarse de los campos a la ciudad recuerda Mohammed. Esos árabes venían a hacer la guerra santa contra los rusos y el comunismo. Desde entonces, la historia de Peshawar ha cambiado mucho. De lugar de parada de caravanas y antesala del mítico paso del Jiber pasó a convertirse en nido de espías y nudo de los movimientos integristas que, poco a poco, impusieron su visión bélica del islam combinada con el tribalismo pastun, para construir una despiadada máquina de guerra. Una máquina que se extiende por las cercanas áreas tribales y golpea a los ejércitos- -estadounidense o paquistaní- -que intentan desactivarla. Dentro de la ciudad sólo se pueden llevar armas automáticas, es lo más que autoriza la ley. Pero a pocos kilómetros hay mercados, como el de Darra, en la zona tribal, donde se puede comprar un arsenal. En los 80 los artesanos locales se dedicaban a la copia de armamento que vendían a precios diez veces inferiores al original. La entrada masiva de material bélico desde Afganistán en los últimos años, sin embargo, ha terminado con ese negocio y hoy la mayor parte de las armas en venta es de segunda mano. Otra diferencia entre la ciudad Los precios de las armas han subido, pero también ha mejorado la calidad. En 15 minutos podemos equipar a una persona como a un soldado estadounidense