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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE El líder desnudo Memorias políticas POR ALFONSO ARMADA Los diarios de Alastair Campbell sobre los años en que fue consejero aúlico y manipulador de la prensa a las órdenes de Tony Blair evocan otras memorias políticas, las de quien anota en la sombra, al calor del líder o del monarca que ve cómo se airea a la luz pública lo que quiso secreto P uesto que no podemos alcanzarla, venguémosnos criticándola. (Aunque no es propiamente criticar algo el hallarle los defectos; los hay en todas las cosas, por hermosas y deseables que sean Así se manifiesta Michel de Montaigne en el apartado de sus Ensayos dedicado a los inconvenientes de la grandeza donde escribe que el oficio más difícil y más duro del mundo es el hacer dignamente de rey Grandeza no es la palabra que viene ipso facto a los labios leyendo Los años de Blair las indiscreciones de quien durante más de diez años fue consejero aúlico, fontanero jefe del primer ministro británico, un antiguo perro de la prensa que sabía cómo tratar a los de su especie. Es la última aportación a un género literario con todo tipo de practicantes, las notas de cocina que muestran al líder despojado del aura que gusta exhibir en público. En el caso de Alastair Campbell, de quien se hace un retrato no demasiado favorecedor en la película The Queen -como en el de recientes cultivadores de un calculado destape político que se ha aprovechado de su cercanía con el poder para adornar su narcisismo sin dejar en demasiado mal lugar a sus antiguos jefes- -no parece aventurado decir que no pasarán a la antología de las memorias políticas. Es el caso del periodista Javier Valenzuela y sus Viajes con ZP -que apenas pasó dos años con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero como director de información internacional- o el de Ari Fleischer, que en Aguantando el tipo: el presidente, la prensa y mis años en la Casa Blanca el ex correoso portavoz de George W. Bush se dedica más a ajustar cuentas con la canallesca que a desnudar al en teoría hombre más poderoso del mundo. Será que a la baja calidad del liderazgo político internacional corresponde una equivalente caterva de correveidiles menos duchos en el arte de la prosa, desde luego mucho menos literatos que figuras señeras como el duque de Saint- Simon, autor de unas Memorias sobre la corte de Luis XIV merecidamente celebradas, o los opíparos diarios de Samuel Pepys, que a pesar de ser hijo de un modesto sastre londinense, su parentesco con sir Edward Montagu, futuro lord Sandwich, le permitió desarrollar una carrera de funcionario que culminó como secretario del Almirantazgo, miembro del Parlamento y presidente de la Royal Society. Durante diez años cebó un diario íntimo en el que además de mostrar algunas de sus demasiado humanas flaquezas pinta un gran retrato de la Inglaterra del XVII. El 26 de octubre de 1664, anota: A Wooolwich; estuve junto al Rey y el Duque, mientras la nave era botada, acción que se efectuó con éxito. Al Rey le agradó mucho el barco, del cual dijo que tenía la mejor proa del mundo. Pero, Señor, ¡qué lastimosa charla la de los cortesanos que le rodeaban! Irreverente, desordenada, ruidosa. Luego llegó la Reina con sus damas de honor; Mrs. Bynton y la Duquesa de Buckingham venían mareadas de su viaje en barca (el río estaba muy agitado) Terminada la botadura, el Rey y su comitiva se dirigieron al embarcadero. Anoche, la ciudad, espontáneamente, prestó al Rey cien mil libras sin otra garantía que su palabra de honor: un gesto muy noble Es dudoso que los comentarios de Campbell, ex periodista del diario sensacionalista de izquierdas Daily Mirror pase al anaquel de los grandes relatos de las intimidades políticas, aunque ahora la presa se haga eco de revelaciones como que desaconsejara a Blair que acudiera a la boda de la hija de José María Aznar, el entonces presidente del Gobierno español, que a su juicio se comportaba como si fuera de la familia real o confidencias sobre el ataque a Irak: Aznar estaba tan decidido como Blair a invadir Irak a pesar de que tan sólo un 4 por ciento de los españoles compartía su visión, el mismo porcentaje- -según ironizó amistosamente el premier británico- -de quienes piensan que Elvis Presley sigue entre nosotros. Ni Campbell, ni Valenzuela, ni Fleischer van tan lejos como Saint- Simon a la hora de hablar de su rey. El duque no emboza la pluma para limarle defectos a Luis XIV: desde su vanidad a la corta inteligencia, tan lujurioso como fácil de engañar, egoísta y dado a lo mezquino con su familia. Pero tampoco le escatima las virtudes: dotado de tan buena memoria como de bondad, es ordenado y cuando ora su piedad parece de buena ley. En cuanto al cuerpo del Rey Sol, Saint- Simon ve cualidades físicas dignas de encomio. Los extractos de los diarios de Campbell han hecho evocar a algunos los de John Colville, quien fuera secretario privado de Winston Churchill entre 1939 y 1955. A diferencia de plumillas atizados por la urgencia política, como Campbell, Fleischer y Valenzuela, la lealtad entendida a la antigua manera le llevó a Colville a esperar décadas- -y a que los huesos de su patrón quedarán reducidos a polvo- -para someter al escrutinio público parte de sus diarios. Alastair Campbell (de pie) junto Tony Blair tras la cita de las Azores con Bush y Aznar, en marzo de 2003 AP