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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE El nuevo ministro de Sanidad, en la Facultad de Medicina de Córdoba el pasado año ROLDÁN SERRANO BERNAT SORIA Y SU ÍNDICE H Científico perseguido, investigador de primera línea internacional, pionero de la clonación terapéutica... La imagen pública del nuevo ministro de Sanidad se aleja mucho de la realidad uando Rodríguez Zapatero anunció el nombramiento del nuevo ministro era plenamente consciente de la proyección pública de Bernat Soria, forjada al calor de la polémica sobre las células embrionarias. Para la izquierda, Soria es el abanderado de la libertad de investigación, el campeón nacional de la medicina regenerativa, el científico perseguido por el PP por anteponer la razón a la fe. En los sectores más conservadores la percepción es bien distinta: su trabajo atenta contra la vida y es el impulsor de la ley que permite la clonación terapéutica. Ese perfil controvertido no es casual porque su irrupción pública se gesta con una sonora polémica. En el verano de 2001, Bernat Soria anunció que quería experimentar con células madre de embriones humanos. La respuesta de la entonces ministra de Sanidad, Celia Villalobos, fue contundente: la ley lo prohíbe y de hacerlo el Ministerio abriría un expediente sancionador. Finalmente, Bernat Soria no acometió su experimento en España y no hubo sanción. Surgió entonces la etiqueta de científico perseguido por el C ALBERTO AGUIRRE DE CÁRCER PP aunque en realidad siguió recibiendo fondos de la Administración central y llegó a ser recibido en 2002, en el despacho que ahora ocupa, por la sustituta de Villalobos, la ministra Ana Pastor. Aquel fue su primer contacto con el poder político. Los portavoces socialistas en política científica, Alfredo Pérez Rubalcaba y Jaime Lissavetzky, no dejaron pasar la oportunidad: metieron el caso Soria en la agenda política y lo mantuvieron caliente hasta la campaña de las generales de 2004, cuando fue uno de los grandes temas de confrontación. Fue en ese periodo cuando surge el idilio entre el PSOE de Zapatero y Soria. Hasta la aparición de su primera polémica en 2001, Soria atesoraba como catedrático de Fisiología de la Universidad Miguel Hernández una labor interesante en el campo de la diabetes. Por su especialidad, su trabajo se centraba en fenómenos fisiológicos de las células pancreáticas productoras de insulina, como la permeabilidad al calcio, efectos farmacológicos de algunos compuestos o el estudio de receptores moleculares de esas células. Pero su línea de investigación da un giro en 1998 cuando en EE. UU. se logran aislar células madre de embriones humanos. Este avance es recibido con enorme excitación. Y es que suscita la posibilidad de revolucionar el tratamiento de muchas enfermedades incurables, como la diabetes. Estas células tienen la posibilidad de diferenciarse en las propias de los tejidos adultos y Soria, como otros muchos, empieza a explorar la posibilidad de crear en laboratorio células productoras de insulina. Así fue como en el año 2000 publicó en la revista Diabetes su trabajo de mayor impacto. Soria introdujo en células madre embrionarias de ratón parte del gen que codifica la insulina. Cuando se implantaron en el bazo de ratones con diabetes inducida, los síntomas de la enfermedad remitían al menos durante cuatro meses. Ese era el experimento que Soria quería hacer con células embrionarias humanas y que Villalobos prohibió al estar vetado por la ley. Sólo precisaba la autorización porque contaba con el dinero. La Juvenile Diabetes Research Foundation, una poderosa organización sustentada por los diabéticos de EE. UU. le había otorga- do una subvención astronómica: 620.000 dólares. Aunque los medios de comunicación repetían que Soria había curado la diabetes en ratones el éxito no era tan rotundo. Sólo un porcentaje de células embrionarias llegaban a producir insulina y el efecto remitía con el tiempo en algunos animales. Nunca se ha sabido con certeza cómo acabaron esos ratones. En 2003, Douglas Melton, de Harvard, echó en Science un jarro de agua fría: las células cultivadas por Soria y otros equipos absorben insulina del medio. En realidad, no habían sufrido una diferenciación que activara la síntesis de insulina. Hoy, siete años después de que empezó a diseñar terapias contra la diabetes con células embrionarias, no hay indicios de que esos tratamientos estén cerca de la clínica humana. De hecho, gran parte de su producción posterior son artículos de revisión sobre el potencial de esas células, sin nuevas aportaciones significativas. Tampoco en clonación terapéutica. Viajó a la Universidad de Singapur para trabajar en ese área, prohibida hasta el pasado mes en España, aunque no ha publicado nada en tal campo. Curiosamente tiene estudios con células madre adultas: monocitos de sangre periférica con potencial para diferenciarse en hepatocitos y células productoras de insulina. Apoyo ya no le falta. Desde 2006 dirigía el Centro Andaluz de Biología y Medicina Regenerativa (Cabimer) creado a su medida en Sevilla por Manuel Chaves. Para sorpresa de la comunidad científica, una de sus principales iniciativas fue el fichaje como asesor de José Cibelli, veterinario argentino que es coautor del primer trabajo fraudulento sobre clonación terapéutica, publicado en Science en 2004. Aún no se sabe qué vínculo mantendrá Soria con el Cabimer, todo un lujo para un investigador con impacto limitado en la comunidad científica. Para juzgar la calidad de un científico se usan varios sistemas que miden el número de citas de los estudios publicados. Recientemente se recurre al índice h que da idea de la aceptación del trabajo de un científico. Si un investigador tiene un índice h de valor 20 significa que 20 de sus estudios han sido citados al menos 20 veces o más cada uno. El índice h de Soria es actualmente de 28. No es mala cifra, aunque la mayoría de los investigadores biomédicos que trabajan en España están por encima de 30 y muchos superan el valor 40 e incluso el 50. Quizá Zapatero no sabía su índice h al presentarlo como uno de los mejores investigadores biomédicos españoles, pero probablemente eso le importa poco.