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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Zapatero, sentado ante una librería cuidadosamente cerrada con llave POVEDANO Sarko- ZP POR ALBERTO SOTILLO No tan diferentes La pose oficial de ambos mandatarios tiene un mismo escenario: libros que nadie ha leído, banderas con las que medir su estatura y un forzado envaramiento a años luz del menor atisbo de espontaneidad Sarkozy, firme ante unos libracos que nadie ha tocado desde hace años ro y acero, muy poco noble, aunque cómoda sí parece. Da la impresión de que Sarkozy, que apenas puede contener su hiperactividad, va a salir pitando en cuanto oiga el clic de la cámara. De ahí también ese forzado envaramiento, que tan mal le sienta al hombre. En cambio, sin duda, tras el clic, Zapatero seguirá tan cómodamente sentado, instalado en esa perenne sonrisa de solícito dependiente de tienda de retales, sonrisa oficial que le acompañará mucho después de concluida la sesión. Es como si cuando el fotografo pronunció aquello de sonría, por favor a Sarkozy se le hubiese torcido el gesto con la impaciencia de salir corriendo. No fue posible la mueca. La de nuestro presidente, en cambio, se perfiló con celeridad automática. Probablemente, el fotógrafo no tuvo necesidad de decir ni patata. Aunque, con tanto automatismo, la sonrisa le saliese de rigor mortis. El presidente francés viste traje gris antracita, el severo color de un reformista que promete cambios difíciles. ZP despliega en su atuendo una amplia gama AP ira por dónde en algo sí se parecen Sarkozy y Zapatero. Ambos comparten la misma pose y el mismo horroroso decorado para una pose oficial más tiesa que la pata de una momia. Encarnan la imagen aséptica del poder, ante la que a uno le entra una irrefrenable vocación anarquista. Ambos posan sobre un fondo de libros forrados en piel. No se les puede leer el título, pero tampoco hace falta porque se ve a la legua que los mandatarios ni los han abierto ni les han rozado el forro. Estos rígidos libracos son como aquel telón de fondo con un lago centroeuropeo ante el que posaban los novios de antaño. Dicen los semiólogos que posar ante una biblioteca sugiere que el mandatario se sitúa en la órbita de la perdurabilidad que confieren los libros. Lo cual estaría muy bien si esos volúmenes, en vez de alinearse disciplinadamente, apareciesen raídos y sobados, como lo están los libros leídos. La biblioteca de Sarkozy es la del Elíseo: cada volumen pesa varios kilos y M sus tapas aparecen ennoblecidas con filetes y letras de oro. Un volumen destaca sobre los demás a la derecha de la testa del presidente, como figurando el aura del personaje. La biblioteca de Zapatero es más de andar por casa, libritos aseados, delgados, manejables y bien guardados en estantería cerrada bajo llave, no vaya a ser que tenga la tentación de echar mano de ellos. Posan los mandatarios ante las banderas nacional y europea. Llama la atención que las de Sarkozy sean más altas que el personaje. Y no porque éste sea bajito, sino porque deliberadamente se quiere dar a entender que el genio de la nación y del continente están por encima de su abnegado servidor. El presidente francés posa de pie, tenso como si se alzara sobre las puntas de los pies, como dicen que hacía James Cagney, con los hombros levemente estirados hacia atrás, en posición de firmes aunque su forzada marcialidad sea más de recluta de reemplazo que de belicoso marine. Zapatero, en cambio, sonríe tan ricamente sentado sobre una butaca de cue- Al principio el ritual del mando provoca un cierto sonrojo, pero, con los años, engancha. Estas pequeñas liturgias ayudan a iniciarse en el narcisismo del poder de azules celestiales, que se conjugan con el firmamento estrellado de la enseña europea y combinan con la automática sonrisa zapatera. Nuestro presidente ni estira los hombros, ni pega los codos a los riñones como el francés. Su envaramiento reposa en posición de descanso. Sarkozy, por último, luce en la solapa la rosette la insignia roja de la Legión de Honor. Zapatero, no. En España no hay afición a la condecoración. Pero lo que de verdad une a ambos mandatarios es ese común envaramiento que denuncia su desinterés de fondo por este absurdo posado. El poder es una liturgia que, como la ceremonia nupcial, exige el requisito de la foto del novio tras la solemne investidura. Al principio, el ritual del poder provoca un cierto sonrojo en el personaje, pero, con los años, engancha. Es como la tele para el famoseo. Estas pequeñas liturgias ayudan al ungido a iniciarse en ese narcisismo del poder, que tanto embriaga, que termina siendo como una droga furiosa. Es como ese momento en el que el juerguista Hal se convierte en Enrique V en la obra de Shakespeare. A Hal le gustaba vivir de taberna en taberna. Pero el manto púrpura convierte al crápula en Monarca. Este posado oficial es como esa púrpura, pero en versión laica, hortera y contemporánea.