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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE El 1 de julio de 1997 se arriaba la Union Jack británica y, en su lugar, se izaba la enseña roja con cinco estrellas amarillas de la bandera china Hong Kong POR PABLO M. DÍEZ ENVIADO ESPECIAL A HONG KONG. FOTOS: REUTERS AP Democracia agridulce En el décimo aniversario de su devolución a China, la antigua colonia británica conserva la libertad económica y social, pero en política aún tiene la asignatura pendiente del sufragio universal omingo por la tarde en Hong Kong. Sentadas sobre papeles de periódico, decenas de miles de indonesias y filipinas ocupan el Parque Victoria y las estrechas calles del distrito comercial. Son las criadas de las familias ricas que abundan en esta pujante ciudad, que aprovechan su único día libre para reunirse con las amigas en torno a unos picnics urbanos a la sombra de los rascacielos que se levantan sobre la isla. Charlando animadamente en la vía peatonal Chater Road, apuran el arroz con pollo que rebosa de sus tarteras bajo los escaparates de las tiendas de Armani, Bulgari, Tiffany y Louis Vuitton que pueblan sus inmensas galerías comerciales. Con sus laberínticos pasillos D de mármol y sus interminables escaleras mecánicas, estas auténticas catedrales del consumismo, conectadas por pasos elevados que sortean serpenteantes autopistas de varios niveles y permiten recorrer la ciudad sin poner un pie en la acera, son casi tan numerosas como las casas de apuestas del Hong Kong Jockey Club. En cada una de sus sucursales, los parroquianos se amontonan ante las pantallas de televisión que ofrecen las carreras de caballos en el hipódromo de Happy Valley y hacen cola en las ventani- La ex colonia británica ha remontado el vuelo tras ser golpeada por la crisis financiera asiática, la gripe aviar, el SARS y algún que otro intento de recorte de sus libertades llas para sellar sus boletos tras consultar los periódicos deportivos que llevan bajo el brazo. En el distrito de Wan Chai, jovencísimas prostitutas tailandesas llenan los bares para turistas mientras las madames de los clubs de strip- tease queman incienso y ofrecen fruta a las pequeñas imágenes de divinidades budistas que adornan la entrada a sus locales. Estoy rezando para que no me falten los clientes dice una de ellas. Por si falla la espiritualidad, un puñado de despampanantes bellezas orientales con minifalda, top ajustado y botas hasta la rodilla captan al público abrazando a los viandantes. Pocos imaginaban que dicha estampa, tan típica de Hong Kong, se iba a seguir viendo en este décimo aniversario de la devolución de la isla a China por el Reino Unido tras 156 años de dominación colonial. Durante la madrugada del 30 de junio al 1 de julio, y en una pomposa ceremonia presidida por el Príncipe Carlos y el presidente chino, Jiang Zemin, la bandera de la Union Jack fue arriada de la isla y en su lugar se izó la enseña roja con cinco estrellas amarillas. Como consecuencia, esta vibrante ciudad de 6,9 millones de habitantes, uno de los centros financieros y comerciales de Asia, pasó a estar bajo el control del régimen comunista de Pekín, lo que despertaba en Occidente tantos miedos que muchos de sus empresarios y habitantes optaron por marcharse antes de que el buque real Britannia se llevara a los británicos para siempre. Pero Deng Xiaoping, quien había dirigido la República Popular China hasta su fallecimiento meses antes de la entrega, hizo un nuevo alarde de pragmatismo al negociar en 1984 la devolución de Hong Kong con la entonces primer ministra británica, Margaret Thatcher. Para tranquilizar a Londres y a la población local, Deng se sacó de la manga la famosa fórmula de un país, dos sistemas que permitiría durante al menos 50 años la vigencia del modelo capitalista y algunas de sus costumbres, como las carreras de caballos o las discotecas (Pasa a la página siguiente)