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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE Venecia Y el Orient Express TEXTO Y FOTOS: MANENA MUNAR Una de las más románticas rutas del mítico ferrocarril es la que cubre la ruta Viena- Praga- Venecia. Una fórmula de lujo para conocer la ciudad de los canales, la más bella, onírica y sensual del mundo quella inolvidable Muerte en Venecia se convierte en vida nada más traspasar el umbral del Cipriani perla de los hoteles del Orient Express Hoteles, Trenes y Crucero Enclavado en los jardines de la Isla Giudecca, antiguo jardín de las delicias y con la Plaza de San Marcos al otro lado del canal, el establecimiento es un fastuoso canto a la armonía. Gustav von Aschenbach contempla el Campanile. De su mirada se desprende una mezcla de nostalgia por la belleza inalcanzable y efímera. La muerte se pasea por Venecia en la novela de Thomas Mann, pero la ciudad sobrevive y la milagrosa aglomeración urbana que emergió sobre las aguas de la laguna Véneta sigue flotando en el mar Adriático entre las desembocaduras de los ríos Po y Piave. Unos dicen que se levantó de la nada, otros mantienen que sus ciento veinte islas sirvieron al pueblo véneto de refugio contra las invasiones de los longobardos cuyos barcos encallaban en sus lagunas de escaso fondo. Venecia supo aprovechar con sutil inteligencia su privilegiada situación entre Oriente y Occidente. Los venecianos se aliaron con los francos contra los longobardos, con el imperio bizantino contra los normandos, y mantuvieron una tolerante actitud con el mundo del islam. El resultado de esa diplomacia plural y de su capacidad para sobrevivir en las más adversas circunstancias permanece impreso en sus muros y en su amor por la vida. Pocas ciudades emanan tanta sensualidad o provocan tan profunda fascinación en quienes la visitan. Las nieblas matinales y vespertinas, la luz dorada del día, la majestuo- A sidad de su arquitectura bañada en agua, han hecho que Venecia sea venerada en todas las formas posibles del arte. Una atracción mutua desde 1893, fecha desde la que la ciudad comparte su esplendor con el mundo del arte en la Bienal de Venecia El veneciano Tintoretto plasmó en el lienzo su luz única, y Canaletto la pintó con precisión cartográfica. El Gran Balthus -así se llamaba al pintor polaco Baltasar Klossowsky- -encontró en Venecia el escenario idílico para el despliegue de una iconografía marcada por el erotismo y por esa explícita perversión que se respira en este aire y alcanza su punto álgido en el carnaval. Sombras agazapadas en capas oscuras pululan en las góndolas que se deslizan entre canales. Llegan a la Plaza de San Marcos, donde la Basílica, el Campanille y el Palacio Ducal los acogen para unirse enseguida a la comunión de los sentidos de un carnaval que, desde su nacimiento en el siglo XI, ha seguido fiel a su tradición y se ha convertido en uno de los principales eventos de la ciudad. La nobleza lo inventó para mezclarse con el pueblo. Una celebración que ya en el siglo XIII atraía a viajeros y aristócratas de toda Europa. Durante diez días los hombres caminan camuflados tras la careta blanca y bajo el sombrero de tres puntas. Y las féminas van envueltas en trajes que espolean la fantasía en este seductor escena- Fiesta de carnaval Un balcón que parece especialmente concebido para que Von Aschenbach, protagonista de Muerte en Venecia contemple el Campanille Hay una leve perversión en el aire que se respira en Venecia. Una pervesión estética, como no puede ser menos en la ciudad en la que trabajaron Tiziano y el Tintoretto rio, en el que tan a menudo se escuchan los acordes del veneciano Vivaldi, ¿Cómo escribir sobre Venecia sin mencionar a Giacomo Casanova? Y ¿cómo mencionar a Casanova sin hablar de los jardines de la isla Giudecca y el Cipriani? Lo que, allá por el año 1750, fue el jardín de las delicias donde el afamado seductor tenía sus citas clandestinas, hoy, gracias a la iniciativa de su fundador Giuseppe Cipriani, es uno de los enclaves más bellos de Venecia. En 1956, el comendador Cipriani dueño del clásico veneciano Harry s bar maduró el proyecto de levantar un hotel con vistas a la plaza de San Marcos, pero con la distancia necesaria para asegurar paz e intimidad. Y lo consiguió; desde el restaurante Cip s club, al amparo del Palazzo Vendramin, se ve cómo los tonos lánguidos del atardecer se posan suavemente sobre San Marcos, al otro lado del canal. Las luces del palacio ducal, junto a las de la gran plaza de la ciu (Pasa a la página siguiente)