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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE A. Machado Conciencia ecologista de un poeta Antes de que el respeto al medio ambiente fuese cuestión de supervivencia, el autor de Campos de Castilla ya era un ecologista para quien el destino del hombre va unido al del paisaje POR ALBERTO SOTILLO a pasión que Antonio Machado sentía por las tierras de Soria va más allá del asombro ante ese paisaje agrio y guerrero. Tampoco es el arrobo casi místico de otros poetas del 98. Nace más bien de la conciencia de que el hombre, el paisaje y su entorno comparten un mismo destino. Es una conciencia genuinamente ecologista, expresada mucho antes de que ese término existiese. Los movimientos de defensa del medio ambiente aún no habían llegado, pero el poeta ya alzaba su voz con una militancia tan francamente ecologista que increpa y denuncia la deforestación, el salvaje expolio del entorno, la tala sin tasa ni razón, el saqueo de montes y pinares. Dice, por ejemplo, en el poema En tierras de España: El hombre de estos campos que incendia los pinares y su despojo aguarda como botín de guerra antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra... Esa labor depredadora de la naturaleza, ese botín de guerra para hoy sin el menor cuidado del mañana, esa falta de conciencia ecológica es el origen de la miseria de las tierras y de quienes las habitan. El poeta, como versado militante medioambientalista, incluso diagnostica que la deforestación es causa de riadas y posterior desertización: Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra por los sagrados ríos hacia los anchos mares; y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra... Como se ve, deforestación, incendios criminales y su secuela de catástrofes naturales no son fenómenos exclusivos de nuestro L presente. Los escritores del 98 eran todos muy dados a dolerse de la pertinaz sequía española y de sus paisajes desolados. Lo que diferencia a Machado de, por ejemplo, la visión ingeniera de Joaquín Costa y otros apóstoles regeneracionistas es su conciencia de que el entorno no es un mero objeto manipulable, sino que hombre y naturaleza viven indisolublemente unidos y comparten un mismo futuro. Una conciencia ecológica que tan radicalmente le distancia de su pasado modernista como de sus contemporáneos regeneracionistas. Esa perfecta comunión del hombre con su entorno es quizás el rasgo más personal del autor de Campos de Castilla. Lo que le diferencia tan drásticamente de sus contemporáneos y predecesores. Cada piedra, cada árbol están íntimamente ligados a la biografía del poeta. El olmo viejo, hendido por el rayo al que con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido y junto al que espera otro milagro de primavera O los álamos del camino en la ribera álamos de las márgenes del Duero a los que invoca: Conmigo vais, mi corazón os lleva... Esa interdependencia del hombre y el medio natural es la que pone una nota tan original a sus Campos de Castilla. El paisaje no es una proyección subjetiva romántica, ni un incentivo para modernos ingenieros, sino parte del destino de los hombres. El mismo impulso que le conduce a expresar sus pasiones en una contenida descripción de la sierra le lleva también a increpar a los que queman pinares, a esa bárbara gente que expolia el entorno sin conciencia del daño que se causa a sí misma: Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, que bajo el pardo sayo esconde un alma fea Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta -no fue por estos campos el bíblico jardín- son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín... En su momento estos versos no contaron precisamente con el aprecio de las fuerzas vivas de Soria. Pero la pasión de sus denuestos es la misma de sus encendidos arrobos. El mismo amor. Sólo que la suya es una pasión militante, que no puede evitar incluir en la estirpe de Caín a quienes expolian lo que hoy, con términos mucho más prosaicos, denominamos medio ambiente El caso de Machado no es el único. La conciencia de que el destino del hombre va ligado al de su entorno aparece en muchos otros autores, que también fueron militantemente ecologistas mucho antes de que esta disciplina existiese. Pueden servir como ejemplo las alegorías de Gonzalo de Berceo. O, con mucha más claridad, la obra de Antón El poeta denuncia la deforestación, el salvaje expolio del entorno, la tala sin tasa o el saqueo de montes y pinares por hombres ignorantes y de la maldita estirpe de Caín Pávlovich Chéjov, para quien no hay parábola más desolada de la decadencia de una familia venida a menos que la venta de un bello huerto para convertirlo en urbanización de chalés con su parcelita (el drama es de 1904) Y por supuesto, Tolkien y su trilogía del Señor de los Anillos un alegato que parece concebido por un militante de Greenpeace. El catálogo, por supuesto, es ampliable. No hay que ser un erudito para detectar la militancia ecologista de muchos de nuestros clásicos. Tal vez en estos tiempos el respeto al medio ambiente sea una cuestión de supervivencia. Pero para los clásicos de militancia ecologista era una cuestión de estilo. Una forma de entender el mundo en la que, con la certeza total de que las montañas le oían, Machado hablaba con el Guadarrama: ¿Eres tu, Guadarrama, viejo amigo, la sierra gris y blanca, la sierra de mis tardes madrileñas... que yo veía en el azul pintada?