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10 6 07 VIAJES El merchandising del rey loco Unos meses después de la muerte de Luis II, ya habían visitado sus castillos decenas de miles de turistas. Su personalidad peculiar ha alimentado desde entonces la curiosidad de los viajeros e historiadores, y también la poderosa industria del merchandising turístico. En este rincón de Baviera, su figura sirve como reclamo infalible. Neuschwanstein se ha convertido en el icono de un castillo romántico. Alrededor, montañas y una decena de lagos Castillos de Baviera Luis II sólo quería gobernar en el reino de los sueños Verlaine dijo que era el único verdadero rey del siglo. Amaba la música, la noche... y los castillos, una pasión que le llevó a la ruina. La visita a sus refugios retrata a un gobernante que prefería la poesía al poder TEXTO Y FOTOS: JUAN FRANCISCO ALONSO l caballo preferido de Luis II de Baviera (1845- 1886) se llamaba Cosa rara escrito y pronunciado así, en castellano. Le dejaba la comida en la mesa del jardín, mientras el resto rumiaba en los establos, o al menos esa estampa se recrea en los retratos que cuelgan de las paredes de sus castillos. Está por ejemplo en el palacio de verano de Nymphenburg, hoy en Múnich, donde nació. Al primer hijo del Rey Maximiliano II de Baviera y E de la princesa María de Prusia le gustaban los caballos, sin duda, y también las cosas raras Dicen que le asustaba la gente, que dormía de día y vivía de noche, que prefería una ópera de Wagner a cualquier reunión con sus ministros. Quizá por todo ello, entre otras razones, le mataran, en una de esas historias de final rebozado con bruma, como el título de una novela barata: Misterio en el lago de Starnberg En realidad, la vida corta de Luis II es un relato de intriga, aunque para la historia haya quedado su excéntrico afán de construir castillos, su homosexualidad Bailaba junto al fuego Maldoror un vals con Luis II de Baviera escribió Luis Eduardo Aute) y su muerte en el lago. Hallaron su cadáver, ahogado, junto al de su médico un día de junio, cerca de Múnich pero lejos de las faldas de los Alpes, en la frontera austriaca, esa franja verde y vertical de la que nunca quería salir. Para el Rey joven, que había heredado el trono con dieciocho años, Múnich era la oficina, un nido de conspiradores, el alboroto, esas miradas de sus súbditos que tanto le molestaban. Hoy, en la Residenz, el palacio oficial de la familia, los turistas hablan sin parar del soberano enamorado de sus refugios en las montañas. Él nunca lo hubiera permitido,