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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE policía, es decir, que se había caído por las escaleras porque estaba borracho como una cuba Nada más conocer la noticia de la muerte de Pyjas me acerqué a la entrada del edificio en el que se había cometido el crimen. ¡Porque había sido un crimen! Hoy todos saben que fue un asesinato, cometido contra uno de los principales organizadores de la oposición en Cracovia. Pero entonces, como era de esperar, el régimen- -o la persona que tomó la decisión en el régimen- -no quiso admitirlo. Permanecí allí algunas horas. ¡Nunca se me perdonó por eso! En el trayecto de vuelta hasta la calle Franciszanska, los servicios de seguridad me siguieron y controlaron. En el arzobispado, además de Wojtyla, se encontraba el primado, porque al día siguiente, fiesta de San Estanislao, se iba a hacer una procesión en honor al santo. Les conté lo ocurrido y los dos se quedaron profundamente impresionados. No se esperaban que se pudiese llegar a asesinar a una persona sólo porque pertenecía a la oposición y, por lo tanto, era incómoda. Explotó la indignación colectiva. Los estudiantes decretaron tres días de luto, organizaron una misa de réquiem y por la noche acudieron en cortejo a la casa de Stanislaw. La tensión estaba por las nubes. Algunos se temían, incluso, que estallase una guerra civil; los temores se intensificaron cuando Cracovia se vio invadida por destacamentos militares, hechos llegar allí desde toda Polonia. Por suerte, Wyszynski y Wojtyla, aunque dijeron la verdad no exacerbaron más los ánimos y consiguieron evitar lo peor, impedir que se llegase a un enfrentamiento físico, al derramamiento de sangre. El primado habló en tono firme, apoyando a los jóvenes y, al mismo tiempo, condenando aquel acto criminal, pero también los puso en guardia contra el recurso de la fuerza. Wojtyla, en la primera ocasión solemne, frente a millares de jóvenes, reclamó con insistencia que las autoridades respetasen los derechos humanos. Para el arzobispo de Cracovia, la lucha debía ser llevada a cabo de forma pacífica, con sabiduría, como hizo Gandhi. Apoyándose, ante todo, en la razón, debían buscarse los argumentos oportunos, señalando con el índice los errores cometidos por el sistema para evitar que se ignoraran- -peor aún, que se pisotearan- -los derechos del hombre, el derecho a la libertad. Y no pensar, en cambio, que todo se iba a resolver provocando desórdenes o incluso insurrecciones... Mientras hablaba, un avión apareció en el aire, con la evidente intención de perturbar el encuentro. Wojtyla le dirigió un irónico saludo al huésped no desea- do y luego arremetió contra la prensa, por la forma en que falseaba la realidad. El cardenal resultó ser un profeta, porque al día siguiente sus afirmaciones fueron totalmente ignoradas por los periódicos. Pero todo esto, sin embargo, no sirvió para nada. Prisionero de sus propios mecanismos ideológicos y bloqueado por un inmovilismo absoluto, el régimen no se dio cuenta de la amenaza que pendía sobre su cabeza. Y reaccionó con los métodos de siempre: la represión, la calumnia y las tijeras de la censura. El mismo tipo de censura que llevaba años en vigor. Muy severa, muy rígida, pero también, en algunos aspectos, muy ridícula, de una mojigatería absurda. No se censuraban sólo los contenidos, sino hasta cada término en concreto. Por ejemplo, la palabra nación no estaba permitida. Por no hablar de cualquier tipo Wojtila se había opuesto al marxismo no frontalmente, sino desinflándolo desde el interior, es decir, contrastándolo con la realidad misma del hombre, con la verdad La lucha debía ser llevada a cabo de forma pacífica, con sabiduría, como hizo Gandhi. Apoyándose ante todo en la razón, debían buscarse los argumentos oportunos de crítica al sistema comunista, o de cualquier valoración positiva acerca de la actuación de la Iglesia. Nada pasaba la censura, nada. Las batallas para que los textos de la Sede Apostólica, así como los documentos, pudiesen ser publicados de forma íntegra eran interminables. Hubo intentos, incluso, de censurar los escritos del Pontífice. Ésta era la Polonia que detentaba el poder, una Polonia totalmente minoritaria, que había perdido del todo el favor de los jóvenes, que ya habían abandonado el comunismo pues habían descubierto su naturaleza irremediablemente autoritaria, opresora. Y luego estaba la otra Polonia, la que se identificaba con la mayoría de la población. La Polonia de las Universidades volantes que ofrecían una enseñanza alternativa a la estatal, completamente manipulada Y de esta nueva Polonia habló abiertamente el cardenal Wojtyla, en junio de 1978, en el santuario de Kalwaria Zebrzydowska: Está naciendo algo completamente nuevo, yo diría que la búsqueda espontánea y apasionada del testigo fiel Jesús es este testigo A Él se dirigen, sobre todo, los jóvenes actuales, porque perciben, correctamente, que esta lucha por la presencia o la ausencia de Dios en la vida del hombre, en la vida de todo el pueblo y de toda la nación, exige un encuentro particular con Cristo