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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Barajas. El 5 de junio, a las tres de la mañana, ETA reventó lo que no había logrado destruir el 30 de diciembre con la bomba en el parking del aeropuerto: la última nube del pensamiento mágico de un presidente agarrado al adanismo iluminista de su propio optimismo histórico. Con el farragoso y delirante escrito que anunciaba la vuelta a los atentados, los terroristas le compraban unos rudos pantalones largos a la conciencia del Peter Pan de la Moncloa. Con la anhelada sostenida en la respiración artificial de su terco espejismo autoconfiado, se volatilizaron de golpe las últimas posibilidades de sacar algo en claro de este mandato que Zapatero empezó poseído de una euforia rayana en el narcisismo. Se acabó. Finito. Sin posibilidades de camuflar el revés ni de restar importancia al fracaso. Todo quedó de golpe en evidencia: el empeño en avanzar solo hacia un proceso que hacía aguas, las concesiones penales a los batasunos, la humillación del fiscal del Estado y algunos ministros, los gestos verbales hacia el mundo etarra, la debilidad y los oídos sordos a los indicios de rearme terrorista, las negociaciones bajo cuerda incluso en plena vigencia del Pacto por las Libertades, la ruptura del consenso nacional, y finalmente la vergonzosa continuidad de los contactos más allá del atentado mortal de la T- 4. Más la semilibertad del asesino De Juana, que indignaba con su prepotencia victoriosa la sensibilidad de los electores y tiraba en cada paseo un saco de votos socialistas por el sumidero. Todo ello se quedó de golpe sin sentido, si es que alguna vez lo tuvo: ni había servido para ganar las elecciones, ni para llegar al final de la legislatura sin más atentados, sin muertos ni ataques. La gran apuesta del hombre de la Moncloa, el órdago de osadía con que proyectaba pasar a la Historia como el pacificador de nuestro mayor drama moderno, se deshizo con triste sordidez entre las palabras en euskera colgadas en la web de una publicación filoterrorista. El pensamiento mágico del presidente, el célebre pensamiento Alicia con que lo definió el filósofo Gustavo Bueno, quedó desnudo ante la terquedad de los acontecimientos. Ya ni siquiera podía apelar a la doctrina Humpty Dumpty aquella por la que las palabras significan lo que el que manda quiere que signifiquen. Había entregado a ETA la iniciativa, y ETA se la devolvía hecha pedazos a sabiendas de que lo colocaba contra las cuerdas de (Pasa a la página siguiente) Finito AP El ángulo circunflejo de sus cejas dibuja más que nunca un semblante de desconcertada amargura, y la magnética sonrisa que alumbraba la fachada de sus mejores días se ha trocado en un rictus apretado de rabia poner el crédito perdido con los tropiezos sucesivos y clamorosos de su cuestionadísima política antiterrorista. Sufrió un descalabro abismal, rotundo, demoledor en Madrid, donde había apostado en solitario por un candidato imposible, y tuvo que ver cómo la silueta paseante de De Juana Chaos aplastaba su inalterable discurso sobre el urbanismo sostenible, la calidad de vida o las reformas sociales. De pronto comprobó con estupor reticente que el mantra de la su asidero recurrente, su vagoroso talismán dialéctico, dejaba de funcionar ante la irritación de una sociedad crispada por la crecida filoterrorista y ampliamente movilizada alrededor de una oposición que, pese a la durísima estrategia de aislamiento a que ha sido sometida, ha sabido reencontrar el camino olvidado del éxito. Zapatero quedó preso del shock, hasta el punto de que apenas salió a digerir en público la derrota. No lo hizo la noche de las elecciones, ni al día siguiente, ni en los otros, salvo una breve declaración sesgada en medio de otras actividades públicas. Se agarró a las visitas de mandatarios ex- tranjeros- Sarkozy, Condoleezza Rice- para aparecer como un gobernante implicado en los mecanismos de la alta política internacional. Pero las bases localistas y los cuadros del partido reclamaban una explicación, una arenga que les galvanizase minimizando la derrota, mientras en el PP se desataba una euforia sólo trastocada por las disputas internas de los vencedores Aguirre y Gallardón. Sí, pero ellos disputan a ver quién nos ha metido más goles comentaba desconsolado un diputado andaluz, y nosotros ni siquiera hemos sabido decirle a la gente dónde hemos ganado Agazapado en Moncloa, el presidente esperaba. Tenía la atención puesta en otra parte, en los teléfonos que transmitían la información de los contactos a la desesperada con ETA para evitar que diese por terminada la frágil tregua que mantenía desde marzo de 2006. La información fue pesimista: los terroristas cancelaban sus compromisos. A duras penas habían aceptado esperar a las municipales, a cambio de la presencia de listas mal camufladas en numerosos ayuntamientos vascos. Los duros se imponían, y el últi- mo sueño presidencial se venía abajo en plena madrugada. La mañana del 5 de marzo fue muy dura en Moncloa. Los colaboradores del cinturón pretoriano del presidente, despertados a horas intempestivas, tuvieron que enfrentarse a su lado menos amable. Y sólo había comenzado a llover lo que se preveía como un torrencial diluvio. El último clavo del que colgaban en precario los restos de la legislatura se desprendió ante el seco martillazo propinado por la banda terrorista. Golpe de gracia de ETA Lo que ETA canceló esa madrugada no sólo fue un alto el fuego que ya no existía de hecho. Que nunca existió, triturado desde el principio por la violencia callejera, la extorsión a empresarios, el robo y aprovisionamiento de armas y explosivos, los comunicados amenazantes y chulescos y, finalmente, la traca siniestra de la T- 4 de Los suyos le han seguido en la aventura del diálogo con ETA como la tripulación del Pequod perseguía a Moby Dick: atribulados ante un capitán que va directo al desastre