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10 6 07 EN PORTADA Zapatero El hundimiento POR IGNACIO CAMACHO Todo en ti fue naufragio Pablo Neruda P or el bulevar de los sueños rotos que cantaba Sabina pasea estos días el fantasma destemplado de un fracaso. No va envuelto en sábanas blancas, sino en un moderno traje negro, y no destila la melancolía de un alma en pena sino el contrariado rencor de un político en sus horas más bajas. El ángulo circunflejo de sus cejas dibuja más que nunca un semblante de desconcertada amargura, y la magnética sonrisa que iluminaba la fachada de sus mejores días se ha trocado en un rictus apretado de rabia. Hosco, seco, intratable y defensivo, perplejo como un niño caprichoso ante el castillo desmoronado de su arquitectura política, rodeado de descrédito y soledad, el presidente Rodríguez Zapatero es hoy el retrato vivo de un perdedor zarandeado por la deriva incontrolable de la derrota. En sólo nueve días, el espectro iluminado que caminaba incólume sobre las aguas revueltas del poder y sus miserias ha zozobrado hasta convertirse en un náufrago engullido por el oleaje de una realidad tormentosa. El arcángel del optimismo que se creía intacto y blindado ante los reveses de la contrariedad ha resultado sacudido por una revuelta de evidencias. Con la credibilidad agujereada, el liderazgo cuestionado y la confianza destruida, se enfrenta por primera vez como gobernante a la posibilidad cierta de un revés electoral que siembra de dudas a los suyos y envuelve a los adversarios en una indisimulada esperanza. Fue una cadena de golpes enlazados con una recurrencia letal. La ruptura unilateral por ETA del alto el fuego propiciado por el acercamiento del presidente; la derrota socialista en las elecciones municipales; el descalabro local y autonómico en Madrid y la subsiguiente crisis en el partido; la desafección inmediata de algunos dirigentes críticos y el sentimiento general de decepción e irritación ante un Gobierno con la agenda tachada de fracasos, han generado en tiempo record un halo inconfundible de fin de ciclo. De repente, el eufórico y proverbial entusiasmo zapaterista ha dejado de resultar contagioso y toda su gestión, salpicada de reveses parciales, adquiere el sentido global de un inmenso y rapidísimo fiasco. Rodríguez Zapatero ha sido el primer presidente de la nueva democracia española que pierde unas elecciones a sólo tres años de ganar el poder. Y con la economía a pleno rendimiento. A la luz de esa secuencia de decepciones, el resto de los tropiezos del mandato se agiganta como un acantilado cubierto por la niebla tras un naufragio. El balance de frentes abiertos y mal cerrados es estremecedor. En sólo tres años, el Gobierno ha roto los consensos de la Transición en política antiterrorista e internacional, y abierto las heridas de la memoria colectiva sobre la Guerra Civil; ha propiciado una desquiciada diáspora territorial en connivencia con los nacionalismos radicales; ha convertido el Estatuto catalán en una fuente de conflictos cruzados que han liquidado a Pasqual Maragall, encabritado a los nacionalistas moderados, insatisfecho a ERC, inquietado a los empresarios y alarmado a la inmensa mayoría de los ciudadanos del resto de España; ha provocado una secuela de reformas estatutarias a la que el electorado ha dado significativamente la espalda en los referendos catalán y andaluz; ha incendiado las estructuras territoriales del PSOE; ha abrazado prematuramente una Constitución Europea que acabó abandonada por el resto de los Estados de la UE; se ha distanciado con graves meteduras de pata diplomáticas de los emergentes líderes de Alemania y Francia; ha diseñado con torpeza el enrevesado culebrón de la OPA de Endesa y otras operaciones de ingeniería económica que destruyen su crédito en los medios financieros; se ha mostrado impotente ante la crisis de los cayucos en Canarias; ha perdido el apoyo de la mayor parte de los intelectuales que recibieron al presidente con una saludable expectativa regeneracionista y ha ocasionado el probable surgimiento de un grupo de disidentes dispuestos a crear un nuevo partido. Suicida optimismo Todo ese balance calamitoso, agrandado por el eco amenazador del comunicado etarra, se desplomó sobre ZP como un mecano al que le hubiesen aflojado las tuercas a partir de que la derrota municipal generase en el seno de la organización socialista la seria alarma por un futuro más que comprometido al que el líder sigue empeñado en encerrar en la caja de su optimismo sin fundamentos ni límites. Hasta el domingo 27 de mayo, Zapatero era un presidente muy cuestionado por quienes no le votaban y puesto en duda por muchos de los que le apoyaron en las trágicas jornadas del 11 al 14 de marzo de 2003, pero respaldado aún por una clara mayoría de sus propios seguidores, aunque los correligionarios más veteranos lo contemplasen con una distante y descreída desconfianza. Vendía con vehemencia autosatisfecha un optimismo casi suicida, basado en su capacidad para salir mediante fintas improvisadas de los atolladeros de su impremeditación y de su audacia. Ganaba tiempo, aunque apenas ganase batallas, y se escapaba de los arrecifes en que embarrancaba su alborotada y dispersa agenda con un serio desgaste de sus propias fuerzas. Se dejaba jirones de prestigio en cada puerta que abría, y empezaba a acumular una silenciosa pero temible fama de que nada le salía nunca bien, mientras él se miraba en el espejo de la autocomplacencia. Pero, de golpe, asomó antes sus ojos, sin tapujos ni engaños, el descarnado fantasma del fracaso. Sencillamente, el PP ganó las elecciones municipales. Se las ganó a él, que se había comprometido personalmente en la campaña con la determinación de echarse a las espaldas el desafío y recom- El 5 de junio ETA reventó lo que no había logrado destruir el 30 de diciembre con la bomba en el parking del aeropuerto: la última nube del pensamiento mágico