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27 5 07 VIAJES ne la sensación de estar en una capital de provincias de Alemania. Sólo de vez en cuando se ven en el centro de la ciudad mujeres hereras, ataviadas a su usanza, o pequeños mercadillos con objetos de artesanía que hacen los himbas, las tribus que lindando con Angola llevan una vida autosuficiente guardando sus tradiciones. La puntualidad, la limpieza, el orden y la eficacia son herencia alemana y hasta el desierto, sin un bote ni un papel, está muy bien señalizado y pulcro. Pero si algo es Namibia es desierto (el mayor del mundo) cuyas dunas llegan hasta el mar. Las más famosas, las de Soussusvlei, atraen cada año a miles de turistas fascinados por su magia que se alojan en sus lujosos Lodges (gracias a Dios sin teléfono ni televisión) para olvidarse durante días del mundanal ruido. Sobrevolar las dunas en una pequeña avioneta es una experiencia inolvidable porque la el osado piloto nos puso el estómago del revés al poder contemplar, y casi palpar la arena, desde una altura de diez metros, ese mar de dunas (más de ciento cincuenta kilómetros de largo por unos noventa de ancho) salpicado de lagos de sal, por la cercanía del mar que deposita allí su humedad. El color de la arena de sus dunas, formada por cristales de cuarzo, depende de su antigüedad. Las de la costa, más jóvenes, son ocres; las del interior, rojizas, por el óxido de hierro que, con el paso del tiempo se ha mezclado con los granos de cuarzo. Allí, en las dunas, el frío por la noche y de madrugada es terrible, como también lo es el calor del mediodía. En Sossusvlei vimos amanecer y cómo la niebla al levantar iba desvelando el misterio de la duna 45, la más famosa del mundo. Esa niebla es lo que da el frío intenso al desierto, y es también la que aporta la humedad necesaria para la subsistencia de vegetales y de criaturas como el avestruz, el orix, los chacales, que se alimentan de las plantas que han crecido gracias a la germinación de semillas transportadas por los vientos. Namibia es también el paraíso de la caza mayor gracias a las enormes fincas particulares, donde viven todo tipo de animales y donde los cazadores tienen garantizada la captura de su trofeo, porque la riqueza de antílopes y de felinos está asegurada. El África negra tiene mucha magia para un escritor, no sólo por su dimensión histórica sino por su atractivo telúrico, pues todavía se puede pasear por luhares que no han sido hollados por la planta humana y Namibia es uno de ellos asegura Garrigues. Dunas de 350 metros de altura Sobrevolar las dunas de Sossusvlei, las más altas del mundo con 350 metros, es sobrecogedor. Muchas albergan lagos de sal En Kolmanskuppe en 1908 se encontraron diamantes. Hoy es un interesante pueblo fantasma (Viene de la página anterior) lugar que conserva su casino, su bolera, sus casas, y los centros de reunión donde sus habitantes gastaban a mansalva el dinero fácil de los diamantes. La trama de La dama de Duwisib sirve también de guía para conocer la historia, las costumbres, los paisajes y las gentes de ese país a 10.000 kilómetros de España, con 3.000 de costa y unas aguas con una riqueza pesquera impresionantes, explotadas por industrias españolas (Pescanova, Pescapuerta, Mascato, Barconova, Coastal Marine... que tienen en Walvis Bay su sede, con una Casa del Mar que acoge como la casa de España a los pescadores, casi todos gallegos. Colonias de focas Namibia es un país que hace las delicias de los naturistas y los afi- Existe en Kolmanskuppe, cerca de Lüderitz, un poblado fantasma que fue un emporio de diamantes a principios del siglo XX y que cambió en 24 horas la economía del país cionados a la zoología; un país de contraste entre las abigarradas colonias de focas de la costa atlántica, los parques naturales donde los animales salvajes campan a su antojo; un país de paisajes desérticos de arenas ocres o amarillas, y un país que ha sabido dar el paso del colonialismo a la plena soberanía en un tiempo record y sin grandes conflictos. Un país donde el paso de los alemanes y su mentalidad pervive y donde el apartheid dejó un fuerte impacto. La economía y los puestos claves siguen en manos de los blancos y las ciudades, copias de las metrópolis surafricanas con sus guetos para negros y sus zonas residenciales para blancos. El inglés es el idioma oficial, pero se habla afrikáans, la lengua franca de parte de África meridional. Su capital, Windhoek, se construyó a finales del siglo XIX para albergar la sede de la administración alemana en ese territorio y se hizo a su imagen y semejanza, con casitas de colores al estilo alemán y modernos rascacielos, de tal manera que si a uno le sueltan allí con los ojos vendados y sin saber donde está al destaparlos tie-