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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE partir la cama- -eso sí, grande- -con Luis García Montero. Lo anoto una vez comprobado que la envidia es un buen sistema. Cuando llegas a una universidad norteamericana, como yo ahora a Kentucky, recibes una seria advertencia: Las sonrisas de las alumnas no significan lo mismo que en España En realidad, lo que quieren decir es que no significan nada: te cruzas con ellas en el campus y sonríen mecánicamente, como un impulso de su reloj interior Aquí, en Kentucky, incluso rodeados de campos aparentemente tranquilos, todo está contagiado por la vertiginosa velocidad de Estados Unidos. Se ha reducido el tiempo, y todo son ocasiones únicas suspendidas en la ligereza absoluta. Quizá estos estudiantes sean tan puritanos porque esa apariencia se ha convertido en algo políticamente correcto pero no son pudorosos, algo que implica, al estilo de Rousseau, distingos y delicadezas heredadas. Se pueden concebir los placeres de la vida, en este tráfago de prisa, como éxtasis puntuales (y entonces las sonrisas y todas las prácticas amorosas son el manual de la vida) o a la vieja usanza, como un trayecto (y entonces las circunstancias y la memoria son el manual de la vida) En Europa, donde el pudor tampoco está de moda, imagino que se debe a una atávica concepción del tiempo y de la vida como trayecto- -y, por lo tanto, como esperanza- -el que, al sentir la necesidad de decir algo cuando se acerca el orgasmo, se exclame me voy Aquí, tras tanta educación sexual, dicen me vengo Me vengo a ese instante que no puedo perder porque es lo único que existe. La acción ha podido con la esperanza. Sin embargo, cada día nos parecemos más. Nos vamos contagiando todos de una prisa que lo centrifuga todo y, sin tiempo, la gimnasia mecánica va a ganar la partida a los gestos. Llegará el momento en el que el amor se vuelva imposible, en el que no se resista tener que decir yo te amo porque, tras decir yo y te comprobemos que el cuerpo, que hemos convertido en la única patria de las emociones, no ha alcanzado el éxtasis. En todos los lugares se enamora la gente me dice una alumna. Pero creo, más bien, que lo que hacen los que logran enamorarse es escapar de todos los lugares. El pecado era antes el liberalismo, y ahora, además del liberalismo, la televisión. Claro que la maldición que ha caído sobre la televisión viene últimamente de los intelectuales. Popper, mi admirado Popper, la convirtió oficialmente en enemiga de la democracia, y ahora, en Francia, Pierre Bordieu ha puesto de moda arremeter contra ella, culpable de uniformizar, banalizar y ejercer una especie de censura invisible imponiendo y limitando radicalmente el tiempo de los discursos. Y luego llega el novelista JeanPhillipe Toussaint y asegura que el aparato no deja reflexionar, y todos recuerdan las cortantes frases de Emmanuel Berl en el decenio de los cincuenta: A fuerza de repetir que es un milagro, se olvida que es un monstruo Pero estas cosas son, a menudo, más del corazón que del cerebro, aunque parezca paradójico. Ocurre siempre que se quiere hacer historia sin olvidar los sentimientos, y ahí está el ejemplo de Galdós, que demostraba muy eficazmente cómo las grandes gestas, en su origen, suelen tener Jon Juaristi es el tipo de seductor que recurre a su hipocondría para apelar a la protección... Si hay una mujer que no sea un iceberg, debe atemperar esos sufrimientos A mí, que soy el menos intelectual, para seducir, me dio por apelar a la curiosidad, dando la sensación de que ni Luisa me interesaba ni yo iba a revelar mis secretos más a menudo una pasión que una idea. A Popper no le cabían en la televisión sus reflexiones sobre filosofía de la ciencia y necesitó más páginas que las líneas del aparato para explicar su punto de vista sobre la sociedad abierta. Bordieu llevaba meses, antes de su famoso libro, enfadado por cómo le trataron en la televisión durante las huelgas francesas de 1995, y Toussaint necesita para ser feliz, según confesión propia, tumbarse en la cama en medio del silencio y la oscuridad para saborear algo parecido a un instante de eternidad Es tan hermoso como particular. Claro que, después, los intelectuales quieren decir todas estas cosas, y muchas otras, en la televisión y, cuando lo hacen, comprueban que no es tan perversa. Es decir, comprueban que convencen a muy pocos. Se dice que la televisión moviliza a los indiferentes, pero Régis Debray llamaba hace poco la atención sobre una curiosidad americana: las campañas electorales se llenan de breves mensajes televisivos, infinitamente más numerosos que en cualquier otro lugar, y la abstención sigue siendo masiva. Y cuando el mundo va por donde no quieren, como el demonio ya no existe, se inventan la televisión como culpable de todo.