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27 5 07 EL LIBRO PREPUBLICACIÓN Amistad y seducción Germán Yanke construye en este libro- -dietario, ensayo y confesión íntima- -una ciudad sumergida en las palabras, en ese entramado de viajes, paseos, conversaciones, reflexiones y amistades, que construyen el universo de un hombre de letras y de universal curiosidad. En este episodio, el autor reflexiona, en compañía de sus amigos, sobre las misteriosas artes de seducir R Título: Ciudad Sumergida Autor: Germán Yanke Editorial: Bassarai Colección: Ensayo Páginas: 183 Precio: 13 Euros epetimos- -casi los mismos, falta Margarita Merino del grupo del año pasado- -viaje a Estados Unidos. Repetimos también algunos lugares. Cuatro hombres y una mujer durante un par de semanas por Estados Unidos forman un curioso microcosmos. Entre otras facetas de la vida humana que se reproducen como en un laboratorio está el del constante ejercicio de la seducción, del que he aprendido algo. Nosotros utilizábamos cuatro sistemas distintos, y- -aunque imposibles todos, ya que Luisa Castro pensaba a todas horas en un músico que se había quedado en Madrid investigando los ritos indios- -no eran despreciables. Al parecer han rendido resultados en otras circunstancias más favorables. El de Luis García Montero es, sin duda, la ternura. Sus sonrisas- -como sus versos- -cuadran bien con las medidas clásicas, pero no las necesitan; todas sus historias son encantadoras, hasta cuando miente como un bellaco, y crea a su alrededor un ambiente de cierta fascinación. Es el tipo de seductor que, aun fracasando, da la impresión a quienes le observan de que ha triunfado. Jon Juaristi, por su parte, recurre a su literaria hipocondría para apelar a la protección. Está ahí, en una esquina, perorando muy ilustradamente sobre los deportes en la literatura europea de entreguerras (porque si Luis recuerda quién metió un gol, Jon sabe qué escritor estaba en las gradas) y, de pronto, algo le oprime el pecho o en su costado aparecen los síntomas inequívocos del cáncer de huesos. Si hay a cien metros una mujer que no sea fría como un iceberg, se debe acercar, poner una mano temblorosa sobre su cuello y tratar de atemperar con amabilidad y arrumacos esos sufrimientos, esos síntomas de muerte inminente. Si el guión no se completa, siempre puede aparecer a la mañana siguiente, en el desayuno, diciendo que todavía no está del todo bien. Y esperar al próximo ataque. A mí, que soy el menos intelec- tual de los cuatro, me dio por apelar a la curiosidad, dando la sensación- -o pretendiéndolo- -de que ni Luisa me interesaba, ni estaba dispuesto a revelar los secretos de mi pasado, ni iba a prestar la más mínima atención a las infantiles estrategias de mis amigos. Pero para seducir con estas armas hay que ser, por lo menos, Cyril Connolly, y a mí me faltan todavía sagacidad, muchas lecturas y, al menos hasta hoy, algunos hilos de origen tan selecto como misterioso. Si quiero parecer misterioso me toman por inseguro, si cosmopolita, por chófer de algún millonario desesperado; y si pretendo dármelas de despegado siempre hay alguien que pregunta pudorosamente si estoy estreñido. Sólo conseguí que, en un restaurante donde un tipo trataba de explicarnos por qué había estudiado tres carreras, Luisa me dijera: -A ver, déjame que te vea. Me gusta... tu camisa. Me encanta el color amarillo. El método de Alex Susanna era, visto con objetividad, el más eficaz. Un ejemplo: en cualquier tertulia alguien cita Boston, y Alex, con absoluta naturalidad, inicia su relato: -Boston... Yo estuve en Boston hace unos ocho años y me ocurrió una cosa sorprendente. Había estado en Nueva York en una reunión de editores y, cuando comenté que quería ir a Boston, un profesor de Harvard me dijo que ni se me pasara por la cabeza ir a un hotel, que él tenía que quedarse una temporada en Nueva York y me dejaba su casa. El caso es que me dejó las llaves, y un par de días después llegué a su casa, en Germán Yanke Periodista, escritor El pecado era antes el liberalismo, y ahora, además del liberalismo, la televisión... Popper, mi admirado Popper, la convirtió oficialmente en enemiga de la democracia Claro que, después, los intelectuales quieren decir todas estas cosas, y muchas otras, en la televisión y, cuando lo hacen, comprueban que no es tan perversa la zona residencial más elegante de Boston. Era una casa preciosa, en el salón había un Picasso. Un Picasso original, ¿eh? no una litografía. Y la biblioteca era magnífica. Cogí un tomo de Yeats y, cuando iba a entrar en el dormitorio, oí ruidos. Había alguien. La verdad es que sentí un poco de miedo, pero era absurdo quedarse allí, así que abrí la puerta y me encontré que en la cama había una mujer impresionante, rubia, con un aire de frescura difícil de explicar. Después del susto, le expliqué lo que pasaba y le dije que me iba a dormir al salón, pero ella, sonriendo con malicia, dijo: No, no, ni hablar, los amigos de Mike son también mis amigos y levantó las sábanas... Una mujer de buen corazón escucha esto y se siente intrigada. Seguramente aprovechará la primera oportunidad para saber algo más de Alex, y leyendo su Cuaderno veneciano no podrá quedar indiferente al enterarse de que una mañana salió del palacio que también le habían prestado para comprar una jaboneta y terminó en la bañera con una hermosa italiana. Decididamente, si la seducción tiene alguna relación con la capacidad para despertar pasiones, la pasión más vigilante es la envidia. Es como aquel personaje de Kundera que no lograba ligar con nadie en el balneario: llama a una amiga de Praga, la acompaña por las instalaciones, la mete en su cuarto para contarle detalles de sus penas y, cuando la amiga se va a la vista de todas las demás, empieza a tener éxito con las mujeres. Pero ya he dicho que hasta los más refinados sistemas resultaban inútiles con Luisa. Cada uno se consolaba con una frase o una caricia, y todos, por las noches, en larguísimas conversaciones que recordaban las de los adolescentes que pasan la noche fuera de casa por primera vez, nos consolábamos mutuamente. En el viaje anterior, incluso tuvimos que compartir cuarto en casa de Samuell Amell, durante una escapada un poco rocambolesca desde Lexington a Columbus: chistes e historietas hasta la madrugada. Por cierto, tuve que com-