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20 5 07 VIAJES México POR FERNANDO PASTRANO FOTOS: PILAR ARCOS Padrísimo Acapulco Viejo balneario de las estrellas de Hollywood en los años 40, experimentó un importante boom turístico tras la revolución cubana de 1959. Hoy renace de sus cenizas o tome los taxis amarillos, son colectivos. Son mejores los azules y blancos, aunque hay algunos chuecos (piratas) Pero tendrá que negociar lo que le va a costar antes de subirse. En Acapulco ninguno lleva taxímetro. La recomendación que me hicieron en el hotel era buena, pero ningún taxista oficial quiso hacerse cargo de mi durante toda la noche. O si quiso, el precio era desorbitado. Sólo cuando me topé con Roberto, a quien todos llaman El Chapulín por su destartalado carro colorado, llegué a un acuerdo razonable. Se llamaba Roberto, pero yo siempre le llamé Pancho. Vulgar que es uno. Además a él no le importa- N Las arenas doradas de la playa del Camino Real en Puerto Marqués ba con tal de que le pagara lo convenido. -Déme 500 baros (pesos, unos 34 euros) y mañana Acapulco no tendrá secretos para usted. Aún no le había dado ni un peso en billetes, aunque sí le había pagado algunos caballitos (chupitos) y otros vicios ahora innombrables en la untuosa noche acapulqueña y la ciudad seguía (y afortunadamente aún sigue) teniendo muchos secretos para mí. -Lo bueno de esta chamba (empleo) de taxista no es lo que se gana, si no a quien se conoce. Y usted, gachupín (español) güerito (de pelo claro) no es un fresita (pijo) gringo. De eso me di cuenta nada más verlo. Amanece por Puerto Marqués, donde me esperaba una confortable cama king size del hotel Camino Real Diamante, un cinco estrellas que aquí denominan cuatro diamantes, es decir, gran lujo. ¡Qué derroche! Desaprovechar aquella estancia aireacondicionada cambiándola por el duro asiento de un viejo Nissan Almera abollado por todas partes. Mi viaje iniciático con Roberto había empezado nueve horas antes. Primero me llevó a un restaurancillo en el Paseo del Farallón, una palapa (entoldado) cuyo nombre no recuerdo. No se me olvida, sin embargo, la pierna de carnero en mezcal (destilado de agave parecido al tequila) y salsa de jumil (insectos con sabor a canela) que comí, tras rechazar una iguana estofada. No sé si hice bien, pero me gustó. Mientras tanto, Pancho prefirió quedarse en el coche y esperarme allí. -No tengo hambre, además, ya sabe, cada perico a su estaca y cada chango a su mecate (cada mochuelo a su olivo) Mi amigo era un libro de mexicanismos abierto y eso me gustaba. Él se había percatado y lo exageraba. Ya entrada la noche llegamos al hotel El Mirador, un clásico de 1933. -Si no le importa, ahora sí le acompaño. Pancho me llevó hasta una terraza del restaurante La Perla, dentro del hotel. Nos sentamos en una mesa contemplando los acantilados iluminados por la luna. No había acabado mi margarita (tequila, triple seco, zumo de limón, sal... cuando un hombre con una antorcha empezó a escalar la vecina roca. Era uno de los famosos clavadistas que desde 1934 han hecho famosa La Quebrada en el mundo entero. Sobre todo a partir de que saliera en 1963 en la película Fun in Acapulco de Elvis Presley. A medio camino, el hombre del tanga se presignó ante una imagen de la Virgen de Guadalupe, la más morena para los que no conozcan la de Montserrat. Siguió ascendiendo hasta la cumbre, a 40 o 45 metros del agua, depende de la marea, y con la antorcha en la mano se lanzó al vacío. Todo el que era alguien entre los famosos en los 50 y 60 se dejaba ver por allí de vez en cuando. Recobrado el brillo perdido, hoy acoge a nuevas estrellas mediáticas