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20 5 07 EN PORTADA Pese a la llegada del turismo, Palma sigue siendo una ciudad tranquila y ensimismada ERNESTO AGUDO España Las ciudades donde mejor se vive MALLORCA La ciudad de la calma JOSEP MARIA AGUILÓ ace ya casi un siglo, en 1922, el gran escritor y pintor catalán Santiago Rusiñol escribió un libro titulado La isla de la calma dedicado a Mallorca, si bien en la mayor parte de sus páginas habla exclusivamente de su capital, Palma de Mallorca, donde ofrece una visión idílica de sus gentes. En aquellas fechas, los palmesanos éramos, al parecer, unas personas que nunca teníamos prisa, que paseábamos y charlábamos siempre con calma, sobre todo en los cafés, que teníamos barrios encantadores, que vivíamos, en definitiva, en una ciudad serena, donde sus habitantes teníamos a veces, quizás por todo ello, una cierta propensión hacia el ensimismamiento y la melancolía. Palma podía ser considerada casi el último refugio de todos los poetas del mundo. Los palmesanos teníamos pues, sin ser quizás conscientes de ello, lo que hoy solemos llamar calidad de vida, motivo por el que, seguramente, la isla empezó a ser visitada desde principios del siglo XX por los per- H sonajes y los artistas más ilustres de la época, entre ellos Rubén Darío, Gertrude Stein, Jorge Luis Borges o Robert Graves, a la vez que iba consolidándose la hasta entonces incipiente industria turística. La expresión de Rusiñol hizo fortuna. Ya en los años 50, habría un nuevo relanzamiento de la actividad turística, en especial gracias a la campaña Luna de miel en Mallorca en la que se incidía en la idea de que la capital balear era como un pequeño paraíso, aunque sin la serpiente con la manzana, y hecho, sobre todo, de belleza, sosiego y, por supuesto, de calma. Transcurría el año 1951 y Palma tenía entonces poco más de 133.000 habitantes. El pasado año, Palma de Mallorca superó los 400.000 habitantes. La población se ha triplicado en cinco décadas. Aun así, la capital sigue siendo considerada una de las ciudades más acogedoras y con una mayor calidad de vida y no sólo para quienes la visitan ocasionalmente, sino también para sus propios habitantes. Desde su llegada a la alcaldía, la popular Catalina Cirer ha proclamado que quiere una ciudad a la medida de las personas, en la que sean compatibles la creación de infraestructuras y equipamientos, sin que se pierdan los rasgos distintivos por los que ha sido querida por quienes huían del mundanal ruido. En esa misma línea, el Gobierno balear tambien insiste en que no quiere olvidar las raíces de la isla cuando pone en marcha iniciativas como la primera línea de metro de la ciudad o lo que será la nueva fachada marítima de la capital, con un palacio de congresos diseñado por Patxi Mangado. En la Palma de hoy es cierto que de vez en cuando hay también algún atasco y seguramente miramos un poco más el reloj y tenemos un poco más de prisa que en la época en que Rusiñol fue un asiduo visitante de nuestra ciudad, pero seguimos yendo a los cafés, y teniendo barrios y rincones encantadores, y, sobre todo, continuamos manteniendo aún, afortunadamente, una cierta propensión al ensimismamiento y la melancolía.