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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE El nudo de Puerta de Hierro, con la famosa puerta, rodeada de vías rápidas en una isla inaccesible. En el ángulo inferior derecho, la Senda Real CHEMA BARROSO Madrid sitiado TEXO: ALFONSO ARMADA INFOGRAFÍA: PEDRO VELASCO La hazaña de salir a pie Encerrada por una sucesión de cinturones urbanos que no son de castidad, de la M- 30 a la M- 50, Madrid parece encerrada en murallas tan ultramodernas como infranqueables. ¿Es posible salir a pie de la ciudad sin límites? Este es un viaje por la Senda Real y la Senda de las Merinas, un empeño lírico l antiguo poblachón manchego se convirtió en capital de un imperio ultramarino, pero no acabó de perder su condición de villa y corte sosegada, mentidero donde el sesteo se prodigaba. Regada por un río sin pretensiones, Madrid ha tardado en abrazar el modelo chino de crecimiento y en las primeras estribaciones de un siglo futurista ha borrado todos sus lindes. Crece como una mancha de aceite sobre el macizo de la raza, se hace cosmopolita y multicultural, mientras autopistas y vías rápidas la rodean como la mejor muralla. Ciudad sin límites, de ahí la E tentación de medirla paso a paso, de preguntarse si es posible abandonarla como hacían los pastores con sus rebaños trashumantes. Once de la mañana de un miércoles lluvioso en la Estación del Norte. Empieza el experimento. Las reglas son mínimas: tratar de comprobar si es posible salir de Madrid a pie, sin saltar vallas, sin atravesar carreteras, sin ju- Ciudad sin límites, de ahí la tentación de medirla paso a paso, de preguntarse si es posible abandonarla como hacían los pastores con sus rebaños trashumantes garse la vida. El atasco y las obras están a la orden del día en la glorieta de San Vicente, de donde parten las dos rutas propuestas por Ecologistas en Acción para salir de la metrópoli apoyado en las dos piernas: la Senda Real y la de las Merinas. ¿Dónde está el río? ¿Dónde, las huertas que lo bordeaban? El inicio de la senda, con vagonetas, grúas y movimiento de vigas es un peligro en la misma acera, que sin embargo enseguida se amplía: la obra queda atrás, la lluvia sigue mansa, merina, chubasco rumiante. Junto a Casa Mingo, Sidras, y los famosos pollos asados de los tiempos de estudiante; por fin asoma el río, quieto, con tez de aceite y cobre. Aprovecho para entrar en la ermita de San Antonio y contemplar los frescos de Goya: En otro tiempo las riberas del Manzanares, en los alrededores de la puerta de San Vicente, eran una agradable campiña muy concurrida por viajeros, lavanderas, guardias y multitud de madrileños los días de fiesta... Llego ante el primer gran nudo de carreteras, que se anuncia en un gran panel enigmático como un sudoku: M- 30, A- 6, N- I, N- V N- 401, Aravaca, Po, zuelo, M- 500, calle Princesa, parque del Oeste Se trata del acceso al emblemático puente de los Franceses (por aquí entraron) Parece como si el extrarradio estuviera al alcance de la mano. Será un espejismo. Llego a los lindes de la Ciudad Universitaria, con la plaza de la República de Chile como distribuidor de destinos. Aquí casi no hay senda. Me pego al muro del colegio mayor Marqués de la Ensenada. Más que camino parece cochiquera, depósito de errores, cubierta de maleza. Casi hace falta un machete para abrirse camino. La carretera ya aparece vallada. Al otro lado, se lee sobre un dintel: Escuadrón y banda de la Policía Municipal. El camino es poco grato. Con los zapatos mojados alcanzo la (Pasa a la página siguiente)