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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE Sarkozy no es de los que atraviesan el Rubicón para ira a pescar. No traicionará sus promesas. Entramos en un tiempo de convicción, de firmeza, de autoridad ra, con un punto de fanfarronería, a favor de las víctimas frente a los delincuentes, a favor del orden frente a los camorristas y sinvergüenzas, a favor de De Gaulle y Pompidou frente a Mayo del 68. La verdadera ruptura está aquí. Comienza a levantarse un viento nuevo. Con su forma ruda de hablar y sus palabras terminantes no sólo asusta al campo enemigo, sino que también inquieta a su propio campo. Sigue su camino sin desviarse un milímetro. Preocupado por hacer volver a la política a los franceses desanimados que se alejan de ella cada vez más, Sarkozy no tiene ambiciones de intelectual. Quizás sin saberlo, su inquietud por la reestructuración ideológica le hará desempeñar el papel inesperado de una especie imprevista de Gramsci de derechas: sabe que los valores y las ideas hacen que se muevan las cosas. E ideas tiene dos. La primera es que la derecha es débil porque está dividida. Estuvo dividida entre Chirac y él mismo y, en torno a Chirac, entre Villepin y él mismo. El tono sube. Las palabras brotan. Todo el mundo se acuerda de la comparación esbozada por Sarkozy entre Chirac y Luis XVI. Sus relaciones con el presidente son malas. Con el primer ministro, peores. ¿Qué pasa? Villepin, estrella nueva y brillante en el firmamento político, se acuerda de 1995 y de la batalla entre Chirac y Balladur. En esa época, todos los sondeos daban por disputadas las elecciones y por elegido a Balladur. En política, lo que ocurre más a menudo es lo imprevisible. Cuatro años, tres años, dos años antes de su triunfo de 2007, Chirac y Villepin están convencidos de que Sarkozy será un nuevo Balladur. Acechan su caída. El fuego se alimenta bajo las cenizas. La tormenta se desata. Sarkozy se aferra, se bate, no cede y se obstina en imponer, tras él, la unidad de una derecha reconciliada consigo misma. Y acabará por ganar. Si las elecciones han supuesto una sorpresa- -la famosa sorpresa tan esperada por muchos- -es ésta. La segunda idea, ligada a la primera, es que la unidad y el éxito de una derecha mayoritaria en el país están amenazados desde hace más de 20 años por la secesión de Le Pen. A lo largo de los 14 años socialistas, e incluso más allá, Le Pen fue la baza de Mite- Unir a la derecha Sarkozy, tras el anuncio de su victoria electoral apercibida, se avergüenza de sí misma. La inteligencia es de izquierdas, la buena conciencia es de izquierdas. Icono de un socialismo del que no nació pero que sí personalizó, Miterrand terminó por llevar a cabo una política de derechas con total impunidad: podía hacerlo porque era de izquierdas. Elegido por la derecha, Chirac dirigió, a la chita callando, una política más radical socialis- AFP ta que gaullista. Sarkozy se adscribe a la derecha alegremente, desafiante. Por supuesto se granjea la hostilidad declarada de toda la izquierda y, especialmente, de los intelectuales de izquierdas, desatados contra él y que no dudan, contra toda lógica, en acusarlo de fascismo. Más recientemente, Cohn- Bendit fue más duro calificándolo de bolchevique No tiene arreglo. Se decla- rrand y de la izquierda. Instalada en torno al 20 la extrema derecha, que desde hacía 30 años tenía su techo por debajo del 1 aseguraba por sí sola el triunfo de la izquierda. Lo primero y ante todo, Sarkozy se propuso llevar al redil de la derecha republicana a sus electores extremistas. Tuvo éxito en esta tarea y le debe su elección en buena parte a él. Por esta razón fue vilipendiado por una extrema derecha cuyas esperanzas destruía y tratado cada vez más de extremista y fascista por una parte de la izquierda cuyos activos arruinaba. ¿Qué había hecho? Nada diferente de lo que hizo Miterrand con el Partido Comunista. Nadie tachó a Miterrand de comunista con el pretexto de que se había aliado con un PC teñido de estalinismo. Sarkozy se ha desplazado mucho menos a la derecha que Miterrand a la izquierda. No se ha aliado con el Frente Nacional. No nombrará ministros de Le Pen. Si Miterrand abrazó al Partido Comunista fue para asfixiarlo. Sarkozy ni siquiera ha abrazado a Le Pen ni el extremismo de derechas. Se contenta con ahogarlos. Se quiera o no, quedará para la Historia como el presidente que hizo retroceder al Frente Nacional. Pagará caro este éxito que ha puesto fin a una situación de la que nacía un triunfo casi seguro para la izquierda. Pocos políticos franceses habrán sido tan insultados como él. Una de las particularidades francesas era mantener la vida privada aparte de la pública. Sarkozy ha sido regado de calumnias, que no engrandecen a los que las han proferido. Los caminos de la historia son inescrutables. A fin de cuentas, no se puede descartar que Sarkozy se haya visto más favorecido que perjudicado por tantos golpes y heridas. Las elecciones no son un fin. Son más bien un principio. Ahora hay que gobernar. Después de la epopeya de la conquista del poder, ¿cómo lo ejercerá? Será demasiado liberal, demasiado atlantista, demasiado comunitario repetían sus adversarios, y a veces sus amigos. Se puede pensar que habrá al menos tantas sorpresas después de las elecciones como antes. Sarkozy no es de los que atraviesan el Rubicón para pescar. No traicionará sus promesas. Entramos en un tiempo de convicción, de firmeza, de autoridad. Con todo, apostaríamos por una presidencia de apertura y de unidad. Después de haber personalizado y unificado a la derecha, Sarkozy pretenderá personalizar y unificar a la nación. Abróchense los cinturones. Va a haber diversión. No es imposible que esté ahí durante 10 años y que deje una impronta duradera.