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13 5 07 EN PORTADA Tarancón La Iglesia de la concordia UN CARDENAL RECONCILIADOR Defendió la libertad frente a unos y otros. En los años de la Transición fue consultado por la izquierda y la derecha. Y trabajó por un gran pacto entre el Estado y la Religión ace un siglo nacía en Burriana Vicente Enrique y Tarancón. Un muchacho travieso y vivaracho que desde los ocho años pensó en ser sacerdote y nada más que sacerdote. A los diez años ingresó en el seminario de Tortosa regido por los Operarios Diocesanos para quienes siempre guardó un gran afecto. No quiso ser misionero, ni jesuita, ni dominico, ni de ninguna orden religiosa. Dijo muy claramente a sus superiores que él sólo aspiraba a ser un cura como los demás. Su fino oído denunció pronto su facilidad y afición por la música. Le aconsejaron que dejara el piano para ser un cura normal Sin embargo, su primer nombramiento, una vez ordenado sacerdote a los 23 años, fue el de coadjutor- organista de la parroquia de Vinaroz. Andando los años, después de presenciar muchas entrevistas del cardenal con distintas personalidades, pude comprobar la admiración que suscitaba aquel hombre esponja que, sin pronunciarse sobre las cuestiones propiamente políticas, orientaba perfectamente a sus interlocutores. También, desde el comienzo, mostró una gran facilidad para expresarse por escrito y colaboró desde la adolescencia en el periódico tortosino Times Los dos teclados, el de la máquina de escribir y el del piano, iban a marcar profundamente sus ratos de trabajo y de ocio dentro del agobio de los problemas acumulados. Los cientos de veces que acudí por oficio a su despacho, lo encontré entregado a uno de esos teclados. Cuando llegaron las horas difíciles, ya de cardenal de Madrid, yo le repetía la broma: Haga gimnasia de hombros y no se preocupe tanto: usted sabe muy bien aparcar de oído Esta costumbre de escuchar a todo el mundo, sin prodigar su propio parecer sobre la opinión del otro, fue uno de sus mejores recursos para ganarse muchos amigos. Me bastan estos datos obligados para situar a Tarancón en la historia de la Iglesia española. Le han llamado El Cardenal del Cambio por sus intervenciones más sonadas como presidente de la Conferencia Episcopal y por tener que representar al Episcopado ante un Gobierno que mostraba una apreciable ceguera para H José M Martín Patino S. J. Presidente de la Fundación Encuentro. Fue secretario del cardenal Tarancón entender el curso de la historia de la Iglesia. Quisiera destacar en esta memorable fecha centenaria su espíritu reconciliador. Durante el último trienio de la Segunda República recorrió casi todas la diócesis españolas como propagandista de Acción Católica y miembro de la Casa del Consiliario, una obra ideada por D. Ángel Herrera, entonces presidente nacional de aquella organización distinguida por Pío X como participación en el apostolado jerárquico. Aquel mensaje optimista de un grupo de sacerdotes entusiastas chocaba con el pesimismo dominante en el clero español. La Segunda República española brindó a la izquierda republicana y a su principal aliado político, el partido socialista, el momento que durante décadas habían estado esperando para hacer realidad sus sueños de progreso y modernización (M. Álvarez Tardío) La fe en el progreso se presentaba como radicalmente incompatible con la cristiana. Tarancón llegó a persuadirse de que la guerra civil era inevitable. En vez de dialogar con la secularización y el laicismo, se quejaban de estos movimientos como si fueran huracanes de otros meridianos que atentaban contra la esencia de España. A Don Vicente le sorprendió la contienda en Tuy, donde suplía a su gran amigo Casimiro Morcillo en un curso de Acción Católica a sacerdotes. Allí se contagió, como el propio obispo de la diócesis, de los ideales de una supuesta cruzada que pretendía justificarse con argumentos medievales. En Galicia se mantuvo, sin embargo, a una cierta distancia. Pudo trasladarse a Burgos, donde su amigo Emilio Bellón había logrado re- unir a un núcleo de jóvenes que trataba de dar nueva vida a la revista católica Signo En sus Recuerdos de Juventud destaca dos notas de esa breve estancia en la capital de la España nacional. Confiesa que tuvo que batirse en serio para serenar la exaltación de aquellos redactores: La Acción Católica, como organización oficial de la Iglesia, no podía ser causa de división entre los cristianos y corríamos el riesgo de hacer imposible la tarea de reconciliación que la Iglesia había de asumir ineludiblemente cuando terminase la contienda Pudo asistir a una manifestación para celebrar la toma de una ciudad por las fuerzas nacionales y quedó muy afectado por el trueque de papeles que se manifestó en los discursos del Capital General y del Arzobispo. Las palabras del primero fueron como una oración. Dio gracias a Dios porque ayudaba descaradamente a las fuerzas nacionales. Pidió que el pueblo español conservase su fidelidad a la fe y al evangelio para continuar mereciendo la protección del Señor El discurso del Arzobispo se pareció más a una arenga estrictamente militar y guerrera. Y pedía al pueblo que ayudase a los militares para vencer definitivamente a los enemigos de Dios y de la patria Cuando se abrió el frente por el Ebro y las tropas llegaron hasta Vinaroz, Tarancón consiguió colarse en un camión militar que le llevó desde Zaragoza. Allí en su antigua parroquia contempló de cerca el odio que se había despertado entre los vencedores y los vencidos. El templo se llenaba de gente, incluso de aquellos que antes presumían de no creer en las prácticas religiosas. Los cristianos vencedores no querían saber nada de los vencidos. El resentimiento había acantonado al pueblo. Le llamaron para que ayudara a los que iban a ser fusilados. Pidió que antes fueran juzgados por un tribunal. Pero le respondieron secamente que la guerra tenía sus normas propias. Aquella noche quedó grabada en su conciencia y más de una vez le oí narrar aquel trágico relato. Le perseguía la duda de si aquellos hombres conservaban todavía Arengas militares Freno de exaltados En 1971 presidió la Asamblea Conjunta para el diálogo de obispos y sacerdotes. Allí se hizo un diagnóstico que reflejaba la clara oposición del clero al régimen franquista Desde la adolescencia colaboró en el periódico tortosino Times La máquina de escribir y el piano marcarían sus ratos de trabajo y de ocio dentro del agobio