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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE Struth coloca la cámara junto al cuadro, de modo que nosotros vemos a esas personas mirando algo que no podemos ver. Agrupó varias de esas fotografías, diferentes, tomadas en diferentes momentos, para componer un friso; el flujo y reflujo de cuerpos proporciona unidad al conjunto. Hizo lo mismo con tomas combinadas de personas ante Las Meninas en el Prado, que sí vemos, y las figuras del cuadro miran a la gente que las mira. En cuanto a nosotros, contemplamos las escenas tal como hacemos con el arte: aquí está el sonriente guía turístico, que se inclina hacia una melé de visitantes con los ojos como platos, que a su vez se apartan ligeramente del Velázquez, como si les intimidara su reputación. Allí, unos adolescentes españoles, indiferentes a las obras, discuten ante ellas, concentrados el uno en el otro, ignorando su poder. Sus posturas reproducen inconscientemente las de las figuras del cuadro. (Una chica vestida de rojo, doblada a la altura de la cintura, imita a la perfección a la sirvienta que está junto a la infanta; un chico con la mano a la espalda refleja a Velázquez tras su lienzo) El espacio se despliega dentro de la pintura, que en sí misma es una sala de espejos. Y luego están los alumnos de escuela primaria a los que Struth fotografía, con sus uniformes, desperdigados como pétalos de flores ante La rendición de Breda de Velázquez, junto a la cual la famosa escultura antigua del niño que se saca la espina de un pie resulta una broma mordaz; es como uno de los niños distraídos. Un niño pequeño y de pelo oscuro en el término medio devuelve la mirada a la cámara, serio e insondable, como una especie de modelo real de enano de Velázquez. Una niña toca el hombro a otro niño. Su mano, que se mueve con rapidez, está ligeramente desenfocada. Como Velázquez, Struth desvela estos fragmentos de humanidad, que parecen corrientes, pero sobresalen, deteniendo el tiempo. Los momentos del pasado no permanecen quietos como escribió Proust. Conservan en nuestra memoria el movimiento que los empujó hacia el futuro, hacia un futuro que ya se ha convertido en pasado, y nos empuja en su progresión Las fotos de Struth tratan sobre este continuo, desde artistas como Velázquez hasta los espacios públicos adonde van a parar sus obras, y hasta nosotros. ¿Qué buscamos en un museo? Vamos a buscar la verdad en la pintura, y acabamos leyendo las caras de los demás. Nos buscamos a nosotros mismos. Sala de espejos Como Velázquez en sus pinturas, Struth desvela fragmentos de humanidad mirando La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, préstamo del Louvre, dentro de una enorme urna de cristal antiséptica. Dos escenas de heroísmo histórico, la de Goya y la de Delacroix, sutilmente aminoradas por el crepúsculo moral del consumo moderno, un tipo de espectáculo que ha sustituido a otro. En el Prado, Struth colocó también una foto de sí mismo (sólo se ven de forma borrosa su brazo y su hombro, con una chaqueta azul) mirando un autorretrato de Durero en Múnich, que, perfectamente enfocado, nos devuelve la mirada. Durero es el verdadero modelo en el autorretrato de Struth, la paradoja de la imagen. Esa fotografía estaba colgada al lado del autorretrato de Durero del Prado. Y en el catálogo de la exposición del Prado también hay una fotografía de Struth de toda la instalación, una caja china virtual de alusiones, fiel a lo que a menudo constituye la experiencia en un museo abarrotado y entretenido, que es lo que nos perdemos cuando miramos. El proyecto de Struth entronca con una larga y a menudo desapercibida tradición de pintar a gente que contempla el arte. Su frialdad y su escala panorámica, que simula encuentros reales en espacios reales, puede ser engañosa. La obra de Struth es sutilmente emocional y no se trata de un mero soporte satinado. Se ve cómo la experiencia del museo en general ha evolucionado en los últimos años, cómo han crecido las masas, junto con la distracción de los teléfonos móviles, pero también lo que no ha cambiado. La expresión en las caras de dos mujeres de mediana edad, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra, compartiendo una audioguía en el Hermitage, buscando una obra de Leonardo, es eterna (sus miradas son a la vez esperanzadas y cautelosas) A la altura de sus hombros, con una visera rosa y tirantes de color lima, hay una especie de Madona estadounidense, un joven ángel del turismo.