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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE pollo, Deberíamos cambiar el papel de las paredes. A tu alrededor carraspeos y gruñidos, que es la forma sonora que adopta su silencio. A su alrededor desinterés y aburrimiento, porque tampoco es que tú te esfuerces mucho. Lo cierto, Ana, es que no te esfuerzas lo más mínimo. ¿Para qué? Uno se esfuerza cuando hay algo que salvar, algo por lo que luchar, algo que merezca la pena. Pero aquí no hay nada que salvar, nada por lo que luchar, nada que merezca la pena. Por eso una mañana De acuerdo. Por eso una mañana Se acabó. Por eso una mañana Me voy. Reproches. Silencio. Indiferencia. Éste es el orden. Aunque del orden de factores ya sepamos lo que dicen. La puerta se cierra a su espalda con un chasquido de mandíbulas y ya está. Se ha ido. Se ha marchado. Fin. En el fregadero sólo quedan dos tazas sucias; sobre la cómoda del dormitorio, la foto de vuestra boda burlándose de ti; y por toda la casa, el hueco de sus cosas: la repisa del lavabo sin sus cuchillas y su brocha y su jabón de afeitar, sin su hilo dental y su cepillo y su pasta de dientes, sin su crecepelo y su colonia; el armario de vuestra alcoba añorando sus camisas y sus pantalones, sus calzoncillos, sus calcetines, sus chaque- tas; el mueble de los zapatos huérfano de sus zapatos y de sus zapatillas. Qué poco espacio ocupa un hombre, piensas. ¿Y te extraña- -sé sincera, Ana- -no haber reparado en él últimamente? Lo raro habría sido prestarle atención. Contar con él. Hablar con él. Aparte de su taza sucia junto a tu taza sucia en el fregadero; aparte de la foto de vuestra boda sobre la cómoda del dormitorio; aparte del hueco de sus cosas por toda la casa; aparte del olor de su colonia en el cuarto de baño, de tu marido sólo queda un reguero de agua y jabón que el desagüe de la bañera tragaría mejor si no lo obstruyera el estropajo de un montón de pelos que él jamás recoge. Un reguero de agua y jabón que el desagüe sorbe como no se debe sorber la sopa. Te quedas mirando hipnotizada el remolino lento del sumidero. Por ahí se va mi matrimonio. Enseguida rectificas: Nuestro matrimonio. ¿Y ahora qué? Ahora tendrías que desatascar el desagüe de la bañera. Ahora tendrías que ventilar el dormitorio y cambiar las sábanas. Ahora tendrías que lavar las tazas del desayuno y poner un poco de orden en la casa. Ahora tendrías que bajar al mercado, y al subir de la calle ponerte a guisar. Para uno. Sólo para uno. Ahora tendrías que hacer tantas cosas que no haces nada, sal- vo continuar sentada en la tapa del retrete viendo cómo el agua desaparece por el desagüe de la bañera. Viendo cómo el jabón desaparece por el desagüe de la bañera. Viendo cómo lo que queda de tu marido desaparece por el desagüe de la bañera. Las diez y no llama. Las diez y media y no llama. Las once y tampoco llama. Ni a las once y cuarto. Ni a las once y media. Ni a las doce menos cuarto. Miras el teléfono y no suena. Lo miras fijamente, concentrándote, y el teléfono mudo. No lo miras y el teléfono también mudo. ¿Y si lo mirases de reojo? Las doce en punto. La una. Nada. Un matrimonio modelo, decía la gente que erais. Un matrimonio ejemplar. De los de antes. De los de siempre. De los de toda la vida. De ésos en los que no tira cada uno por su lado al menor pro- Tu marido y tú os enzarzáis en extrañas rivalidades, a ver quién se atraganta mejor, a ver quién deja de respirar primero, a ver quién se muere antes Un matrimonio modelo, decía la gente que erais. Pero si erais un matrimonio modelo, ¿por qué tanto rencor, tanto silencio, tanta indiferencia, tanto veneno? blema. De ésos que no se separan a las primeras de cambio. Al primer contratiempo. A la primera discusión. Pero si erais un matrimonio modelo, ¿por qué tanto rencor, tanto silencio, tanta indiferencia, tanto veneno? Pero si erais un matrimonio ejemplar, de los de antes, de los de siempre, de los de toda la vida, ¿por qué Así no podemos continuar? ¿Por qué De acuerdo? ¿Por qué Se acabó? ¿Por qué Me voy? Las dos. Las dos y cuarto. Las dos y media. Las horas se multiplican en tu reloj de pulsera mientras los restos de tu marido terminan de desaparecer: la nube de su colonia en el baño, el reguero de agua y jabón en el desagüe de la bañera. Lo único que no ha desaparecido, lo único que permanece, lo único que sigue ahí como un recuerdo, como un mal recuerdo, es el estropajo de pelos que él jamás recoge del sumidero. Las tres. Y cuarto. Y media. Y de tu matrimonio modelo, de tu matrimonio ejemplar, de tu matrimonio como los de antes, como los de siempre, como los de toda la vida, quedan un montón de pelos obstruyendo el desagüe de la bañera y un teléfono que no suena. Aunque lo mires. Aunque no lo mires. Las diez. Las once. Las doce. Y ahora sí que se ha ido. Ahora sí que se ha marchado. Ahora sí que fin.