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22 4 07 CLAVES DE ACTUALIDAD PREPUBLICACIÓN Plano detallado del infierno Un hombre que vela la agonía de su mujer, un anciano que cuenta los minutos que faltan para la visita de su hijo, una pareja que acaba de poner fin a su matrimonio. Personajes atrapados en la certeza de que la vida que viven no es la vida que soñaban. Historias de secretos, reproches y obsesiones con las que Antonio Fontana se interna en el infierno y sus laberintos Título: Plano detallado del infierno Autor: Antonio Fontana Editorial: DVD Ediciones Páginas: 128 Precio: 10 euros Fecha de publicación: 23 de abril na mañana te despiertas junto a un hombre que no te da los buenos días y te preguntas: ¿De qué me suena a mí la cara de este señor? Hasta que caes en la cuenta. Tu marido. Es tu marido. ¿Cómo puedes haberte olvidado de que tenías- -de que tenías no, Ana: de que tienes- -marido? ¿Cómo has podido olvidarte de que estabas- -de que estabas no, Ana: de que estás- -casada con esa sombra que te gruñe cada vez que os tropezáis entre las sombras del pasillo? Ese extraño que pone la mesa- -la cuchara a la izquierda del plato, por más que le repitas que a la derecha; el tenedor a la derecha del plato, por más que le repitas que a la izquierda- -mientras el pisto hierve en la cocina. Ese desconocido que se sienta delante de la tele cuando tú te sientas delante de la tele. Que comparte contigo la cama, siempre y cuando estar separados cada noche por miles de kilómetros de sábanas e incomprensión sea compartir la cama. La vida. Sobre la cómoda del dormitorio, la fotografía de vuestra boda no miente: dentro del marco de plata, él de chaqué; dentro de un escote palabra de honor, tú. Así que tiene que ser verdad. Así que no puede no ser verdad: ese tipo del que te habías- -del que te habías no, Ana: del que te has- -olvidado es tu marido. Con más arrugas. Con más canas. Reducido a un morse de carraspeos y gruñidos. Claro que la culpa no es sólo de él: tampoco tú tienes nada que decirle. En realidad, ninguno de los dos tenéis nada que deciros ahora que, por no haber, no hay nada que os mantenga unidos. Ni siquiera un hijo. Te despiertas una mañana junto a un desconocido y lo primero que te viene a la cabeza es gritarle: Oiga, salga de mi cama, ¿por quién me ha tomado? Hasta que reparas en la foto de vuestra boda: el desconocido de chaqué, tú de palabra de honor. De blanco. De tul ilusión. Ilusión, menuda palabra. U ¿Mi marido? piensas angustiada. ¿Éste es mi marido? Y en lugar de Oiga, salga de mi cama, ¿por quién me ha tomado? le dices Así no podemos continuar. Él asiente despacio, se levanta de la cama y dice: De acuerdo. Dice: Se acabó. Dice: Me voy. Tres maneras distintas de decir lo mismo. Tu marido entra en el cuarto de baño, y se ducha, y se afeita, y retira sus cosas de la repisa del lavabo. Luego mete en la maleta el gurruño de su ropa, y cierra la maleta con un clic que suena a percutor, y se aclara la garganta, y propone- -después de cuánto tiempo sin proponer nada, propone- ¿Un café? Y tú vas a la cocina, cambias el filtro de ayer por el filtro de hoy, viertes agua, añades varias medidas de café y enchufas la cafetera. Como siempre. Y le sirves un café y te sirves un café. Como cada mañana. Con dos terrones de azúcar para él; sacarina para ti, gracias. Como todas las mañanas. Sólo que esta mañana no es como todas las mañanas: esta mañana es la última mañana. El orden es éste: Primero los reproches, los continuos La culpa es tuya, No: tuya, mientras el rencor avanza y gana posiciones, cada palmo un triunfo, una conquista, cada centímetro una dentellada, el odio afianzándose, levantando muros y alambradas, tu marido y tú instalados en el desprecio, en el más cruel de los silencios, y un eco de suspiros envolviéndolo todo. Porque después de los reproches le toca el turno al silencio. Antonio Fontana es autor de dos novelas: De hombre a hombre (1997) y El perdón de los pecados, finalista del premio Café Gijón 2003 Ese desconocido que comparte contigo la cama, siempre y cuando estar separados por miles de kilómetros de sábanas e incomprensión sea compartir la cama Pisto en silencio. Cocido en silencio. Pollo al silencio. Silencio tan enorme que de no ser por el parloteo de los presentadores del telediario, ¿qué voces llenarían esta casa? Como siempre reproches cansan, un día cualquiera los reproches se acaban y ya no hay más reproches, o lo que quizá se acaba es la capacidad, la energía necesaria para inventar nuevos reproches o para repetir los de ayer y anteayer. Si al menos los reproches condujeran a algo. Si al menos los reproches sirvieran de algo. Pero no. ¿O las cosas cambiarían y serían de otra manera? Así que después de los reproches viene el silencio. Pisto en silencio. Cocido en silencio. Pollo al silencio. Silencio tan enorme que de no ser por el parloteo de los presentadores del telediario de las tres, ¿qué voces llenarían esta casa? Silencio tan grande, tan descomunal, que de no ser por la animada tertulia de los presentadores del telediario de las nueve oirías arrastrarse los minutos camino de otra noche en vela, el cuerpo de tu marido evitando en la estrecha inmensidad de vuestro colchón el roce de tu cuerpo, que ya no busca en la cama o fuera de la cama, como al principio, ¿te acuerdas? cuando la vida aún no era la vida: era un proyecto de vida, un sueño de felicidad, de hijos, de futuro. Futuro que llega sin que os percatéis, de improviso, y se sienta a la mesa con vosotros, y se come vuestro pisto, vuestro cocido, vuestro pollo. Futuro que no es lo que queríais ni como queríais o imaginabais. Y mientras los presentadores del telediario de las tres o de las nueve comentan las noticias de las tres o de las nueve y el futuro engulle vuestro pisto o vuestro cocido o vuestro pollo, tu marido y tú os enzarzáis en extrañas rivalidades, a ver quién se atraganta mejor, a ver quién deja de respirar primero, a ver quién se muere antes. Reproches. Silencio. Falta la indiferencia. Cuando se instale no quedará sitio para más. Ni siquiera para, entre el pisto y los huevos fritos, Ha dicho el hombre del tiempo que va a llover. Ni siquiera para, entre la sopa del cocido y los garbanzos del cocido, Pásame la salsa de cominos. Ni siquiera para, entre la pechuga de pollo y el muslo de