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22 4 07 EN PORTADA La matanza de Virginia fue la más sangrienta de la ya larga historia de tiroteos de EE. UU. El asesino estuvo en un psiquiátrico, pero pudo comprar un arma EE. UU. La cultura del rifle POR MERCEDES GALLEGO BLACKSBURG. SERVICIO ESPECIAL n la puerta de la tienda, una imagen de Bin Laden encuadrada en el centro de una diana da la bienvenida. Dentro, el helor del acero. Hey, Jim, echa un vistazo a esta pistola Jim aparta la vista de la interminable vitrina de armas y se acerca a mirar la pistola. La agarra por la culata a la altura de su oronda barriga, abre el tambor y lo hace rodar con el dedo gordo de su mano izquierda. No dice nada, pero tampoco muestra entusiasmo. No sé comenta el cliente de la tienda Roanoke Firearms. Me gustan las semiautomáticas, pero yo con lo que disparo bien es con un revólver Y el vendedor le entiende, porque en revólveres los Smith son lo máximo... pero esta semiautomática es especial Le suelta una parrafada técnica y acaba con la mano extendida apuntando al vacío. Clic, clic, clic. Aprieta el gatillo de la pistola sin munición una y otra vez, girando en semicírculo como si acabase uno tras de otro con un montón de indeseables. Sigue sin estar convencido, hasta que el vendedor encuentra algo que sí despierta su excitación: un rifle de asalto. Están todos alineados en la pared, uno junto al otro, intimidatorios. El asesino de la Universidad de Virginia, Cho Seung- Hui, estuvo apoyado en este mismo mostrador hace poco más E de un mes, pero no tuvo oportunidad de hacerse con uno. Los rifles automáticos quedan fuera del alcance de los extranjeros... pero no las semiautomáticas. Cuando primero dijeron que había muerto un chico me pareció terrible recuerda John Markell, propietario de la tienda. Cuando luego dijeron que eran al menos veinte, me pareció espantoso. Cuando se supo que eran 30, pensé: ¿Qué puede ser peor? Y sí, podía ser peor: por la tarde descubrí que yo le había vendido el arma Desde entonces policías y periodistas han convergido en su recóndida tienda, aislada al pie de las montañas, a más de 50 kilómetros de la universidad de Virginia, uno de los estados más tolerantes para las armas de fuego. Tras sus gafas ovaladas sorprende la frialdad con que habla de la muerte alguien acostumbrado a hacer negocio con ella. ¿La Walther del calibre 22 que compró el muchacho por internet? Es la última pistola que yo usaría si quisiera matar a mucha gente sentencia sin titubear. No estoy seguro de que pudiera penetrar un abrigo de lana. La de 9 mm. que me compró sí haría el trabajo, pero la policía prefiere el Randy defiende a los aficionados a las armas recordando que es una tradición que pasó de padres a hijos durante siglos, como hacían los indios con los arcos y las flechas calibre 40 ó 45. Yo hubiera elegido un rifle, habría sido más eficaz. Se dice que una pistola sólo es buena si te lleva al rifle De todo eso se habla en las tiendas de armas de Virginia, no en voz baja, ni temerosos de tentar al diablo, como le ocurre a esta periodista cuando decide hacer como que compra, sino en animada conversación y entre risotadas. No es de extrañar que el estudiante puertorriqueño Gregorio Vélez se sienta fuera de lugar en este paraíso del rifle de la América profunda que suministra el 30 de las armas a Washington DC, la ciudad de mayor delincuencia del país. En cuanto conoces a un americano te dice: ¿Nos vamos a pegar unos tiros? Es el deporte favorito de esta zona, pero Gregorio dice que él las armas ni las toca: Como las drogas, no vaya a ser que te vayan a gustar. Randy Salem, que tiene una casa de empeños en el mismo local de Roanoke Firearms, defiende a los aficionados a las armas recordando que es una tradición que ha pasado de padres a hijos durante siglos, como hacían los indios con arcos y flechas No es su caso, a él siempre le pareció que para la caza y el tiro había que madrugar mucho y hacía mucho frío aunque también tiene un arma para defender a su familia Su padre prefirió transmitirle la pasión del baloncesto, pero insiste: Son buena gente. Se van a cazar ciervos o pavos Cierto, el puertorriqueño