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15 4 07 VIAJES Asoman las picudas colinas que semejan flanes o kisses de chocolate, de los que reciben su nombre Bohol Las colinas de chocolate Por mucho que haya oído hablar de sus lomas encantadas, de sus iglesias españolas, de sus playas de arenas níveas y aguas turquesas, el viajero siempre se sorprenderá en este rincón de Filipinas TEXTO Y FOTOS: MANENA MUNAR El mono tarsier, el más pequeño del mundo, mezcla de simio y murciélago, es oriundo de Bohol i para hacerse una idea rápida de la belleza que el archipiélago encierra, hubiera que elegir una entre las siete mil islas que componen Filipinas, sin duda esa isla sería Bohol. Un paisaje singular, el río Loboc verde y frondoso, las playas de arena nívea y aguas turquesas, y un bagaje de historia en cada una de sus piedras. En el aeropuerto de Tagbilaran esperan los jeepneys (autobuses locales) los minibuses las S motorinas todo tipo de transporte para movilizar al pasaje variopinto que acaba de aterrizar. La mayoría de los nativos ya saben lo que Bohol ofrece. Los extranjeros han oído hablar de sus colinas, de sus iglesias, de su mar, pero el descubrimiento de los encantos isleños sigue siendo una caja de sorpresas. Bohol pertenece al grupo de islas centrales llamado Bisayas formando uno de los tres grandes bloques de Filipinas. Luzón al norte, Bisayas en el centro, y Min- danao al sur. Se la tiene por una tierra tranquila que siempre recibió con hospitalidad al foráneo que arribaba en sus costas. Tanto, que hasta en tiempos de Miguel López de Legazpi, allá por el siglo XVI, el sultán Sikatuna selló un pacto de sangre con el español que los hermanó de por vida. Poco antes, se había construido la primera iglesia de Filipinas, la de Baclayon, en el 1595. A ésta le siguieron muchas otras, entre ellas la del Río Loboc, lo que ha animado a incluir la ruta de las iglesias españolas, entre los atractivos turísticos de Bohol. Uno de los primeros destinos tras pisar tierra boholiana suele ser la isla de Panglao. Pequeño apéndice de su isla madre, cuenta con las playas más turísticas de la zona. El camino a Panglao es un capítulo imprescindible del viaje a Bohol. En el se puede observar la vida cotidiana de los lugareños trabajando los campos de arroz, de ese verde iluminado que contrasta con los bosques de cocoteros que los bordean, con la vegetación selvática de las montañas, con el verde tierno del bambú y con el colorido de las bastas Entonan baladas españolas con el finísimo oído de los nativos. No saben muy bien qué cantan, pero lo disimulan con un dramatismo muy conseguido