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8 4 07 EN PORTADA PCE Clandestinidad, transición y decadencia (Viene de la página anterior) viética, les catapultaron a una posición de privilegio. Bien controlados y asesorados por los delegados de Stalin, siguieron una estrategia cuyo objetivo prioritario era una mayor centralización que hiciera más efectivo el esfuerzo bélico; aparte, claro, de aumentar la influencia de la URSS y contener el proceso revolucionario. Todo eso, como ha recordado recientemente Stanley G. Payne, para conseguir que una vez ganada la guerra, pudiera consolidarse lo que la estalinista Dolores Ibarruri llamó República popular Pero la guerra se perdió y los comunistas españoles hubieron de pasar al exilio. La experiencia que allí les iba a tocar vivir no deja de ser cuanto menos curiosa. Aceptar primero el pacto germano- soviético en virtud del cual los dos grandes dictadores se repartían Polonia y se comprometían a no enfrentarse el uno al otro, fue sólo el principio. Lo siguiente- -he aquí una de las mayores ironías de la historia europea del siglo XX- -fue convertirse en luchadores por la democracia, miembros de pleno derecho de ese cajón de sastre que sería el antifascismo. El caso es que, en medio del desconcierto reinante en la oposición a la dictadura en el exilio, los comunistas, ya bajo la dirección de Santiago Carrillo y la influencia de Fernando Claudín y Jorge Semprún, tuvieron que buscar un camino propio que les permitiera prolongar el rédito de su protagonismo en la guerra civil sin por ello pasar por un simple apéndice del comunismo soviético, privado de independencia y enfrentado radicalmente a las democracias occidentales. El primer paso fue la decisión de aprobar una política de reconciliación nacional, ratificada en el VI Congreso del partido. Se trataba de que los comunistas, una vez comprobado sobre el terreno la imposibilidad de derrotar al régimen franquista con las armas, se erigieran en protagonistas de un futuro proceso de reconciliación entre vencedores y vencidos. El objetivo, por entonces, no era una democracia liberal al estilo de las que se imponían en la Europa occidental, pero al menos se daba un paso que iba a permitir que los comunistas españoles llegaran a 1975 portando una imagen alejada, en parte, de la memoria de la guerra. Una imagen a la que contribuiría la decisión impulsada por Carrillo de desligar al PCE del estalinismo y apostar por el eurocomunismo. Así, muerto Franco, los comunistas controlaban una de las dos plataformas de oposición al régimen y gozaban de cierto presti- gio. Su proyecto, por entonces, era el de una ruptura basada, en gran medida, en el modelo de 1931; esto es, una transición dirigida por un gobierno de coalición de las fuerzas antifranquistas que llevara a cabo la consiguiente ruptura jurídica y política con la dictadura. Todo eso se sustentaba en una previa movilización de la sociedad española en el sentido deseado por los comunistas, lo que, a su juicio, obligaría a los herederos del franquismo a renunciar pacíficamente al poder. Los hechos se encargaron de demostrar lo equivocado de esa visión. Lo importante es que Carrillo supo, en lo que cabe considerar como una de las virtudes esenciales de los liderazgos políticos de los años setenta, adaptarse a unas circunstancias y primar el objetivo de concordia nacional y democracia por encima de otros intereses más sectarios. Para llegar a eso no hubo, desde luego, una autocrítica profunda del papel jugado por los comunistas en los años treinta. Bastó con la defensa de un régimen de pluralismo político y la aceptación del adversario como legítimo oponente, lo que no era poco en aquel contexto. Pero esa ausencia debilitó, sin duda, la coherencia ideológica del nuevo comunismo. Y eso no tardaría en pasar factura. Lo haría primero en términos electorales, cuando una inmensa mayoría de los votantes de izquierdas optaran por un gobierno de tipo socialdemócrata; y lo haría, más tarde, cuando los propios representantes de las bases comunistas abjuraran del papel desempeñado por el eurocomunismo español en la Transición, considerando entonces que so pretexto del consenso, el partido había renunciado a sus señas de identidad. Si el socialismo español había tenido que afrontar en 1979 su particular transición a la democracia y los conservadores, una vez certificado el fracaso inicial de Alianza Popular, habrían de pasar por un proceso de parecida envergadura, los comunistas parecieron decidirse por lo contrario. Ellos, paradójicamente, quisieron ser los herederos de quienes en los años setenta habían criticado la Transición como un pacto vergonzante. Y todo eso en un contexto de crisis ideológica que la hegemonía socialista primero, y la caída del muro de Berlín después, no harían sino acentuar. El noviazgo con los discursos del nacionalismo radical vasco y catalán, así como la destrucción de las señas de identidad españolas del mismo partido, una vez subsumido en la nueva coalición de Izquierda Unida, habrían de hacer el resto. Sin autocrítica La famosa peluca con la que Carrillo volvió a España El declive. El secretario general del PCE, Francisco Frutos, gesticula ante Julio Anguita, ex dirigente de Izquierda Unida EFE