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8 4 07 EN PORTADA PCE Clandestinidad, transición y decadencia POR MANUEL ÁLVAREZ TARDÍO ace apenas unos días que Santiago Carrillo y otros destacados dirigentes del Partido Comunista de España durante los años de la Transición coincidían en señalar que, cuando conocieron los resultados de las elecciones generales celebradas en junio de 1977, no pudieron evitar una cierta sensación de fracaso. No eran pocos los que, una vez legalizado el partido H en la Semana Santa previa, esperaban que el PCE pudiera convertirse en la alternativa de izquierdas dentro del nuevo sistema político democrático. Sin embargo, ese optimismo pasaba por alto dos factores. Primero, que el anticomunismo había sido uno de los pilares del discurso oficial de la dictadura, y que, por tanto, varias generaciones de españoles habían crecido identificando comunismo con guerra civil y ausencia de orden. Y segundo, que el otro gran partido de la oposición, también situado a la izquierda, el socialista, había experimentado una renovación, al menos por lo que se refiere a su imagen y dirigentes, más visible que los comunistas. En todo caso, aquel resultado electoral tan pobre y la frustración que produjo tuvo un efecto positivo. La debilidad parlamentaria y el afán por borrar la imagen de partido ligado a la guerra civil y la revolución coadyuvaron a que los líderes comunistas asumieran inequívocamente el reto de contribuir a la elaboración de una Constitución democrática. Es decir, el PCE obtuvo un puesto de honor en la historia de la Transición, gracias en parte a cómo Carrillo logró confirmar en el debate constituyente la imagen de moderación y responsabilidad que habían transmitido el resto de sus compañeros meses atrás, con motivo del entierro de los abogados laboralistas asesinados en su despacho de la calle Atocha. Lo cierto, sin embargo, es que la historia del PCE en la misma Transición, y en general en la España del siglo XX, había sido bastante más compleja y menos positiva para el éxito de la democracia, de lo que su papel en el período constituyente pueda sugerir. Se trataba de un partido marxista leninista, profundamente vinculado durante décadas al estalinismo; un partido que había considerado los regímenes de democracia liberal occidentales como meras fachadas de opresión de clase y que había creído en la necesidad de instaurar algún tipo de dictadura de clase para acabar con el capitalismo. Al fin y al cabo, el partido que se emocionaba al ver a Dolores Ibarruri y a Rafael Alberti sentados en el Congreso constituyente había sido durante décadas uno de los grandes enemigos de la democracia representativa y liberal en España. Pocos comunistas españoles habrían estado en desacuerdo con Lenin cuando aseguró, el 14 de diciembre de 1917, que había que decirle al pueblo que sus intereses son superiores a los intereses de una institución democrática. No debemos volver a los viejos prejuicios, que subordinan los intere- Detrás de las fachadas El mal resultado electoral de 1977 y el afán de borrar su imagen de partido ligado a la guerra civil coadyuvaron a que el PCE tuviera una positiva participación en la Constitución El partido que se emocionaba al ver a la Pasionaria y a Alberti sentados en el Congreso fue durante décadas uno de los grandes enemigos de la democracia liberal Dolores Ibarruri, la Pasionaria, ejemplo de alzada rebeldía en España y de callada sumisión en la URSS