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1 4 07 VIAJES Kioto en flor La ciudad de los mil templos de sus herméticas guaridas TEXTO: FRANCISCO LÓPEZ- SEIVANE FOTOS: DE SAN BERNARDO Cuando los cerezos florecen, Kioto se transforma en la ciudad más mágica, indescriptible y maravillosa del mundo. Hasta las últimas geishas de Gion, de costumbres tan reservadas, salen esos días adie sabe por qué en Kioto hay tantos cerezos. Y, desde luego, yo ignoro también por qué este año decidieron florecer justamente cuando me encontraba allí, pero una noche la primavera reventó y toda la ciudad amaneció vestida de rosa y blanco. Los más de mil templos y pagodas que la adornan se visten con sus mejores galas, mientras se acentúa la conmovedora belleza de sus delicados jardines y las frondosas avenidas de los barrios residenciales aparecen salpicadas de pinceladas impresionistas en tonos pastel, como si un pintor enfebrecido por la llegada de la primavera hubiera pasado la noche dejando las huellas de su paleta sobre el verde luminoso de los árboles. Ante tanta belleza, no es de ex- N trañar que los japoneses celebren con entusiasmo el acontecimiento. En todas las casas se preparan comidas especiales y un postre universal: la tarta de cerezas. Nadie sabe tampoco por qué, ya que los cerezos japoneses sólo dan flores, no frutos, pero éste es un país de contrastes donde muchas veces lo mejor- -ya lo he aprendido- es no pedir explicaciones. ¿Y qué decir del famoso Shinkansen (tren bala) que le lleva a uno de Tokio a Kioto en un santiamén? El contraste entre el Japón reverencial, anclado en el pasado, y la propia tecnología del tren más rápido y moderno del mundo sólo es comparable a la costumbre de dormir en el suelo y disponer, en cambio, de retretes galácticos, que acogen al viajero en su seno con el asiento caliente y, cuando ha terminado la faena y sin previo aviso, le lanzan con admirable precisión un chorro de agua caliente que le deja el trasero como una patena. Y el ánimo confundido, claro. Castillo de Nijo Los cerezos en flor son el telón de fondo de cualquier estampa de Kioto En Kioto, la primera visita es casi obligado dedicarla al castillo de Nijo, un impresionante complejo de palacios de madera, Patrimonio de la Humanidad, construido por el shogun (señor feudal) Ieyasu a principios del siglo XVII. Si lo que el shogun pretendía, como se dice, con tanta ostentación de poder y riqueza era impresionar al emperador y menoscabar su autoridad, no es de extrañar que temiera una represalia imperial, así que las sólidas tarimas de madera de cedro abrillantada con salvados de arrozque cubren porches y pasillos se ensamblaron de tal manera que crujieran al pisarlas para que nadie pudiera acercarse al señor sin ser apercibido. Del mismo modo, el laberíntico complejo de paneles corredizos de papel de arroz, primorosamente pintados por los mejores artistas, que separan unas estancias de otras, ocultaba cámaras secretas desde donde celosos guardianes observaban sin ser vistos. Pero en aquel día radiante, como digo, lo más llamativo del castillo eran sus maravillosos jardines reventados de flores, así que los innumerables turistas japoneses que lo invadían todo no paraban de apuntar sus cámaras y teléfonos móviles hacia los árboles como si quisieran abatir la primavera. ¿Pinos enanos o enormes bonsáis? Siempre me quedará la duda al referirme a los primorosos árboles que rodean el estanque en Kinkakuji (Templo Dorado) la antigua casa de campo de otro refinado shogun que terminaría convirtiéndose en emblemático En todas las casas se preparan comidas especiales y un postre universal: la tarta de cerezas, a pesar de que los cerezos japoneses no dan fruto, sólo flor