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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA algún retraso sobre la hora anunciada. El presidente de los cazadores, que aguardaba en el patio de armas, les instó a apresurarse con un gesto más perentorio que amable. Entraron en el amplio vestíbulo, donde se habían dispuesto en semicírculo varias hileras de sillas plegables de madera, ocupadas todas, salvo las de la vacía fila delantera, por un público exclusivamente masculino. Sobre la tarima central había un atril iluminado por un flexo y, junto a él, una pequeña mesa de tijera, de las de campaña, con una jarra de agua y un vaso. Usabiaga tomó del brazo al profesor y ascendió con él a la tarima. Presentó al conferenciante como una eminencia de la etnografía francesa y, a continuación, bajó y fue a sentarse en la primera fila. Weber se acercó al atril, dispuso unas cuartillas sobre el mismo, se santiguó con parsimonia (todos los asistentes le imitaron) y comenzó a hablar. Pero no había terminado todavía de referirse a la visión de Enrique IV en Fontainebleau cuando él mismo tuvo una mucho más aterradora. Varios miembros de la Milicia de Vichy, dirigidos por un suboficial, entraron en el recinto. El susto hizo que las cuartillas se le deslizaran entre los dedos y cayeran al suelo. -Perdón- -dijo, con la voz quebrada. Miró las hojas desparramadas a sus pies y sintió que se mareaba. Los milicianos- -cuatro- -se habían quedado junto a la puerta, dos a cada lado. El suboficial, un sargento, trepó ágilmente a la tarima, recogió las cuartillas y se las devolvió. Weber farfulló unas palabras de agradecimiento. El otro se quitó la boina, saludó con una ligera inclinación de cabeza y tomó asiento junto a Usabiaga. Éste guiñó un ojo a su maestro y cruzó los brazos, como invitándole a continuar. -Perdón- -repitió Weber. Tenía la garganta seca. Depositó las cuartillas en la mesita y se sirvió un vaso de agua. Lo bebió lentamente, con los ojos cerrados. No había escapatoria, pensó. Usabiaga, a saber por qué, quizá para comprar su propia tranquilidad como refugiado político, le había traicionado. Cuando abrió de nuevo los ojos, vio que todos lo miraban con extrañeza, pero en completo silencio. Decidió continuar como si no pasara nada. Tomó las cuartillas, las puso bajo el flexo y comprobó con espanto que se habían desordenado por completo. Volvió a dejarlas sobre la mesa con un suspiro, abrió los brazos en un ademán de excusa que quería ser cómico, y prosiguió: -Ustedes disculpen mi torpeza, que es crónica, pero acrecentada por la edad y por un viaje bastante largo. Trataré de exponer el asunto de un modo más coloquial. Decía que Enrique IV vio a la Caza Salvaje. Debió de ser uno de los primeros en hacerlo, porque, antes del siglo XVI, lo normal no era encontrarse con una partida de cazadores infernales sino con una mesnada fantasmal de guerreros. Como es sabido, en la mito- logía germánica las valquirias recogen a los guerreros muertos en la batalla y los conducen al palacio de los dioses. Allí se les ofrece un gran festín, al término del cual dioses y hombres mezclados vuelven a pelear entre ellos hasta que no queda nadie vivo. Muerte dentro de la muerte para resucitar de nuevo y volver a pelear, a morir y a resucitar sin descanso. Es lo que en la mitología escandinava se llama Ragnarök, destino de los dioses y en la alemana Götterdammerung, ocaso de los dioses A los valientes les está reservado el destino de los dioses, que no es otro que la muerte infinita, la sucesión de muertes y resurrecciones. Morir, morir y morir, pero no dormir como en el sueño tranquilo que invoca Hamlet, sino morir siempre violentamente. El Walhalla o Asgard, la fortaleza de los Ases, se parece mucho al infierno clásico, donde los suplicios son cíclicos, como en los casos de Sísifo y Tántalo: vuelven siempre al punto departida. O como en mi caso, sin ir mu- Cuando crees que la libertad sale a tu encuentro, he aquí que otra vez te das de bruces con tus perseguidores. ¿Destino de los dioses? No: destino de los judíos Como Enrique en Fontainebleau, me he topado con el Cazador en forma de miliciano fascista. Ahí está, sentado junto a un traidor, a un Judas cristiano cho más lejos- -pensó- Cuando crees que la libertad sale a tu encuentro, he aquí que otra vez te das de bruces con los perseguidores. ¿Destino de los dioses? No: destino de los judíos. Weber se había considerado siempre un francés íntegro, un buen republicano. Acaso fue un sueño- -se dijo- acaso soñé que era un hombre libre, un sabio respetado por la Francia gentil, a cuya gloria contribuía con libros que soñaba haber escrito. Como Enrique en Fontainebleau, me he topado con el Cazador en forma de miliciano fascista. Ahí está, sentado junto a un traidor, a un Judas cristiano, y al frente de un tropel de cazadores que caerán sobre mí a una señal suya y me despedazarán, como a un ciervo. Curioso: cerf es uno de los nombres que en la Francia medieval se daban al judío. Ciervo. Cervus. Cervantes, el que antes que cristiano fue ciervo Trató de serenarse. Bebió otro trago de agua y concibió una idea absurda, a la que se agarró desesperadamente. Tenía que seguir hablando. Mientras hablara, nadie se levantaría de su asiento, nadie intentaría degollarle. El truco de Sherezade. Contar, hablar sin tregua. Pero aquí no habría una noche más. Debía alargar ésta que se le concedía, entrar en la noche, estirarla, congelarla, prolongarla hasta el final de los tiempos, hasta la llegada del Mesías. Melek ha olam- -suplicó- detén las horas como detuviste el sol sobre Ascalón. Haz esta noche perpetua