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1 4 07 CLAVES DE ACTUALIDAD PREPUBLICACIÓN Caza Salvaje Jon Juaristi relata en su primera novela, Premio Azorín, la vida de un cura vasco, Martín Abadía, pícaro, oportunista, sin escrúpulos y sin convicciones que no duda en mentir y traicionar para sobrevivir en el periodo comprendido entre la guerra civil y el nacimiento de ETA. Un referente real y de peso en el nacionalismo, del que el autor no ha querido desvelar su verdadera identidad Título: Caza Salvaje Autor: Jon Juaristi Editorial: Planeta Páginas: 432 Precio: 20 euros Fecha de publicación: 3 de abril migos cazadores: es para mí un honor hablar hoy, ante ustedes, de un mito tan arraigado en esta hermosa región de Francia, y hacerlo además en un lugar grávido de historia. Estos muros contemplaron el nacimiento de una dinastía real francesa. Entre ellos culminaría aquella feliz fusión de dos casas reales, Valois y Borbón, que puso fin a las sangrientas guerras religiosas. Antes de dar comienzo a mi disertación, quisiera invocar, junto a la protección de la Virgen de Lourdes, la benevolencia de la sombra augusta de Margarita de Nevers, nuestra reina Margot, ya que su esposo nunca se habría negado a otorgar sus auspicios favorables a los organizadores de este acto. Porque Enrique fue un rey cazador, que amó los bosques de sus Pirineos natales y llevó consigo su fragancia a las riberas del Sena. Lo que quizá no sepan ustedes es que el bearnés se encontró una vez con la Caza Salvaje. Fue en el bosque de Fontainebleau, en mil quinientos noventa y ocho, a poco de la promulgación del Edicto de Nantes. Que Enrique tuvo este encuentro por presagio cierto de su trágico final es algo de lo que sus biógrafos jamás dudaron. André Weber quería huir de Francia. Por eso había aceptado la invitación de la Société des Chasseurs du Béarn para inaugurar, con una conferencia sobre la Caza Salvaje, la temporada otoñal de 1940. Nunca, en otras circunstancias, habría concedido a una oscura asociación de provincias semejante distinción. Weber era la gran figura francesa de la Literatura Comparada, autor de más de cincuenta libros y de medio millar largo de artículos en las más prestigiosas publicaciones académicas europeas. Aquél de 1940- 1941 iba a ser su último curso en la Sorbona, pero, en vez de la esperada jubilación con todos los honores, preludio de un tranquilo retiro en su mansión rural de Normandía, había sabido que se preparaba su expulsión A de la universidad, junto con la de los demás profesores judíos. André Weber intuía que lo peor vendría inmediatamente después. Durante toda su vida había tenido que enfrentarse al antisemitismo de sus compatriotas, pero no le había resultado difícil desbaratar las maniobras de oscuros colegas universitarios o atravesar con su afilado estilo a los libelistas del nacionalismo integral (y, en los últimos años, a simpatizantes franceses del nazismo) Ahora, tras el derrumbe y la ocupación, se enfrentaba a enemigos mucho más poderosos e implacables. La enfermedad de su mujer le había retenido en París durante la evacuación de la ciudad, a finales de mayo. Esther había muerto poco después, dejándole en un estado de angustiosa desolación. No habían tenido hijos. La única familia que le quedaba era un sobrino que vivía en Canadá. Charles enseñaba Física en la universidad de Montreal y le había garantizado que tendría un puesto en el claustro, pero, para ello, tenía que salir antes de Francia, como fuera. La indecisión dolorosa en que la muerte de su mujer lo había sumido retrasó fatalmente la gestión de un viaje, que, tras la ocupación, se reveló imposible. Entonces, en la desesperación de la ratonera, había recibido, a través de los jesuitas, aquella carta providencial de su discípulo vasco, Pablo Usabiaga, en que le ofrecía ayuda para sacarlo del país por la frontera de España. La invitación de los cazadores bearneses había sido fruto de los Jon Juaristi, escritor, ensayista, muestra el coqueteo de los pequeños nacionalismos con los totalitarismos de entreguerras Realmente, padre Usabiaga- -dijo Weber cuando emprendieron la marcha- -me ha dejado usted de piedra. Debe de ser el primer jesuita que le ha besado la mano a un judío A los valientes les está reservado el destino de los dioses, que no es otro que la muerte infinita, la sucesión de muertes y resurrecciones esfuerzos de Pablo: iba dirigida al padre carmelita André Jolivet, supuesto especialista en folklore pirenaico. Bajo un hábito del Carmelo que los jesuitas le proporcionaron y con la carta de invitación como único salvoconducto, se había arriesgado Weber a tomar el tren de Hendaya, llevando en la faltriquera un abultado fajo de billetes de banco. Milagrosamente, los policías no le molestaron durante el trayecto. En Bayona lo esperaba Usabiaga, vestido de paisano. El jesuita le besó la mano (lo que le produjo una divertida estupefacción) tomó su maleta, lo condujo hasta un viejo Sedán estacionado en las cercanías y, tras acomodarlo en el asiento trasero, se sentó al volante. -Realmente, padre Usabiaga- -dijo Weber cuando emprendieron la marcha- me ha dejado usted de piedra. Debe de ser usted el primer jesuita que le ha besado la mano a un judío. -No estaría yo tan seguro, profesor- -contestó Usabiaga con gesto risueño- En la historia de la Compañía no han abundado los místicos. Por lo menos, no tanto como en la orden en que usted acaba de ingresar, pero varios padres, e incluso hermanos, han tenido el privilegio de besar directamente las llagas de Cristo, que era tan judío como usted o más. Bromas aparte, compórtese como un verdadero carmelita, sin vacilaciones. Vea lo que vea y oiga lo que oiga. Hasta que llegue usted a Canadá, André Weber no existe, ¿me ha entendido? -Haré lo que pueda. Refrescaré mis pobres conocimientos de mística española. San Juan de la Cruz, la subida al monte Carmelo y todo eso, ¿le parece bien? -Tampoco exagere. Irá usted a Madrid con otros carmelitas y no tendrá que presentarse ante las autoridades españolas. Recogerá sus papeles y sus pasajes para Londres y Canadá en la embajada británica. Pero, antes, debe cumplir el compromiso que ha contraído con mis amigos. Llegaron al castillo de Pau con