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1 4 07 EN PORTADA España La leyenda negra de la derecha (Viene de la página anterior) cos para conseguir toda la información posible y dar así siempre con lo conveniente e incluso para imponer lo conveniente más allá de las voluntades individuales. Se inscribe en una tradición que Popper definió como la disposición a exponer las ideas a la aventura de la refutación y se opone, por ello, al dogma de la planificación y el intervencionismo. Y es precisamente esa concepción la que lleva a la derecha a defender instituciones críticas con los propósitos totalizadores o los planes públicos de ordenamiento y reconstrucción de los asuntos humanos. Esas instituciones son las de la democracia liberal que, en palabras de Raymond Aron, no trata de mitificar el sistema, sino de lograr que es el mejor método para conseguir dos objetivos: el establecimiento de las mayores garantías para los ciudadanos y, en concreto, la garantía de los derechos de las minorías. Presentar a la derecha como antidemocrática es una idiotez y fundamentar esta aseveración convirtiéndola en una herencia del franquismo otra aun mayor. Ni responde sociológicamente a la realidad española ni tiene sustento teórico. Ni tampoco se puede deducir tal extremo de la concreción partidista de la derecha española en el PP. Por muchas que sean las discrepancias con su programa, o con el modo estraté- gico con el que pretende defenderlo, el PP es un partido democrático que, no hay que olvidarlo, ha respondido mejor a las exigencias del Estado de Derecho en el pasado reciente que muchos de sus adversarios. La derecha liberal sólo acepta las decisiones políticas democráticas, las que responden al principio de la mayoría, pero concibe el procedimiento como un medio y no como un fin. Es decir, entiende que las decisiones de la mayoría, en una verdadera democracia, están sujetas a límites. Antes he citado los objetivos establecidos por Aron que se corresponden, en palabras de Hayek, a la necesidad de que las decisiones de la mayoría tengan también el sustento de un acuerdo más amplio sobre principios comunes La soberanía no es ilimitada ni ilimitable y esos acuerdos básicos son los que convierten a los seres humanos en una colectividad política. La posición actual de la derecha española, puesta en cuestión por la propaganda de una cierta izquierda, debe considerarse desde esa perspectiva. Excluirla, tratar de convertirla en marginal y ajena a los consensos necesarios, no la convierte en antidemocráti- La derecha liberal se inscribe en la política del escepticismo Acepta la falibilidad humana. Expone las ideas a la aventura de la refutación y es antidogmática por principio ca, sino que devalúa la democracia misma. Obsérvese que, en el debate nacional actual, se opone a la derecha, una y otra vez, el principio de la mayoría. Si se intenta, como a veces ocurre, queriendo colocarla fuera del sistema, el diagnóstico no resiste la más elemental criba intelectual. Si se pretende con ello evitar que, ante la mayoría parlamentaria gobernante, no defienda con la intensidad que desee sus propuestas alternativas, es la izquierda la que debe repasar urgentemente su concepto de la democracia. Un teórico socialista, Ralph Miliband, ha insistido en el compromiso de la izquierda con las formas democráticas negándoselo a la derecha. No tiene sentido. La izquierda debería aceptar también- -como hace la socialdemocracia en la Europa de hoy- -que no tenía razón, a finales del siglo XIX, Joseph Chamberlain al pensar que los controles y los límites servían para la Corona pero no para el Gobierno que es expresión de la voluntad del pueblo. Alexis de Tocqueville, por volver a una de las figuras políticas e intelectuales de los cambios propiciados por la Revolución francesa, escribió que, antes o después, las sociedades se encuentran ante la disyuntiva de elegir entre la libertad democrática o la tiranía democrática Esta última es la que se fundamenta en la ficción dogmática de que un pueblo no puede nunca, por definición, desbordar los límites de la justicia y de la razón, y por lo tanto no se debe temer dar todo el poder a la mayoría que le representa Además, sólo en ese marco termina por tener sentido el debate político eficaz y razonable entre la izquierda y la derecha. Evidentemente, el espacio de discusión se ha reducido. La experiencia hace perder aristas a los maximalismos de unos y otros. La derecha se va inclinando más hacia las ideas (que se tienen según Ortega) que a las creencias en las que se está y la izquierda constata las limitaciones del intervencionismo público. Pero hay un espacio de diferencias y opciones diversas sobre el papel de los poderes públicos y la iniciativa privada, sobre la tensión entre la libertad y la igualdad. Esa confrontación- -ordenada por consensos básicos- -es la que relativiza las ideologías y conduce al progreso. La izquierda, hoy mayoritaria en el arco parlamentario, puede negarse a ver dónde está la derecha democrática si quiere, como decía antes, preferir salirse con la suya a ser razonable. Pero puede también abrir los ojos y ver que esa derecha está ahí mismo, visible. Ideas más que creencias Aznar, Suárez y Calvo Sotelo, tres ex presidentes del centro- derecha, junto a Felipe González EFE