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D 7 18 3 07 Autor de varias novelas Los desposeídos Los arrebatados, La noche feroz... de un libro de cuentos y de una obra de teatro, Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) se ha convertido en una de las grandes sorpresas literarias del momento con un libro de factura impecable y grandísima hondura. En sus 140 páginas nos cuenta la historia de Kurt Crüwell, un sastre alemán devorado por el sufrimiento ajeno. Basta una inquietante pregunta para trastornar una sólida existencia: ¿Puede un cuerpo ante la agresión del mundo, ante la fealdad del mundo, ante el horror del mundo, negarse a seguir siendo cuerpo, suspender sus razones, abdicar de ser lo que es... La respuesta está en La ofensa GUTIERREZ Y DE LA FUENTE 32 D 7 LOS DOMINGOS DE Ricardo M. Salmón ESCRITOR ISABEL GUTIÉRREZ- -Kurt Crüwell es un sastre alemán llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial y que, ante el mal absoluto, pierde la capacidad de sentir. ¿Qué es lo que le llevó hasta él? -Kurt podía haber sido un soldado norteamericano o de las guerras de religión del siglo XV Lo que me atrajo fue esa metáfora del hombre que, ante el horror, pierde la sensibilidad. -Insiste en que Kurt podía haber sido un soldado cualquiera. Pero el hecho de que fuera uno alemán, en los primeros años 40, nos golpea con especial virulencia. -Quería que La ofensa funcionara como una novela simbólica aún sabiendo que el marco en que se sitúa está muy presente en el imaginario colectivo. Todo lo referente al nacionalsocialismo tiene una resonancia inmediata. Me parecía interesante jugar con los prejuicios del lector a la hora de acercarse a esta historia. -Hay quien sitúa La ofensa en paralelo con Suite francesa de Irene Némirovsky. Ambas obras coinciden en presentar al soldado alemán como un ser humano que ha sido engullido por la marea de la historia. -No soy un experto en cómo se construye la ideología de un país y, por supuesto, en cómo se construye la ideología de los vencedores. Sospecho que cuando nos acercamos a un fenómeno como es el de la Segunda Guerra Mundial, terriblemente complejo y con muchas aristas, lo hacemos mediados por lecturas previas; y las lecturas preponderantes son las que ofrecen los vencedores. No sé qué grado de infección ha podido generar todo eso. ¿De qué escudo carecía Kurt para caer en el abismo? Tal vez el fanatismo o el patriotismo le habrían protegido... -Supongo. La parafernalia, la disciplina, la ideología, todo lo que rodeaba a la guerra le era ajeno. Lo que le hace fracasar ante el horror es una especie de inocencia que trae del mundo civil. La guerra es algo consustancial a nuestra supervivencia como especie sa. La guerra es algo consustancial a nuestra supervivencia como especie. La naturaleza guerrera del hombre es un hecho antropológico. Creo que hay guerras justas, guerras en las que debemos estar. -Eso no todos lo tenemos tan claro: toda guerra nos conmociona y nos indigna. -Supongo que lo que nos indigna son las mentiras de los políticos, el intento de justificación tan perverso que tratan de inocularnos. No creo que la gente se sorprenda por la excepcionalidad de la guerra porque, muy al contrario, es norma en la historia de la humanidad. Me llama la atención cuando al hombre se le considera un monstruo, cuando la palabra monstruo tiene una connotación de excepcionalidad. Y nuestar capacidad para flirtear con el mal y con el horror es algo cotidiano. -Dicen que es usted un pesimista antropológico. ¿Es cuestión de carácter o de experiencia? -No hay muchos motivos para confiar en la bondad del ser humano, y eso que vivimos en una zona del mundo privilegiada. La maldad es una constante en la historia del ser humano. Un amigo dice que más bien soy un pesimista metafísico. No sé, tal vez lo sea. ¿Y en su vida cotidiana? -En el día a día, me encuentro con gente muy bondadosa y con la que es muy fácil la convivencia. Pero cuando uno mira a otro nivel, cómo reaccionamos como organismos colectivos, hallo pocas razones para el optimismo. Lo cual no me anula. Vivo esto sin una angustia existencial. ¿Qué le parece esa psicología para las masas que tantos beneficios deja al mundo editorial? -Creo que hay que buscar anclajes en cosas sencillas, en placeres cotidianos e íntimos. Huyo de las recetas globales para todos los consumidores, porque entiendo que cada persona debe buscar sus propios anclajes. ¿Dónde están los suyos? -Uno de ellos está en la lectura, aunque sea con libros dolorosos o poco consoladores. Lecturas muy contaminantes Leí Viaje al final de la noche de Céline, a los 16 años. Fue una lectura puramente intuitiva, porque no podía asumirla en toda su dimensión, pero me arrebató. Fue un libro seminal, contaminante. Pensé que quería dedicar mi vida a escribir cosas como esas. Pero lo cierto es que después dos han sido los autores más determinantes en mí: William Faulkner y Juan Carlos Onetti. SIGEFREDO ¿Es que no es la guerra en sí misma un tremendo fracaso? -Muchos grandes pensadores, de Heráclito a Hegel, han visto en la guerra el instrumento civilizador por antonomasia. Las guerras son necesarias; el problema es que precisan de una ideología que las justifique y, a veces, esa ideología es sumamente perver-