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26- 27 D 7 LOS DOMINGOS DE día, pensar y saber que me pueden robar la vida en un segundo, que nos pueden robar la vida, los sueños, lo que fuimos y lo que habríamos sido en un segundo, y así todos los días desde aquel día, tres años desde entonces, y este tren es también el mismo de entonces, y también las caras son las mismas, mis vecinos como sombras, y las mismas legañas, y los mismos bostezos de las mismas bocas como abismos de sueño y de cansancio, el mismo abismo que tu desaparición dejó para siempre en mis entrañas. En un segundo pueden borrar del mapa tu barrio y tu memoria, tu barrio que trabaja, tu barrio sencillo, o el barrio de al lado, un barrio como El Pozo, y quién sería me pregunto el Tío Raimundo, y qué diría, ¿se habría subido a alguno de estos trenes que nos llevan hacia el curro? con la hipoteca a cuestas, y tal vez algún futuro por delante, aquel futuro que aquí, aquí en El Pozo, le robaron a sesenta y siete corazones, sesenta y siete nombres y sus sesenta y siete apellidos que ni tantas lágrimas pueden apenas borrar. Tres años y todavía están muchas miradas llenas de la misma incertidumbre, que aquí todo el mundo sabe que en un segundo desde el interior de una mochila puede salir el mismísimo demonio para expropiarte de la vida. Próxima estación Atocha, enlace con todas las líneas de Metro, próxima estación Atocha, y centenares de personas que abarrotan como entonces el andén, Atocha, la gran ballena donde aquel día el sueño de Jonás se convirtió en aquella pesadilla, y volver a subir por la escalera, y volver a subir por los mismos escalones, por aquellos escalones de la muerte, tres años después y así todos los días, las mismas apreturas, la misma rabia moderadamente contenida cuando piso el andén, pisando la dudosa luz del día, pisando la dudosa luz de Atocha, y qué estarán hoy diciendo los periódicos, y hoy también llegaré tarde al trabajo, y tu y tú y tú y hasta cien hermanos que aquel día no llegaron, que nunca llegarán. Otro día que estoy en la glorieta, otro día que he derrotado a los tres nombres de la angustia (Santa Eugenia, El Pozo, Atocha) y ya estoy en la glorieta, sí, Mari, ya estoy en la glorieta, arriba el cielo azul de mi Madrid, arriba en un día de marzo como aquél, cuando el ángel exterminador no quiso señalarme con su dedo a mí precisamente. Arriba, en la glorieta, arriba el cielo azul de mi Madrid, el cielo en el que escribo con el boli del recuerdo, con la tinta de una tristeza infinita, uno tras otro, otro tras uno, vuestros ciento noventa y un nombres. En la estación de Santa Eugenia le hacen cada día un hueco en la memoria a los héroes que se fueron