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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE TERROR Y PROCESOS POLÍTICOS La gestión gubernamental del atentado fue deficiente, al atribuir la autoría de la matanza a ETA a pesar de la ausencia de pruebas concluyentes. Hubiera sido aconsejable mayor cautela L a vinculación entre procesos electorales y violencia no es infrecuente, aunque la experiencia demuestra que la incidencia de ésta sobre aquellos no coincide siempre con las intenciones de quienes perpetran dichos actos violentos produciendo, en ocasiones, efectos contrarios a los deseados por los terroristas. Es la respuesta al terrorismo la que determinará que el acto terrorista sea interpretado como eficaz o ineficaz al condicionar la influencia que la violencia terminará teniendo sobre la política. Por ello, una diferente respuesta de las autoridades frente a la situación que una masacre como el 11- M supuso podría haber provocado una reacción distinta. La gestión gubernamental del atentado fue deficiente, al atribuir la autoría de la matanza a ETA a pesar de la ausencia de pruebas concluyentes. Cierto es que el presidente del gobierno vasco precedió al ministro del Interior en su atribución de responsabilidades trasladando su condena a ETA en una comparecencia ante los medios incluso anterior a la de éste último. Asimismo, a pesar de que el modus operandi de los responsables de la atrocidad no coincidía con el habitualmente utilizado por la organización terrorista vasca, el incremento de la letalidad que el atentado del 11 M supuso en relación con previos asesinatos etarras no constituía por sí solo un argumento suficiente para descartar inicialmente la autoría de ETA. En los meses anteriores, desde diversos ámbitos del grupo terrorista se había propugnado agudizar el conflicto desechando algunos tabúes aludiéndose así a la posibilidad de intensificar la letalidad de sus acciones. Diversos atentados abortados en las semanas y meses precedentes confirmaban las intenciones de ETA de perpetrar acciones terroristas de gran magnitud. Sin embargo, tales antecedentes eran insuficientes para responsabilizar a ETA con absoluta certeza ante la ausencia de pruebas concluyentes. La lógica inercia que tras décadas de violencia hacía razonable en un principio considerar a ETA responsable no se veía corroborada por hechos irrefutables como los que podrían desprenderse de la capta- Rogelio Alonso Profesor de Ciencia Política. Universidad Rey Juan Carlos ción de imágenes a través de las cámaras de circuito cerrado ubicadas en las inmediaciones de los diferentes escenarios de los atentados. Si imposible resultaba establecer con certeza la autoría de ETA, aconsejable resultaba además una mayor cautela ante las alertas que diversas fuentes y organismos habían transmitido a las autoridades sobre el creciente riesgo de que España se convirtiera en blanco del terrorismo islamista. Ya en 2001 un informe de la fiscalía de Milán informaba que nuestro país se había convertido en la principal base de Al Qaida en Europa como consecuencia de las actividades de redes terroristas que concluirían con las detenciones de diversos activistas a finales de ese año. En 2003 un informe de Europol advertía de los riesgos para la seguridad española en los siguientes términos: Varios grupos terroristas que bajo el liderazgo de Al Qaida conforman el denominado Frente Islámico Mundial, así como aquellos que propugnan la internacionalización de la yihad a escala global continúan representando la mayor amenaza para nuestros intereses así como para los intereses del resto de los estados de la UE. El apoyo del gobierno español a la intervención en Irak por parte de EE. UU. y sus aliados es sin duda un factor de riesgo adicional para España, si bien puede que no sea el más importante o peligroso Como se desprende de tan revelador informe, no es posible concluir que la causa directa de los atentados fuese la política española en Irak, tal y como evidencia el hecho de que la campaña preparada por los terroristas tuviera continuidad incluso después del triunfo electoral socialista y de que se procediera a retirar las tropas españolas de la región. Sin embargo, el anterior gobierno fue incapaz de contrarrestar con credibilidad el encuadre de las fuerzas opositoras que lograron presentar el atentado del 11 M como una consecuencia directa del apoyo español a la intervención en Irak. La gestión de crisis del anterior gobierno fue eficazmente presentada desde la oposición como repleta de falsedades ante la insistencia en la autoría de ETA, llegándose incluso a trasladar injustamente la culpa de los atentados a las propias autoridades, como las manifestaciones ante las se- des del PP en diferentes ciudades constataron. Las investigaciones judiciales emprendidas corroboran que las actividades de muchos de los individuos implicados en los atentados se remonta a un periodo anterior a la intervención en Irak o incluso a la de Afganistán en 2001, hasta el punto de que muchos de ellos manifestaban ya desde 2002 una mentalidad para realizar la yihad en España En realidad los terroristas encontraron un fuerte elemento de motivación en el sentimiento de venganza generado por las detenciones de destacados radicales islamistas a finales de 2001, entre ellos el líder de la denominada célula de Al Qaida en España, Imad Eddin Barakat Yarkas, alias Abu Dahdah. La amenaza de Al Qaida no sólo no ha desaparecido, sino que ha aumentado tras el 11 M, demostrando que las causas del terrorismo islámico son más complejas de lo que han afirmado quienes han atribuido de manera simplista la matanza a una determinada decisión de política exterior. En este sentido debe destacarse que la apresurada forma en que las tropas abandonaron Irak reforzó la sensación de eficacia en torno al atentado, pues transmitió la imagen de una relación de causa y efecto entre la brutal masacre y la decisión gubernamental. De ese modo se logró minimizar el hecho de que la retirada del contingente español constituía una promesa electoral, aportando un peligroso argumento a la propaganda terrorista al presentar la violencia como exitosa. Los atentados conmovieron a una opinión pública que pedía que se le contase la verdad DANIEL G. LÓPEZ