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11 3 07 11- M TRES AÑOS DESPUÉS VÍCTIMAS Y HÉROES José Rodríguez (derecha) el vigilante herido, junto a su salvador Víctor Muntean, el médico moldavo doctorado en el Vietnam ruso I. GIL La vida de otros De la salvación y la (in) gratitud Un héroe lo es en todos sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma Thomas Carlyle stá escrito que la orden al mérito civil se concede para premiar los servicios extraordinarios de los ciudadanos españoles y extranjeros por el bien de la nación pero en el pecho del moldavo Víctor Muntean no hay más medalla que la satisfacción de haber salvado la vida y consolado en su muerte a todos los heridos que se encontró dentro y fuera de los trenes cuando las mochilas bomba estallaron en Atocha. Ni honores, ni el reconocimiento siquiera como víctima del terrorismo, porque este médico que aquel sangriento día aún trabajaba como electricista en San Sebastián de los Reyes llegó días después del ataque hasta la mesa del burócrata que debía hacer el listado de los damnificados, se le preguntó si estaba herido, el salvador se miró los arañazos y dijo que no, y el dueño de la lista le inquirió qué era pues lo que pretendía. E Y el inmigrante se dio la vuelta con los ojos llenos de lágrimas. Porque Víctor Muntean, uno de los héroes silenciosos de Atocha, que logró salvar la vida tras salir del vagón contiguo al que estalló en primer lugar, pudo refugiarse bajo unas escaleras, y tras otras dos explosiones volver sobre sus pasos, remangarse y ayudar. Dice que los servicios de emergencia aún tardaron veinte minutos en aparecer, y en todo ese tiempo echó mano de su experiencia como médico militar en el Vietnam ruso de Afganistán. Al vigilante José Rodríguez, al que la segunda bomba atrapó desalojando el convoy, le salvó la vida con un torniquete, y a Raquel le devolvió el aliento cortando la sangría de su miembro amputado. Luego, la mirada se le vuelve líquida cuando me explica cómo la mujer que yacía dentro del tren al verle trajinar con su pierna inexistente le agarró de la solapa y le gritó ¡devuélveme la pierna! antes de perder el conocimiento. Y gira la cabeza cuando lamenta no haber podido hacer más que coger de la mano a la muchacha que con la cabeza aplastada todavía respiraba. Después se sonríe recordando cómo los nervios de una vigilante le impedían seguirle en su tarea de extraer con suma rapidez los cordones de los zapatos abandonados con los que ataba las extremidades por las que a tantos se les iba la vida. También da las gracias a la Fundación de Víctimas del Terrorismo por haber agilizado su reagrupamiento familiar trayendo de Moldavia a sus dos niños y bendice su buena estrella que en tres años y con mucho trabajo y mucho estudio le ha provisto de un trabajo de médico en Madrid- -haciendo guardias y asistencia domiciliaria en una aseguradora- Para Ana, su mujer, profesora de Lengua y Literatura Española en su país, las cosas han cambiado poco: sigue siendo empleada de hogar. Le pregunto: ¿Cómo se vive en el pellejo de un héroe? Yo no soy ningún héroe Un poco sí, le salvó la vida a José. Hice lo que tenía que hacer, nada más. Los héroes llevan medallas ¿Y a usted no le han puesto ninguna? ¿Es que para hacer el bien debes llevar una? Yo creo que no Sus hijos estarán muy orgullosos de usted... Bueno... Ello saben que papá es así Y porque se han olvidado de Víctor, porque José siente que el suyo ya no es un asunto pendiente si no un caso cerrado, el vigilante ha pedido al Gobierno para sí mismo la encomienda de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo, que se concede a los heridos en atentado por mandato del Ministerio de Presidencia. Les pregunté por qué no nos la habían dado y me contestaron que no se da, que se pide. Así que me mandaron un diploma firmado por el Rey que tengo colgado en casa, y a por la medalla no he ido porque cuesta 50 euros Para su salvador, ni él ni los otros resucitados han pedido nada. Pero lo que no ha logrado este vigilante de seguridad, que desde el día del ataque no ha podido volver a pisar Atocha, es la invalidez parcial que solicitó por su pierna reventada, y por la que aún deberá entrar en quirófano al menos en dos ocasiones. Es más, casi pierde la beca de comedor para sus dos niños porque la dirección del nuevo colegio en Madrid le había recriminado si piensa subirse al carro de las víctimas para siempre Y como él dice, cuando se es víctima no se deja de serlo nunca Hoy José está invitado a la inauguración del Monumento a las Víctimas en Atocha, pero no podrá asistir porque tiene guardia. Una de esas vigilancias de fin de semana que tras una semana de trabajo le sirve para redondear el sueldo con que ha de llegar a fin de mes. Con un poco de suerte, dice, llega a verlo por la tele.