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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE En la comunidad de La Libertad, entre Leticia y Puerto Nariño, los niños posan para los turistas de especies de árboles o aves que esperan río adelante. En una esquina del puerto atracan los cargueros que cubren el trayecto hacia Manaos. Los mochileros los cogen por 150.000 pesos (unos 50 euros) que dan derecho a hamaca y comida, y a las vistas, claro. La lancha rápida avanza veloz sin que el gran río mueva un músculo. De una orilla a otra puede haber hasta cinco kilómetros en este trapecio desconocido incluso para los colombianos. A la izquierda, Perú. A la derecha, Colombia. A su espalda, Brasil le pone palabras al mapa Antonio Regifo Galdino, guía desde hace una eternidad, incluso cuando no había turistas. Ahora llegan unos 28.000 al año, una cifra razonable si se tiene en cuenta que en Leticia viven poco más de 30.000 personas, pero ridícula si se pone en relación con un entorno tan apabullante. El inmenso Amazonas, 6.775 Kms, las tres fronteras, el mismo río que recorrió Francisco de Orellana en 1542 desde los Andes hasta el Atlántico. En el siglo XVI, en la Amazonia vivían millones de indígenas. Hoy, en este departamento quedarán unos 20.000 dice Shirley Whiler, directora del museo antropológico de Leticia. La mayoría, ticuna, aunque también hay huitotos, yaguas, yucunas... y así hasta diecinueve grupos étnicos, repartidos en pequeñas comunidades a lo largo del río. La lancha del capitán Malaquías Castro se detiene con los turistas en los poblados tras el rastro de esa historia. Los más viejos cuentan las leyendas del abuelo sabedor (chamán) y las reuniones en la maloca para tejer el canasto de la vida, o recuerdan la tradición de que los hombres fabricaran máscaras y tambores para el pelazón el ritual de iniciación de las mujeres indígenas, que incluía el corte de pelo al cero, o muestran las cerbatanas y los dardos mojados en curare. Por supuesto, hoy nada es lo que fue. Los indígenas venden su artesanía a los viajeros, que les acribillan a fotos, o trabajan para alguna multinacional, como el grupo Decameron, que construye senderos, un restaurante y un hotel en la isla de los micos. La autopista de agua se ha llenado de maleza y palos, y el cauce se antoja de repente una trampa para marineros inexpertos. El capitán Castro, que lleva en el Amazonas más de veinte años, llega sin problemas al Parque Nacional Natural Amacayacu, una de las cincuenta y una áreas protegidas en Colombia. El ecoturismo ha movido en todo el país 1,5 millones de visitantes en los últi (Pasa a la página siguiente) La nueva vida de los indígenas hasta el día siguiente se mezclan las sensaciones: el tipo de paz que sólo se masca en el fin del mundo y un pellizco de inquietud, de fragilidad, que desaparece al zambullirnos en el trajín de la calle, en el caótico tráfico de motos (para qué servirían los coches, si sólo hay una carretera de unos pocos kilómetros) en el olor de la yuca sobre la parrilla y el runrún de la inmediata selva. En Leticia anochece pronto, igual que se apaga una pequeña vela en la inmensidad del horizonte, pero amanece tan deprisa que apenas da tiempo a dormir. A eso de las cinco menos cuarto, el puerto ya bulle de actividad. Los vecinos de las comunidades cercanas llegan para vender su mercancía, en especial los pescados del río, gamitana, dorado, bocachico o el sabrosísimo pirarucú, un tesoro no siempre disponible. Alrededor de los puestos, una levísima estera sobre el suelo, resuena el rugido de las motos, que también madrugan, y el primer ir y venir de los barcos. Dicen que ahora está de moda el peque- peque un motor de 5,5 caballos poco intrusivo cuando se trata de observar la naturaleza, las cientos La victoria regia, el más grande de los lirios de agua, crece junto al río Los inmensos árboles de la selva se prestan para la práctica del canoping, un deporte en el que se trepa hasta la copa mediante un sistema de poleas