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4 3 07 PRÓXIMA PARADA NUESTROS CORRESPONSALES Roma Buenos Aires Moscú TEXTO: RAFAEL M. MAÑUECO Bruselas Locura inmobiliaria El boom del ladrillo también arrasa en la capital rusa, donde una combinación de burocracia, especulación y llegada de millonarios de otras partes del país ha puesto la vivienda por los cielos París Rabat Lisboa Nueva York Jerusalén México Washington Berlín Atenas Londres Berlín MOSCÚ Rafael M. Mañueco Pekín Viena Estocolmo mpecé a pensar que no sería mala idea comprar una vivienda en Moscú poco después de que la URSS dejara de existir. A mediados de los 90, un apartamento de 100 metros cuadrados en el centro de la capital costaba unos 8 millones de pesetas. El problema era que entonces no estaban muy reguladas las operaciones de compra y venta de inmuebles, sobre todo cuando en ellas participaban extranjeros. Las estafas eran muy frecuentes. La persona que te vendía el piso, aparentemente con todas las garantías legales, desaparecía sin dejar rastro y, a los pocos días, aparecían los verdaderos dueños asegurando que la transacción se hizo sin su consentimiento. Al final había que recurrir a los tribunales, cuyas sentencias eran siempre favorables a los ciudadanos del país, y uno se quedaba sin la vivienda y sin el dinero. De nada servía demostrar que las escrituras habían sido registradas con todos los requisitos necesarios. Cuando ibas a reclamar, te decían que el funcionario que hizo el trámite ya no trabajaba allí o que actuó negligentemente. Pero mis escrituras llevan el sello del registro de la propiedad decían las víctimas del artificio. Pues llévelo a juicio Aquello me quitó las ganas de convertirme en propietario, por más que me decían que comprar un piso en Moscú era la mejor inversión que se podía hacer. El tiempo demostraría la verdad de ese consejo. Los precios subieron considerablemente en 1997, pero volvieron a caer al año siguiente. Fue entonces cuando decidí arriesgarme. Fui a una inmobiliaria que vendía pisos en un edificio de nueva construcción junto al zoológico. Cuando dije que era español, me contestaron: ¿No tiene a alguien aquí a cuyo nombre se pueda poner la vivienda? Si no, será un lío E Y es que, aunque había entonces varios filtros burocráticos para impedir que los forasteros se adueñasen de Moscú, la omnipotente corrupción dejaba la puerta abierta a una solución. Eso sí, el precio final de la vivienda se doblaba o triplicaba. Había que echar además tiempo y paciencia al asunto. Así que volví a dejar aparcada la idea de comprar piso. Tras la llegada de Putin al Kremlin, y con la lluvia de dólares que empezó a caer sobre Rusia gracias a los altos precios del petróleo, el coste del ladrillo también se puso por las nubes. Pero el verdadero boom inmobiliario llegó el año pasado. La bonanza económica ha hecho que media Rusia decida instalarse en Moscú. Y el aumento de la demanda hizo que, entre 2005 y 2006, los precios de la vivienda en la primera ciudad de Rusia subieran un 100 por cien. Ahora no hay quien compre, salvo si eres millonario. El precio medio del metro cuadrado en edificios nuevos del centro roza los 12.000 euros; y en la calle Tverskaya, especie de Gran Vía de Moscú, alcanza los 26.000 euros. Un estudio diáfano en la periferia de la capital, que no llega a los 30 metros cuadrados, vale 150.000 euros. La vivienda ha convertido a Moscú en la ciudad más cara del planeta. Los alquileres también son astronómicos. Un piso de 100 metros cuadrados bien situado cuesta unos 5.000 euros al mes. Hay que tener en cuenta que el sueldo medio en Moscú no supera los 500 euros mensuales. Precios astronómicos, pero en lo que se refiere a calidad de vida, la metrópoli rusa ocupa el lugar 173 en la escala mundial. Este vertiginoso ascenso de los precios se explica, no sólo por la avalancha de recién llegados con dinero fresco, sino por la lentitud con que se construye, por el aumento galopante de la corrupción y por la especulación. El mecanismo de concesión de terrenos a las constructoras por parte los ayuntamientos es arbitrario y opaco. Además, siguiendo una costumbre arraigada en época soviética, el déficit de viviendas se agudiza por el acaparamiento de pisos por parte de empresas y particulares como medio de inversión. Hay quien compra 10 y hasta 20 apartamentos y los mantiene vacíos durante años a la espera de que los precios alcancen su cenit. Los pisos se ofrecen incluso como soborno. Así que temo que poseer un piso en Moscú es ya un imposible, a menos que las autoridades adopten alguna medida expeditiva como expropiar u obligar a vender al que tenga más de un determinado número de viviendas. Hay que ser millonario para comprar hoy en día un piso en la capital rusa REUTERS