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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE más domingueras o decididamente carnavalescas, entre las que no podían faltar los colores de la enseña nacional, a veces en tablillas prendidas a las faldas, o en franjas cosidas a los jerseys, o en lazos anudados al cabello, o en escarapelas que ondeaban en los ojales de las chaquetas. una multitud madrugadora (o quizá más bien insomne, como ellos mismos) los empujó hacia la plaza de la Concordia; en la fachada ciclópea del Ministerio de Marina se enchaban en falta unas pocas columnas, roídas por el fuego de los morteros. Algunos Panzer calcinados se dispersaban por aquella vastedad arquitectónica, con la carrocería aún humeante, como cucarachas a las que Dios hubiese prendido fuego después de rociar con gasolina. Al otro lado del Sena, que bajaba cenagoso y cárdeno, arrastrando el barro y la sangre de las trincheras, descansaba otro tanque abrasado, en esta ocasión un Sherman de la División Leclerc, convertido ya en improvisado altar por los transeúntes que depositaban a su vera ofrendas florales y cirios que esparcían un olor de colmena derretida. Alguien había escrito con tiza, sobre la chapa renegrida, la siguiente inscripción: Ici son morts trois soldats Français. Quizá fueran senegaleses, o espahíes, o republicanos españoles, pero ya De Gaulle había proclamado que quienes luchan por Francia son hijos de Francia. El cielo era de un añil que escocía a los ojos, mitad glorioso y mitad sombrío; de las ventanas de las casas, abiertas de par en par para limpiar los microbios del colaboracionismo, brotaba un barullo de voces radiofónicas, entre la arenga y el responso. ¿Tú crees que se repondrá, André? Lucía había permanecido callada mientras paseaban por la ciudad convertido en mausoleo. A su lado, André no había dejado de mirar, con deseo y unción, su perfil de camafeo, tratando de penetrar su mutismo y de seguir el curso de sus cavilaciones. Se había hecho la ilusión de que estuviera, como él mismo (tal vez con menor resolución, pero esto no le importaba demasiado, aprendería a amarlo) ponderando la perspectiva de una vida en común. Aquella pregunta hizo añicos sus ensoñaciones. -Quién sabe, a lo mejor no le interesa reponerse. A lo mejor tiene mucho que callar. ¿Qué insinúas? -No insinúo nada. Sólo digo que me parece un poco aventurado dar por hecho que sea un miembro de la Resistencia. André cerró pudorosamente los ojos, como si no quisiera escucharse. Sabía que la perdía, que la estaba perdiendo. ¿Y qué sospechas que sea? -pregunto Lucía. La voz le temblaba, como a quien trata de dominar la indignación con el sarcasmo. había gente en los balcones y ventanas de los edificios que flanqueaban el itinerario; los más osados, incluso, se habían encaramado a los tejados, o trepaban a los árboles y a las farolas, desde donde hacían ondear banderas tricolores. -Podría ser un prisionero fugado, por ejemplo. Un colaboracionista como tantos de los que hoy se disfrazan de patriotas- -dijo André, mientras lanzaba miradas recelosas a la muchedumbre. Apenas cuatro meses antes, aquella misma muchedumbre (o una porción nada exigua de la misma, al menos) había recibido con idéntico alborozo al mariscal Petain, a quien ayer consideraban un salvador y hoy de buen grado hubiesen apaleado. ¿Y la metralleta Sten? -Pudo habérsela robado a sus captores. O también podría ser Al otro lado del Sena, que bajaba cenagoso y cárdeno, arrastrando el barro y la sangre de las trincheras, descansaba un Sherman de la División Leclerc -Podría ser un prisionero fugado, por ejemplo. Un colaboracionista como tantos de los que hoy se disfrazan de patriotas- -dijo André un desertor. eso explicaría que estuviese solo y que ninguno de sus compañeros lo hubiese socorrido antes. Habían logrado acercarse al Arco de Triunfo, donde el gentío alcanzaba densidad de enjambre, una pleamar que amenazaba con desbordarse y arrasarlo todo a su paso. Los fifís que el día anterior se habían enseñoreado de la ciudad trataban ahora de mantener el orden En sus gestos un poco ceñudos o cetrinos se adivinaba la humillación propia de quienes desempeñaban tareas subalternas, en contra de su voluntad. -No digo que lo sea- -se defendió André. En el fondo sabía que su hipótesis era disparatada- Pero hasta la fecha no tenemos ningún dato cierto sobre su identidad. Le habría gustado añadir: Pese a lo cual, le has brindado por entero tu confianza. A mí nunca me has dado tanto. Claro que yo soy un sucio judío Este último rasgo de victimismo, que nunca se había atrevido a expresar a las claras, lo abochornó hasta enmudecerlo. Lucía ya se abría paso a codazos para alcanzar a su padre, que se había apartado un poco de ellos, por pudor o por favorecer las presuntas labores de cortejo y conquista de André. Acababa de llegar De Gaulle al lugar, para rendir honores a los caídos ante la tumba del Soldado Desconocido, antes de iniciar el desfile.