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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE El estrépito sin mesura es la victoria de la multitud sobre el individuo, del criterio aristocrático del porque me da la gana sobre el valor burgués de la ley DIAZ JAPÓN EL RUIDO COMO IMAGEN DE ESPAÑA La defensa del ruido carnavalesco se suele fundar en el folclore local en un esencialismo patrio que denota la vigencia del pintoresquismo. Como si el estruendo formase parte del color local ntre todos los argumentos escuchados estos días en torno a la regulación del ruido en el espacio público el más extravagante fue el que vino a justificar por parte de autoridades ministeriales el ruido carnavalesco de Tenerife en nombre de una excepción cultural el derecho de algunos a sacar adelante su fiesta a bombo y platillo (nunca mejor dicho) por formar parte del folclore local Es interesante esta alusión al esencialismo como coartada, pues denota tanto el oportunismo de las apelaciones a la historia (que justificaría aquí la tormenta perfecta del apoteosis carnavalesco) como la vigencia del pintoresquismo y la falacia atroz del romanticismo y sus adherencias como elementos constitutivos de la imagen de España y de los españoles, asumidos incluso por ellos mismos. Por decirlo de otro modo, si la imagen de España consti- E Manuel Lucena Historiador tuye un sistema múltiple que articula elementos de la leyenda negra (los conquistadores, la armada invencible y los pobrecitos indios americanos) el romanticismo (Carmen y los bandidos, el orientalismo, el sol y las moscas) y la normalización posterior a 1975 (entrada en la UE y la OTAN, estabilidad democrática) la interesada invocación a la fiesta como tiranía de la excepción sobre la norma, la noche sobre el día, el caos sobre el orden, lo marginal sobre lo central e incluso lo femenino sobre lo masculino plantea un verdadero delirio antropológico, un atroz desfase entre las condiciones de realidad de los españoles (incluso si están de fiesta) y su imagen. ¿Cómo nos vemos? Pues como nos ven otros: esa es la condición del exotismo romántico. ¡A divertirse tocan! como decían antes. ¿Por obligación? ¿Como todo el mundo? De acuerdo con el estereotipo romántico, sin dudarlo, pues el espíritu gregario lo justifica todo. Un simple repaso a los escritos de algunos venerables viajeros románticos muestra hasta qué punto esta imagen grotesca de España como anormalidad arcaica de fiesta y siesta, opuesta a los valores del progreso, se construyó como una contraimagen de aquello que los europeos deseaban para sí mismos. El británico Richard Ford, autor de un famoso Manual para viajeros por España y lectores en casa editado en 1845, pontificó sobre el paisaje español, del cual (además de otras cosas) el ocioso caballero inglés lector de sus libros se podía apoderar: qué valles abren sus senos, anhelando abrazar al visitante; qué bellezas vírgenes nunca vistas esperan al afortunado miembro del Traveler s Club El estereotipo sobre España como tierra por descubrir fue un lugar común. Hubo viajeros que entraron por Guipúzcoa (donde encontraban parecidos con Constantinopla) con un tórrido calor en febrero, la misma temperatura ardiente que les torturaba en Madrid, en pleno invierno. Alojados en la Puerta del Sol, dejaron testimonio de la incapacidad de dormir por el ruido del populacho, quizás contratado por el ayuntamiento para mostrar a los turistas el color local El francés Mérimée, fabricante de Carmen, enloquecedoramente independiente, una criatura promiscua e indomable que hizo siete viajes por la península entre 1830 y 1864, acabó anotando su frustración porque en España al fin había ferrocarriles, y con ellos la fiesta llegaba a su fin. Poco después, la inglesa Frances Elliot anotó en el curso de su periplo peninsular: todo sol, suciedad, tráfico, cencerros de mulas, traqueteo de ruedas, gritos, chillidos El concierto autorizado de la multitud sobre el individuo, la victoria de los valores aristocráticos del porque me da la gana y la excepción, sobre los burgueses de la ley, la rutina y el derecho al descanso. Aquí seguimos.