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18 2 07 EN PORTADA Más ruido Estallan las fiestas POR VIRGINIA RÓDENAS ices ruido y se les hace un nudo en la garganta. Escuchan la maldita palabra con la que se nombra el arma con que fueron agredidos sistemáticamente y sin socorro y vuelven a sentir el vértigo de la desesperación. Porque cuando pronuncias ruido a la catalana Esther L. se le llenan los ojos de lágrimas y aprieta los labios, tras padecer los últimos seis años de sus treinta y cinco el calvario de vivir encima de una discoteca abierta por sorpresa y sin licencia en los bajos de su dulce hogar porque cuando al médico sevillano Jaime Galbarro, que sufrió su ataque durante siete años, le preguntas por el daño que le afligió el ruido, se descompone y desmenuza su drama, y el de toda la familia, no ya en el relato de esas noches insomnes e interminables por culpa de una maquinaria contigua a su domicilio, sino en la descripción de las secuelas que hoy padece: la angustia del recuerdo continuo de la situación vivida, hipersensibilidad a cualquier tipo de sonido tras el trauma psicológico que les hace insoportable la más ínfima perturbación acústica nocturna, y el miedo, mejor decir pánico, a que en cualquier momento otro les haga pasar por lo mismo. Porque Antonio y sus hijos, que al fin pudieron dormir hace dos años tras un lustro de desvelo porque la juerga del prójimo se lo impedía, no se sienten seguros; porque Ana, y Fernando y Daniel, y todos a cuantos hemos preguntado están aterrados porque la tortura no pare o porque reaparezca inesperadamente y se repiten continuamente por qué, por qué les tocó a ellos, qué mala pata hizo que fueran ellos precisamente las víctimas de ese castigo con- D sentido, y por ello aún más doloroso e inquietante, y tuvieran que sufrir la mortificación terrible del ruido que no cesa y que no deja dormir. A todos, sin excepción, les ha recorrido un escalofrío el saber que para un puñado de vecinos de Santa Cruz de Tenerife, al que para más inri la justicia ha dado una razón que no se ejecuta, la agresión no ha hecho más que empezar: si nadie lo impide, en nombre de la tradición y la cultura, deberán soportar cada noche y durante un mínimo de ocho horas, el azote de 115 decibelios, los mismos- -comparan- -que produce un avión reactor a punto de despegar Según el Instituto Nacional de Estadística, en su informe sobre las condiciones de vida de los españoles, un 30 se queja de ruidos, y hasta en un 40 en el caso de Valencia. Este dato, el de que somos el país más ruidoso de Europa y el segundo del mundo, según la OCDE- -repasa Joaquín Herrera, presidente de Juristas contra el Ruido- viene avalado por los informes anuales de los defensores del pueblo, que se dedican en gran parte a las quejas por contaminación acústica, y que desgraciadamente pasan inadvertidos. Y los ecobarómetros autonómicos establecen que los ciudadanos consideran, entre los problemas ambientales, al ruido como el primer o segundo más importante Luego, paradójicamente, y salvo honrosas excepciones, a las asociaciones ecologistas no les ha interesado este asunto, no sabemos- -dicen las víctimas- -si porque al homo sapiens no lo incluyen en la escala de especie protegida del reino animal A Justo Fernández, que no se despeinaba cuando hace años debía dar la batalla como sindicalista de UGT contra los prebostes de la banca, ahora le quita el sueño el estruendo de los coches engalanados en su calle de Santa Cruz y la amenaza de los tinerfeños exaltados, después de que su denuncia, como la del resto de los afectados por el ruido artificioso del carnaval canario, les arrojara, por obra del alcalde, según declara, al fuego del odio vecinal, tras decir falsamente que queríamos cargarnos las fiestas. Mentira: lo que queremos es que tal y como ha reconocido el Tribunal Superior de Justicia de Canarias no se pisoteen nuestros derechos fundamentales. ¿Por qué vamos a tener que soportar durante dieciséis días, y de once de la noche a diez de la mañana, la música que sale de los altavoces instalados en unos coches de desguace, que compiten en volumen con los de los quioscos y bares por ver quién se lleva más clientes hasta superar la barrera de los 117 decibelios, según la propia policía local? Nadie se echó a la calle cuan- El odio vecinal Muchos de los adictos a la algarabía y el fragor de la diversión noctura y callejera hoy son víctimas inmisericordes del ocio de otros. Nadie está libre de padecer esta tortura ABC