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30- 31 D 7 LOS DOMINGOS DE ROSA BELMONTE Expediente Ñ Lo mejor de todo esde que el marido de la patinadora Tonya Harding partió la rodilla con una barra de hierro a Nancy Kerrigan no había visto cosa semejante. No debió de darle muy fuerte cuando Kerrigan se recuperó y quedó segunda en los Juegos de Lillehammer (la mala quedó octava) Es el tipo de cosas que esperas que tu marido haga por ti (y no cambiar una rueda) Sin embargo, Lisa Nowak, la astronauta Dodotis, no podía encargar a su marido que acabara con su presunta rival, fundamentalmente porque el objeto de su amor loco era otro señor. Ella misma se puso el pañal y se dispuso a acabar con Colleen Shipman. Esto parece un episodio de Cerdada Espacial de Los Teleñecos. Sólo falta la cerdita Peggy diciendo aquello de que sólo el tiempo puede curar un corazón destrozado, al igual que sólo el tiempo puede puede curar sus piernas y brazos partidos. No aprenden ni las listas. Si ya lo escribió Charlotte Brontë: Ninguna joven debería enamorarse hasta que se le haya propuesto matrimonio, haya aceptado, la boda haya sido celebrada y haya transcurrido el primer medio año de vida de casada Lisa, además de enamorada, da la impresión de estar pelín chiflada. Parece que ser esposa, madre y astronauta es una carga muy pesada. Estás siempre fuera de casa (si te descuidas, en Saturno) y cuando llegas al hogar te encuentras con un escenario (palabra de moda) que no tienen los astronautas varones. O sea, lo de siempre, ya seas astronauta o cajera de supermercado. Al final, siempre es el amor lo que te pierde, aunque sea lo mejor de todo, The best of everything como la película que en España se llamó Mujeres frente al amor (es que era difícil traducirla, no se habría entendido, no te digo) En Houston, en Nueva York pe Lange, Diane Baker, Martha Hyer y la impresionante Suzy Parker) y en Navalcarnero es the best of everything Ese amor que, como Johnny Mathis canta al principio, puede ser todo o nada, pero incluso cuando es nada sigue siendo lo mejor de todo. The best of everything (1959) es esa película donde Joan Crawford, tan adelantada, inventó el enfriamiento global a su alrededor (o al menos donde más se hizo notar) Con 55 años y rodeada de jóvenes arpías como calificó a sus compañeras (Ho- D Maite Zaldivar, Julian Muñoz e Isabel Pantoja, mucho malaje ABC ABC que se menciona a Blanco y se recuerda algunos de los trabajos que realizó para ciertos clientes. Entre las historias que me llegan está la que supone que la ex de Julián Muñoz, Maite Zaldívar, le pidió el encarguito de conseguir que Isabel Pantoja se quedara afónica (también son ganas) y otra en que la esposa de un directivo de una cadena de radio la llamó para que acabara con la garganta de un conocido presentador. Como se ve, las historias son para no dormir. Según me comenta un colega suyo, Octavio Aceves, a su consulta llegaban quejosas algunas clientas que venían enfadadas con Cristina Blanco y le relataban cómo nada más entrar en su salita les había asegurado que tenían un mal de ojo encima y que ella podría limpiarlo a cambio de un millón de pesetas. A las susodichas les entraba tal miedo en el cuerpo que preferían soltar el dinero, someterse a la curación y quejarse después ante otro vidente, una vez que vieron cómo un programa de la cámara oculta acababa con todo el prestigio que para ellas tenía la famosa vidente. Anécdotas aparte, lo más llamativo es ver la cantidad de famosos, sobre todo artistas, que creen a pies juntillas en este tipo de predicciones. Sus amores, sus carreras o sus dineros los someten al interrogatorio de los posos del café o las líneas de la mano, convencidos de que el futuro está a su alcance. Ahora algunos de esos famosos reniegan de Blanco, aseguran no conocerla y ponen cara de póker cuando les preguntan por ella. Parece ser que tanta amnesia colectiva le ha sentado fatal a la famosa vidente que está recluida en casa de unos amigos y quién sabe si preparando su salto a la fama de la mano de un programa de televisión que pague al alza sus última andanzas. la Crawford tenía el set congelado, seis grados por debajo de la temperatura normal, y las jóvenes arpías, además de pillar resfriados y seguramente andar empitonadas todo el día, intentaban resolver el enigma del iglú. Hace unos años, Diane Baker lo contaba a Laura Jacobs en un precioso reportaje en Vanity Fair sobre la película de Jean Negulesco. Las arpías detectives resolvieron que se debía al maquillaje. El frigorífico era para mantenerlo sólido, como la mantequilla. Una cosa parecida a lo del señor Pezzenti que Ermanno Cavazzoni retrata en Vidas breves de idiotas ese que se ponía en la cara laca Indurit que le mantenía la piel estirada y brillante como si fuera de cera. Aunque éste no podía hacer gesto alguno. El maquillaje de Joan Crawford era mejor. Le permitía poner cara de mala malosa y asustar a todo el mundo. Hacer de mal bicho en la película y fuera de ella. A la tía, que llegaba todas las mañanas con un séquito de peluqueros, maquilladores, vestidoras, secretarias y chóferes, no se le podían dar los buenos días hasta que ella no los diese primero. Y en la ficción, peor. Es Miranda Priestly hace más de cuarenta años. Si no fuera porque Lauren Weisberger se supone que se fijó en Anna Wintour para la bruja de El diablo viste de Prada pensaríamos que en quien se fijó fue en la Amanda Farrow de Joan Crawford (o de Rona Jaffe, autora de la novela) Claro, que también cabe la posibilidad de que fuera Anna Wintour quien se fijara en Amanda Farrow. Editora, malhumorada, tirana, impecablemente vestida y capaz de decirle a su secretaria que le haga unos largos informes para ya. ¿Mecanografiados? pregunta Hope Lange. No, si te parece los quiero en sonidos de tambor Bicho. Lo del frigorífico tenía su sentido, sobre todo por Suzy Parker, aunque frente a la modelo ni la máquina del tiempo habría servido. La propia Crawford lo reconoció: Creo que esa cara es la cosa más fabulosa que he visto en toda mi vida Igualita que la de la astronauta en la foto policial. Lo peor de delinquir es la foto de estudio que te hacen.